Ahora estás

Cuando no estés;

ya lloraré de noche en esta cama

en que ahora nos amamos;

y sentiré en el centro de mi alma

un agujero y un vacío

como de carne arrancada

con un puño al corazón.

 

Cuando no estés;

ya dolerá la piel

por la falta de tus manos,

y los ojos tardarán de nuevo

en encontrar la luz

que ahora les sobra.

 

Cuando no estés;

ya serán las horas

doblemente largas.

Y se deslizarán mis pies despacio

en busca de otros sueños

menos rotos.

Y se me ahogará tu nombre

en la garganta,

y me emborrachará el recuerdo

de haberte conocido

cuando no estés.

 

Pero  ahora estás.

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Cajas…

Tenía delante de las manos el teclado del ordenador con este mensaje escrito en la pantalla:

“documento en blanco” cuando en realidad debería de poner “cerebro en blanco”

No hay palabras entendibles que uno reconozca como suyas capaces de explicar el abismo infinito que aparece justo debajo, en las puntas de los pies.  Es como tragarse un ascensor que no para de subir y de bajar al mismo tiempo. Había sido tan lenta la despedida, tan poco a poco, tan racionada, que casi ni me había dado cuenta de que ya no había excusa para volver, de que ya no quedaba nada que embalar, nada que meter en el coche y que traer. Ya todo estaba aquí. En este nuevo espacio que a pesar de reducido, me parecía inmenso la primera noche e imposible de llenar.

En qué poco tiempo, muy poco quizá, estuvo repleto de mí en cada rincón, por todas partes.

No somos un espacio. No somos paredes ni techos, ni puertas ni ventanas que se abren y se cierran. Somos mucho más. Somos más que lo que contienen esas cajas, vacías antes y llenas luego de nosotros mismos. Somos un universo vacío como aquellas cajas que se van llenando poco a poco, a cada rato, de momentos y de pasos en alguna dirección que no sabemos hacia donde va, pero que nos lleva de la mano para que al girar la cabeza, si nos despistamos un momento, hallemos siempre aquellos ojos a los que aferrarnos para no volver a perdernos, que son los nuestros.

Nota:

Tengo especial cariño por estas letras que junté en un momento difícil de cambio total.  Momento de vértigo que sólo me ha conducido a vivencias hermosas. Lo colgué en mi recién estrenado Twitter y mi recién estrenada vida. Alguien que no me conocía lo leyó y le inspiró un poema. Por esas vueltas que da la vida acabamos conociéndonos y  me lo confesó en una entrevista que me hizo el otro día para la revista “Qué leer”. Le pedí que me lo enviara y así lo hizo con esta nota: “Lo prometido es deuda, ahí va el poema que escribí con tu texto y aquella foto. Está sin corregir pero creo que te pertenece así y a ti de alguna forma. Un abrazo.”

Y yo quiero compartir con los amigos desconocidos que se interesan por mi blog y lo que escribo y a los que estaré, por ello, siempre agradecida.

Ahora pienso que nada que realmente importe cabe en ninguna caja. Salvo en la última.

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Cajas Vacías

 

Puede que quizá seamos sólo un recuerdo.

Ahora, sentada en el borde de esta inmensidad,

pienso en quién fui antes de todo

y cómo he llegado nadando

hasta esta playa de parquet nuevo

y estas paredes lisas sin memoria.

No tengo vértigo, lo he perdido en el camino.

Tampoco sé si estoy triste,

es raro tener mi vida en cajas

esperando que cada cosa ocupe su sitio.

Cajas llenas, cajas vacías,

puede que quizá seamos sólo un recuerdo,

huecos en el corazón de otro

y muchos futuros en el nuestro.

 

Poema de Óscar Santos Payán

 

 

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Hay una mosca que insiste en atravesar el cristal. Se da golpes sin parar, no se rinde, no sé si se hace daño, nunca había pensado en ello, sólo la observo. No hay mucho más que hacer aquí. Todo es triste. Todo es turbio. Cualquier cosa se convierte en un acontecimiento. Incluso que nos traigan la merienda es una fiesta porque no hay nada mejor que hacer. El reparto de vasos de plástico con leche templada y un paquete de galletas es una excusa para dejar de pensar. Abrir el celofán que las envuelve es un reto que requiere de la concentración necesaria para dar descanso al cerebro, a los recuerdos que tratan de desenredarse como una madeja de cuerda mojada mal enrollada. Es difícil. En eso empleo la mayor parte del tiempo. En desenredar la madeja. En diferenciar los recuerdos reales de los inventados . A ratos me duele la cabeza de tanto intentarlo. Me siento como la mosca, aunque yo no sé volar. Aquí no puedo tomar café. Nada de excitantes. La leche parece sucia. Si estuviera en casa, al menos habría echado una cucharada grande de cacao en polvo. Esto solo me sabe a plástico recalentado. A necesidad de huir. El mundo es tan grande y tan ruidoso que el vuelo de una mosca debería pasar desapercibido y sin embargo, en este momento, todo lo invade. Me miro las manos temblorosas y las encuentro más blancas que hace unos días. Más débiles también. Me cuesta abrir el paquete. Los envoltorios abre fácil nunca me lo han parecido. Son las cinco de la tarde. Hora de visitas. Pero yo todavía no puedo recibir ninguna. Tampoco me importa. Sólo necesito que algún enfermero me acompañe abajo para echar un cigarrillo. Un paquete de tabaco y mi clíper es lo único que tengo. Lo único que necesito aquí. Eso y cualquier excusa para dejar de pensar. En el espejo del baño me he encontrado con alguien que se me parece. Lleva el pelo muy tirante en una coleta. No sé cuánto tiempo llevo aquí. Mañana si me porto bien podrán venir a verme. No sé si quiero verles. Pero tener noticias del exterior, ver personas distintas a mis compañeros me hará bien. Servirá de distracción al menos. A veces recuerdo que les quiero. No quiero lastimarles ni verles sufrir. Pero yo llevo la peor parte en el reparto de esta mano.

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Es una mosca gorda y pegajosa. Me cae mal. No me gusta verla buscando una salida que no existe. Si pudiera abrir esta ventana, podría escapar. Pero aquí las ventanas no pueden abrirse, aunque nos dejen ver los árboles de lejos y el campo que se pierde en la mirada, están siempre cerradas. He vuelto del baño con una toalla para acabar con la lucha de su vuelo inútil. Me agota su insistencia. Se ha parado en una esquina. Levanto la toalla despacio en el aire por detrás de mi cabeza con el brazo derecho. No sé cuánto tiempo he estado así. No sé cuántos días llevo aquí. Creo que se ha dado cuenta. Me mira fijamente. Me parece que si fue Dios el creador de las cosas, como dicen, debía de tener mucho tiempo libre el día que creó a las moscas. Debía de estar tan aburrido como yo para ponerse a inventar un animal tan estúpido como innecesario. La mayoría de los animales tienen una función clara en la escala evolutiva y esas cosas, pero me muero de curiosidad por saber por qué coño hizo a las moscas. Es un insecto muy laborioso de fabricar. Tiene montones de minúsculos detalles que requieren de una precisión de ingeniería a escala microscópica y piececitas de difícil ensamblaje que sólo a un especialista en maquetas diminutas se le ocurriría. Solamente las alas debieron de llevarle un día entero. Demasiado trabajo y dedicación para obtener como resultado un bicho feo y asqueroso que se posa en una mierda recién puesta y caliente de la calle, o en el vómito que un borracho ha volcado en una esquina y después en mis galletas y en el borde de mi vaso de plástico con leche sucia y templada. Es repugnante. Es una tomadura de pelo de la naturaleza. De pronto de apodera de mí una necesidad infinita de acabar con ella de un golpe rápido. Me pregunto qué tipo de delito sería matar a una mosca que transporta en sus patitas delgadas como pespuntes de hilo negro las bacterias suficientes como para infectar a un ser humano y enfermarlo hasta acabar poco a poco con su vida. ¿Sería asesinato? ¿Homicidio? ¿Me rebajarían la pena por ser en defensa propia? ¿Puede una mosca cargarse a alguien? ¿Puedo yo cargarme a esta mosca? ¿Puede ella caminar sobre el borde de mi vaso con sus patas peludas llenas de caca impunemente? No soporto ver cómo las frota por delante de su cara, en un gesto que se asocia a las malas personas que saborean el mal que causan en los demás. Demasiadas preguntas. Ha echado a volar saliendo por la puerta. He perdido mi oportunidad. Siempre hay otra salida. Quizá me ha enseñado algo. De repente sólo quiero dormir, pero me muero por dar unas caladas. El tiempo pasa tan despacio aquí. Un tío listo ese Einstein.

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No me gustan. Yo a ellos tampoco, ninguno nos gustamos. El alto con gafas es el que menos me molesta con su presencia y se ha ofrecido a acompañarme abajo. No hablamos en el ascensor. Es muy lento y va parando en cada planta. También él lo es. Por las mañanas entra en mi habitación como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para perderlo conmigo. Me da los buenos días y me pregunta cómo me encuentro y qué tal he pasado la noche. No creo que le importe. O quizá sí. No le recuerdo de la otra vez. Debe de ser nuevo y trata de ganarse mi confianza. En cualquier caso le prefiero a los demás. Los segundos se vuelven de un material denso y pegajoso dentro de los ascensores, como el aire que se respira y las conversaciones cuando se fuerzan. Los números de cada planta se van derritiendo lentamente como las salivas por las gargantas y el aire por la narices. Las bocas suelen permanecer cerradas dentro de los ascensores. Es mucho mejor así. Sólo cualquier tipo de halitosis haría el momento más desargadable todavía. Siento que se me acelera el pulso, y los dedos de las manos se estiran en busca de mi camel dentro del bolsillo de la bata mientras el pulgar derecho practica con la piedra del mechero y la bajada se hace eterna. Por fin las puertas se abren y caras inexpresivas aparecen al otro lado. Camina detrás de mí, muy cerca. Siento que su cuerpo proyecta su sombra sobre el mío. Atravesamos el pasillo de la izquierda. La sala de espera y las dos enormes cristaleras que se abren a mi paso hacia la libertad. Desde que se ha prohibido fumar en los sitios públicos, me siento como una leprosa que solo se puede juntar con otros leprosos en rincones sucios y ocultos en las puertas traseras de los edificios. Apenas hablamos. No hay tiempo que perder. Tenemos que apurarnos si queremos impregnarnos los pulmones de alquitrán y de nicotina en los diez minutos que nos prestan. Apuro las caladas y me concentro en la luz naranja y en el humo que dibuja. A veces siento que es el cigarrillo el que me observa a mí. Me hace algunas preguntas a las que respondo con monosílabos, no me apetece hablar, no con él. Trato de aspirar el paisaje y el aire de la calle que se mezclan con el humo dentro de mis pulmones, en un recorrido por mi sangre, húmedo y espeso, que lleva a cada célula de mi cuerpo el hastío y el mal humor. Solo quiero dormir. Necesito que pase pronto. Quiero dormir una semana y despertar en mi cama, en mi casa, en mi mundo, en mi yo y en la realidad de la que me había vuelto a escapar. Las imágenes van y vienen. Poco a poco soy capaz de discernir lo que he vivido de lo que he creído vivir. Estoy agotada. No tengo fuerzas para seguir huyendo. Para seguir volviendo. Se agota el tiempo, el del cigarro y el de la recuperación. A cada hora que pasa estoy más lúcida y más triste en consecuencia. No quiero estar aquí. Subimos de nuevo a cámara lenta, lentamente y lentamente mis pies caminan de nuevo hacia mi habitación. Algunos compañeros están mirando la tele aunque lleva varios días apagada. La mosca ya no está. Esto me hace feliz por un segundo, si se puede ser feliz aquí encerrado. Las mismas caras, los mismos ojos vacíos. Yo no soy como ellos. Estoy en el sitio equivocado. Me siento en la cama y llaman mi atención las nubes que van a toda prisa en esta tarde de Mayo en la que todo lo demás ocurre tan despacio. Ojalá nos traigan pronto la cena para tener algo que hacer. Aquí todo es silencio, y cuando se rompe se convierte en un grito desesperado por huir de nuevo al silencio. No me gusta mi pijama pero no puedo tener mi ropa puesta. Los pijamas aquí son de color nada. Esta vez no tengo las muñecas doloridas. Eso es buena señal. Sin embargo me duele la espalda de estar tumbada del mismo lado, pero si me giro para aliviar el dolor, duelen los ojos de mirar la puerta entreabierta del baño y contar los azulejos blanquecinos y aburridos que se quieren asomar. He debido de dormirme contando. Mejor. Ojalá hayan pasado muchas horas. Me siento un poco desorientada por la falta de luz. Vuelve con un vaso de agua y mi pastilla. Le pregunto la hora. -Es muy tarde- me dice, -te has quedado dormida y no hemos querido despertarte. Se te veía tan agusto. Si fuera capaz le hubiera sonreído. Lo intento mentalmente pero no noto el movimiento de ningún gesto en mi cara. Me tomo la pastilla con el agua que ha traído y le digo que tengo hambre. Lleva una chocolatina en el bolsillo y me la da. Dice que tiene más y que también tiene un yogur. Acepto de buena gana la invitación aunque me sabe a poco, como sentada en la cama mientras él habla. Habla despacio, tal y como se mueve y me dice cosas sin sentido y otras que parecen menos absurdas aunque tampoco consigo enlazar dentro de mi cabeza. Creo que está preocupado por mí de alguna manera que no consigo entender. Sigo teniendo sueño. Me da las buenas noches y me arropa como a  una niña pequeña. Me tumbo en posición fetal, dando la espalda al baño. Siento su mano que aprieta con firme ternura mi hombro izquierdo. Es el único gesto amable que he recibido en una semana. Una lágrima se escurre de mi ojo derecho hasta la almohada y solo quiero volver a dormir.

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Voto de silencio

No conozco a nadie a quien le salga peor el café. Aún así, insisto. Algunas mañanas, que  no todas ( porque sería un grave caso de masoquismo que tendría que consultar con algún especialista), pongo la cafetera con la descafeinada esperanza de que salga bueno.  Me acompañan en esta mañana a medio solear Satie y Yo-Yo Ma,  que se conocen en persona desde que yo misma les  obligué a compartir playlist. Parece que quiere hacer acto de presencia el aroma que llega desde la cocina mientras yo me dejo atar de las cuerdas de uno y otro (a las cuerdas del piano me refiero, para los quisquillosos) y me regalo al exclusivo placer del sentido de escuchar. Son tan pocas las veces que escuchamos.

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Cómo agradezco los días de hogareña reclusión y voto de silencio. Qué manera de contaminar el aire tenemos los humanos. Si fuéramos capaces de emitir algún sonido similar al de los pájaros que se vienen arriba escuchando esta música queriendo acompañar en su armonía. Qué bellos los sonidos que somos capaces de volcar al mundo con los instrumentos y qué torpes las bocas que ensucian los oídos. Si pudiera al menos desabrocharme las orejas en presencia de algunos pretenciosos engreídos a los que alguien, en su niñez, engañó cruelmente haciéndoles creer que eran importantes; ayudándoles en su crecimiento a decrecer como personas, convenciéndoles de que lo que decían tenía algún  sentido. Pobrecillos. Cuánto daño les hicieron en su infancia.

 

Cuánto agradecerían las generaciones venideras que en estos tiempos nuestros enseñásemos a nuestros pequeños a escuchar. No a escuchar a otros humanos igual de estúpidos e inútiles. A escuchar el mar, a escuchar el viento, a escuchar lo que tiene que decirnos la paloma que se acerca, tan comunicativa, al banco de ese parque o a los gatos recelosos, o al perro del vecino en vez de  a él, o las nubes, tan discretas ellas o a las hojas de los árboles… Si frotando mi taza de café obtuviera un poder mágico; pediría enmudecer a los que hablan tanto que no saben lo que dicen. Pediría un esparadrapo invisible que sellara los labios de aquellos que nos agreden con su verborrea  para dejar reposar a mis pobres orejas de su basura auditiva. Una vez alguien me dijo: “No hay peor sordo que el que no quiere escuchar”  a lo que yo le contesté: “ No hay peor sordo que el que no para de hablar por deleitarse con su propia voz” Ahora, cuando nos encontramos, nos saludamos corta y cortésmente que es suficiente a mi modo de entender.

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Este café no tiene arreglo y Shuman se nos ha unido.

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Antes de ti, ya estabas tú

Se pelean en mi cabeza

besos, lenguas, manos y caricias.

Se pelean presas y se agolpan por huir

del sueño a la realidad

y otra vez al sueño.

 

Se ahogan en un suspiro

profundo, largo y silencioso.

 

Se estremece la piel y se resiente

del dolor que le causa

la ausencia de tus manos.

 

Se atormenta el alma

y teme que indiscreta la boca

deje escapar tu nombre.

 

Se retuerce, te busca y se lamenta

este amor callado, húmedo y caliente

que se queja dentro.

 

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Balcón de Calatrava

Cuando despierto aquí, no puedo remediar acordarme de Van Gogh.

Si él hubiera conocido este sitio; seguramente no se habría cortado la oreja. Podría disfrutar de ser el primero en levantarse, en salir al maravilloso y desproporcionado balcón de piedra que rodea toda la casa y saludar antes que nadie al sol que amarillea detrás de los volcanes anunciando la rotundidad de un día esplendoroso. Disfrutaría de las audiciones para el coro de la ópera con las que cada mañana me complacen sopranos y tenores, bajos y contraltos que se apresuran afanosos, vocalizando alocados y nerviosos, yendo de rama en rama en un alarde de virtuosismo que se mezcla en su vuelo de piruetas imposibles por encima de las copas de los árboles y de los pentagramas, con las notas imposibles y afinadas lanzando al aire de la mañana melodías y armonías que al propio Mozart le serían imposibles de componer.

Cuando despierto aquí, se me ocurre pensar, que él también hubiera disfrutado del Patchwork que se hilvana en puntadas infinitas hasta donde la línea del horizonte ya no deja mirar más. No parece, si no que el paisaje ya estuviera trazado de antemano con un lápiz invisible que en el aire y desde aquí, alguien más grande que nosotros algún día dibujó. Desde arriba, distingo kilómetros de vida alrededor, organizada como las paletas que ordenan mágicamente los coloretes en las perfumerías; desde los más claros a los más tostados. Desde estas privilegiadas vistas, distingo caminos que se abren en todas direcciones. Caminos secretos que sólo se encuentran entre los olivos al echarse a andar. Olivos que lucen recios y musculosos mostrando sus bíceps al sol que los broncea y da sabor. Caminos, que como si de un cortejo nupcial se tratase, delimitan margaritas que se estiran como pueden tras su clase de ballet, compitiendo en hermosura con las insolentes amapolas que se saben las protagonistas. Las amapolas siempre se me han antojado besos que nos tira el campo.

En lo alto de esta colina, los chopos se dejan llevar por la batuta que en su  allegro moderato dirige el aire que acompaña en su actuación a las aspirantes a Prima Donna . Las lilas me regalan sin pedirlo su perfume mientras la vista se me pierde por encima del portátil, tratando de explicar sin éxito lo que los ojos ven y el alma ensancha, pero las letras del teclado y mi torpeza no saben describir. Por encima de estos campos, alguien se entretuvo en decorar con un bote de nata imaginario un cielo de un azul que insulta al propio mar que tanto añoro y que se me hace ahora innecesario. Mar inverso, mar reverso. Mar de techo y olas de nata montada, montadas sobre mi cabeza surfeando estos campos de Castilla. Hay un almendro deprimido en el camino. Doblado en su espinazo, no del peso de los frutos que ya verdean como felpa, no. Doblado de triste que se encuentra, por estas cosas de la polinización y del destino. Mientras sus paisanos lucen alineados en su espacio, éste parece fuera de onda y aburrido. Son cosas que pasan.

Me recuerda esta tierra roja, a mi amada tierra roja de Marrakech. Tan lejos. Tan cerca. Tan distinta. Tan igual. Si se repiten los colores en el mundo… ¿ No será que insiste terca en recordarnos que son los mismos colores, porque es la misma tierra? Las hormigas y los topos, redecoran, como ikea, con encajes los bordes del camino, para que luzcan repulidos como embozos en sábanas de abuela cuando moza. Me ha sorprendido al paso una perdiz muy preocupada en darme esquinzado a la que por no perturbar en su paseo no he seguido y ayer aprendí a reconocer un espárrago triguero de campo de los de Al Campo. Mientras el mejor director de fotografía iluminaba con luces imposibles los verdes claro oscuros de cada figurante y el departamento de estilismo se ocupaba de que cada rama y cada hoja estuviera en su lugar.

Me siento aquí, como el lazo de un regalo que mantiene atado en su papel de celofán todo lo que le rodea, si es que la naturaleza y la belleza pudiesen comprimirse en un paquete.

Todo está aquí y ahora y está vivo al rededor. Delante de mis ojos en este momento mientras lo escribo, reescribo y no consigo. Si Van Gogh hubiera estado aquí, seguramente no se habría cortado la oreja. Podría escuchar así las risas alocadas de los niños que adornan si se puede adornar tanta belleza. Las risas de los juegos, de los chicos y chicas que en una experiencia primera, única y posiblemente irrepetible, se llevan junto a la ropa sucia de vuelta en sus mochilas, momentos divertidos que jamás olvidarán; y quién sabe si quizá algún beso atropellado en medio de la noche y bajo un cielo que les mantendrá el secreto de por vida. Se irán y vendrán otros. Otros con otras risas diferentes de otros sitios distintos que a mí me suenan todas ellas a vidas que se empiezan y que se pintan de colores verdes y azules como estos campos por labrar, como estos cielos en los que volar.

Para los que hacen posible que la estancia de tantos chavales sea tan feliz y la mía mucho mayor: Mehdi, Carlos, Óscar,Laura, Helena y Lourdes.

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Chellah

No me había parado a pensar si quería besarle. Ni siquiera me había parado a pensar si él querría besarme a mí.  Nos habíamos conocido tan solo unas pocas horas antes y no habíamos dejado de charlar y de reírnos en toda la noche. Y ahora tenía sus enormes manos sujetándome  por la nuca mientras me besaba tan despacito y tan suavemente que sólo de acordarme se me pone cara de película en blanco y negro.

Ha dejado de llover pero sigue estando gris. Aquella noche sin embargo hacía calor. Hacía calor de Agosto, de playa y de vacaciones divertidas con mi mejor amiga. Nuestros recién estrenados amigos habían quedado en recogernos en el hall de nuestro hotel y en llevarnos a cenar a una terraza en la playa, de esas que ya no quedan. No estaba lejos, solo un paseo muy agradable a esas horas nocturnas en las que la vida vuelve a las calles y las luces y los colores de las bombillas de los locales anuncian que todo está por descubrir. Antes decidieron que nos llevarían a tomar un vino frío en una terraza maravillosa, donde las palmeras se reflejaban en el agua de la enorme piscina central y una música agradable era la banda sonora de que algo  bueno  estaba por acontecer. Lo estábamos pasando tan bien…Es tan fácil recordar el recorrido el vino blanco mojando los labios, entrando en la boca, refrescando el paladar, la lengua, las paredes y sentirlo luego deslizarse suavemente en la garganta, iluminando los ojos y curvando las sonrisas a su paso, animando la conversación y las ganas de vivir.

Teníamos tiempo de sobra antes de ir a cenar. No habían reservado mesa. Allí no hacían reserva, nos dijeron que siempre estaba lleno. Después entendí por qué y también me alegré. Contradiciendo mi costumbre de no esperar en ningún restaurante, me dejé llevar y disfrutar en la barra, rodeada de árboles que se habían negado a arrancar y que no sólo formaban parte de la decoración, si no que eran unos invitados más, mientras me contaban la historia del local y su dueño que me pareció la mejor idea del mundo. Abrir un restaurante para cenar con tus amigos y tu familia en la arena de la playa mientras los músicos tocan para ti cantes como cantes. Me gustó su forma de enfocar la vida. De hacer de su trabajo su pasión y de su pasión su trabajo. No todo el mundo tiene la misma suerte. Estaba fascinada por todo lo que veía alrededor, por el bullicio alegre de la gente, por los músicos en el escenario tocando para que el dueño micrófono en mano y nieta en las rodillas se deleitara a sí mismo y a los amigos y familiares que le saludaban desde la mesa más cercana. Sinceramente no creo que le importase mucho si nos gustaba o no a los demás, nieta y abuelo parecían estar encantados entonando una canción francesa conocida, pero que ahora no soy capaz de recordar. Era tan fácil ser feliz en aquel sitio junto a mi amiga y nuestros nuevos amigos. Era tan fácil estar allí.  Nos habíamos conocido en el avión, por culpa de esas tontas conversaciones de dos minutos en los que uno está sentado justo con el compañero del otro y se pretenden intercambiar los asientos. Cuando bajamos, yo me quedé cambiando moneda en el aeropuerto y mi querida y fumadora amiga me esperaría fuera. Al salir, me encontré a los tres intercambiando humo de cigarrillos que acabé tragándome el resto del viaje. Yo no soy fumadora pero cuando viajas a un país donde está permitido, me imagino que para los fumadores debe de ser lo más parecido a viajar al paraíso, y ya que casi todo nuestro día a día transcurriría al aire libre, no iba a ponerme pesada. Que sé que a veces me pongo.  Hacía calor y recuerdo que las dos sin ponernos de acuerdo y tras la ducha nos recogimos el pelo en un moño estirado para mantenerlo mojado. Recuerdo que ella llevaba unos pantalones anchos y vaporosos y una camiseta gris, yo había escogido mi chilaba negra.  Nada me hace sentirme más cómoda en una noche calurosa que una chilaba de tela suave y fresca.  Mientras nuestro amigo español, negociaba la espera de una mesa libre con el maître, en la barra de los árboles, el vino y las risas parecían bailar con los cuatro. Dos hombres alegres y maravillosos, uno paisano nuestro y el otro natural de allí. Nunca me alegraré lo bastante de no tener prejuicios a la hora de conocer a nadie. Me dejo llevar por mi instinto y fue el instinto de los cuatro el que nos invitó a compartir taxi desde el aeropuerto al centro (costumbre de lo más  normal en Marruecos y que yo ya conocía por mis viajes anteriores) Ahora quería llevar a mi amiga a la tierra que tanto me gustaba y donde me sentía tan libre y feliz. A mi querido Marruecos donde soy capaz de volver con tan solo abrir el armario de mi cocina donde guardo mis más adorados tesoros que son sus especias y aromas. Resulta que no sólo éramos vecinos de asiento en el vuelo si no que además éramos vecinos en nuestros destinos. Uno de ellos llevaba cuatro años trabajando allí y justo volvían de sus vacaciones en Mallorca, con parada en  Madrid, por suerte y feliz coincidencia para los cuatro.

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Cuando por fin nos dieron mesa teníamos tanto hambre que en breve maravillosos pescados empezaron a desfilar en bandejas por nuestra mesa, delicias del mismo mar compartidas con extraños a los que hemos acabado adorando, como aquel vino helado y semidulce del que era tan fácil dejarse llevar.

 

Incluso acabé cantando un bolero con la orquesta de aquel señor encantador que la cedía a cualquiera al que le gustase la música y se atreviese a usurparle el puesto. He de reconocer que el suave líquido tuvo algo de culpa. Cuando la cena estaba más animada y más descontrolada de lo que seguramente en otro sitio hubiéramos tenido que controlar se abrieron paso entre las mesas dos hombres enormes, atractivos, muy bien vestidos. Uno muy moreno de piel, he de reconocer que el otro llamó más mi atención, aunque parecía el más callado y el más discreto de los dos. Seguramente por eso. Con paso firme y una sonrisa que eclipsaba a la mismísima luna llena se acercaron a nuestra mesa y ni siquiera fui capaz de escuchar lo que decían a mi amigo, porque los decibelios iban en aumento directamente proporcional a las botellas consumidas por todo el restaurante en general.  Sin perder la sonrisa con la que ya había amanecido y que a medida en que avanzaba la velada  estaba más curvada, de repente me vi entre los dos maromos, que amarrados a la cintura de mi amiga y la mía posaban encantados mientras nuestros queridos compañeros de cena nos hacían una fotografía. Todo pasó rapidísimo. Las presentaciones, las sonrisas, las educadas disculpas por si nos habían podido molestar y las despedidas. Ni siquiera entendí bien sus nombres y cuando me quise dar cuenta habían desaparecido de la misma manera en que aparecieron y me encontraba con un calamar delicioso pinchado en el tenedor y comentado entre risas lo monos que eran, para acto seguido seguir con nuestra conversación. Siguió el vino rodando alrededor de las cuatro copas y las risas, siguieron las delicias que iban llegando a nuestra mesa y las risas  y siguieron los postres que sólo si has estado allí podrás sentir en la memoria del paladar como un sueño de almendra y pistacho y miel que se funde en la boca y hojaldre que cruje bajo la suave mordida que teme tragarlo por no perderlo y más risas.

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Y entre risa y risa, de repente volví a verle. Esta vez solo, sentado en la barra. Con su camisa blanca remangada  hasta el antebrazo y esa boca enorme de labios carnosos que invitaban a compartir el postre, saboreando lentamente una cerveza. Por mi situación en la mesa, era la única que podía verle. Seguí con nuestra conversación, haciéndome la que no le veía,  pero en cuanto mis ojos se escapaban sin remedio y enfocaban detrás de mi amiga,  a unos doce  metros de distancia estaba el maromo de la foto sin su amigo e interlocutor, clavando los ojos en una servidora que de repente no sabía dónde meterse. En nuestra animada conversación, mis ojos le focalizaron tres veces más . Era tal la insolencia de su mirada y al mismo tiempo tan dulce. Sus ojos solo decían: “Estoy aquí. He vuelto no sé por qué pero no te puedo dejar de mirar”. Sé reconocer esa mirada y sé reconocer lo que siento cuando mi instinto me habla y me lleva de la mano por buen camino. Y debió de ser mi instinto quien le habló ante la cara de asombro de mis amigos que no le habían visto. Debió de ser mi instinto quien le hizo un gesto con la mano para que se acercara mientras le dijo en voz alta para que lo oyera “No me has enseñado la foto” De repente apareció una sonrisa nueva dibujada en la cara, no una sonrisa de seductor o seducido, una sonrisa que no soy capaz de describir. Se acercó a la mesa, se puso en cuclillas para enseñarme la foto y le dije que cogiera una silla y que se sentara en nuestra mesa. Todo siguió fluyendo como si siempre hubiera estado con nosotros. Como si de ante mano formara parte de aquel extraño grupo que se había conocido tan solo unos días antes. Y acabamos pasando los cinco el fin de semana en Chefchaouen. Esa sonrisa, es seguramente la sonrisa que da la paz y la felicidad de haberse reconocido entre un montón de gente, da igual en qué parte del mundo estés o de dónde seas. Es la sonrisa que me pone cuando nos acostamos al llegar la noche y es la sonrisa con la que quiero despertarme.

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