Cero neuronas

Quería hacerlo. En serio. Me sentaba una y otra vez delante de la pantalla y dejaba caer las manos sobre el teclado como un maestro en su concierto de piano, cuando se coloca en su taburete, estirando los dedos en lo que no dura más de un minuto que se hace eterno y se convierte en uno de esos minutos en en los que puedes escuchar tus propias pulsaciones. Justo cuando todo el mundo ha dejado de toser a la vez y  todas las respiraciones se convierten en una sola, profunda y silenciosa. En algunos de esos conciertos, acompasando mi respiración con todas las demás, he pensado que sería maravilloso que todos nos pusiéramos de acuerdo en muchas otras cosas. No es tan difícil. Es solo cuestión de voluntad. Una voluntad que consiste en sentir al que tienes al lado y de al lado al de al lado y así sucesivamente. Códigos secretos como los que establecen las hormigas. Como los que se establecen en el metro o en los ascensores, o en las toallas de la playa. A nadie se le ocurre quitarse la ropa en la puerta del sol y extender una toalla para tumbarse. No sé lo que pasaría si uno se quitara la ropa en el metro porque hace calor, o caminara en bikini por la gran vía. ¿Quién dicta las normas? ¿Por qué ese aceptan sin más?¿por qué se dan por entendidas y no hay nadie que te diga que eso no se hace porque  todo el mundo sabe que eso no se hace?

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A veces, veo a los hombres hacer jogging sin camiseta y me pregunto si yo podría hacer lo mismo ¿me detendrían? Desconozco si hay alguna ley que prohíba enseñar los pechos femeninos mientras se practica deporte ¿qué es normal y qué no lo es?¿cuándo algo que no es normal pasa a ser normal?¿cuando se repite muchas veces?¿cuando alguien hace algo que no es normal y el resto le imitan hasta convertirlo en normal?

Si un vagón de metro va hasta arriba de gente, te puedes pegar a los demás sin que a nadie le parezca raro. Te puedes pegar a unas distancias milimétricas, te puedes incluso llegar a rozar. Pero ¿y si el vagón fuese casi vacío y alguien se te pegase a esa distancia? Me apetece mucho hacer el experimento.

El metro es un sitio ideal para poner en práctica todo tipo de experimentos que se me pasan por la cabeza. Como por ejemplo el experimento de  dar los buenos días. Tengo que confesar que ese ya lo he puesto en practica sin resultado exitoso por varios motivos. El primero: porque la gran mayoría no está acostumbrada a que le den los buenos días ni a devolver el saludo. Mucho menos en el metro.  Ni si quiera en una cafetería o en el autobús. Estuve haciendo la prueba durante un año entero  sin rendirme. Con uno de los conductores de la línea que va de El Escorial a  Moncloa. Uno que era mayor con el pelo blanco y bigote. Jamás respondió a ninguno de mis saludos. Jamás. Yo ya le daba los buenos días por sentir una especie de malsano placer al comprobar que era el conductor  más mal educado de todos los conductores de autobús. Además no solo no contestaba si no que siempre tenía cara de estar enfadado con todo el mundo. Esto lo hacía mucho más interesante, porque a mí me hace mucha gracia la gente que parece estar enfadada siempre con todo el mundo y no puedo evitar imaginarme por qué lo estarán. En cualquier caso hace dos años que no vivo en  El Escorial, me pregunto si se habrá jubilado. Quizás ahora  dé  los buenos días. Y el segundo por…

Pero sigamos con nuestro asunto. ¿Cuál era…?

Ah, Sí. El misterio del folio en blanco.

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Pues lo dicho, hacía varios días que no se me ocurría nada, que las palabras no venían solas como otras veces, en las que ni siquiera me dejan escribir a mí, si no que bailan ellas solas, quitándome de en medio y tomando las riendas de mi teclado como si yo no estuviera presente. A veces esto también me molesta. ¿quiénes se han creído que son? De un manotazo, me dejan fuera de la mesa y empiezan a escribir lo primero que se les pasa por los dedos sin tenerme en cuenta. Me parecen otras mal educadas. Pero ojalá en este caso hubieran hecho lo mismo, porque de esa manera no me encontraría delante de un folio en blanco y de una pantalla en blanco y de una mente completamente en blanco sin ninguna idea ocurrente y brillante en la cabeza sobre la que poder escribir.

No sé… quizá alguna historia sobre alguna de esas personas que viajan en metro sin dar los buenos días. Una de esas que parece que hace mucho tiempo que no practican la sonrisa, y seguramente con motivos, porque se les ve cansados y tristemente abatidos, sin levantar la vista de la pantalla del móvil.

Algunas veces siento el deseo de abrazar a los desconocidos. He de confesar que lo he hecho varias veces. Una vez abracé a la dueña de un herbolario. Primero le pedí permiso, por supuesto. Iba allí habitualmente, pero nunca establecimos confianza suficiente como para hacer nada parecido. Me parecía una chica muy trabajadora, muy seria y competente. Pero además de eso, yo percibía algo que no puedo explicar. Algo que sentía en el centro del epicentro (como yo lo llamo)  Así que entré a mi sesión de acupuntura (ella alquilaba una habitación a un tipo muy curioso y efectivo en su materia al que no sé por qué hace años que no veo…) Ah sí…porque hace años que no vivo por allí. Bueno pues como estaba contando, me despedí de Mercader, que es como se apellidaba el acupuntor en cuestión, compré alguna cosa más a la salida y antes de marcharme se me escapó de la boca: ¿te puedo dar un abrazo?

Ella se quedó noqueada y  tardó en responder. Me miró como si yo fuese una tarada a la que fuera mejor no llevar la contraria:-Claro-Me dijo.  Se dejó abrazar como un fardo de ropa seca. Yo la rodeé con mis brazos y la atraje hacia mí sin decir nada. A los pocos segundos, mientras yo  respiraba profundamente en silencio y sentía su rigidez sin dejar que su muro invisible pero palpable nos separara. Ella se desmoronó y rompió a llorar como una niña pequeña. Yo sentí que todo su cuerpo en guardia al principio, se vencía y se rendía mostrándose relajado poco a poco y a medida que el llanto fue aflojando su musculatura, yo sentía que su energía fluía con la mía convirtiéndose en una sola.

Estas cosas me pasan a menudo, no sé si por hacer caso de mi instinto o por esa manera de mirar las cosas más allá de mis narices. A veces me trae problemas, muchas veces… pero otras me da muchas satisfacciones. Como en aquella otra ocasión a la que salvé a una chica de ser raptada por una red de trata de blancas que unos días después apareció en las noticias.  Pero en fin… eso lo cuento otro día.

No sé por qué tengo que contar mis intimidades. Aunque es  absolutamente cierto lo que digo. Y todo porque hoy no soy capaz de encontrar un poco de inspiración. Será el calor, que me ha secado la única neurona que me quedaba en funcionamiento. Creo que lo voy a dejar para otro momento y esta semana no voy a ser capaz de publicar nada en mi blog.  Ojalá se me ocurra algo para la semana que viene.

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Ya no tengo edad para cenar con vino. Ni para cenar con este tipo de hombre ¿Cuántos  años tendrá?  Luego paso una noche de perros dando vueltas en la cama, edredón arriba, edredón abajo. No sé si tengo Almax en casa. Espero que sí. Esta salsa me va a sentar como un tiro, lo estoy viendo venir. Por lo menos éste tiene pelo. Tiene pelo y todos los dientes que ya es bastante. El último Adonis tenía más puentes que Venecia. Aquella cita no se la perdonaré a mis hijas.

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Pero en fin…Con eso de que es el padre de una amiga de mi Estela  y de que lleva viudo “el pobre” no sé cuánto tiempo, y de que no levanta cabeza (y por lo que me ha contado, nada más), me he venido arriba en un ataque de Madre Teresa que estoy pagando caro. Primero en el restaurante, escuchando las bondades de “Mercedes, que en gloria esté” como la ha estado llamando toda la noche y luego en una terraza donde hemos seguido viendo fotos de Miss Difunta Perfecta en todas sus versiones (desde su boda en Alicante, pasando por embarazos, Noche Viejas, Vacaciones, Comuniones y Bautizos de hijos y nietos, hasta sus últimos días, en los que a pesar del notable paso de los años y el deterioro que le fue provocando su enfermedad, en ninguna de las fotografías (que muy amablemente le había pasado uno de sus yernos al móvil) aparecía “Mercedes, que en gloria esté” sin una sonrisa dibujada en la cara. Aunque yo percibiera muy en el fondo de sus enormes ojos castaños, un regustillo a conformismo y resignación del ama de casa de aquella época.

Mientras él me contaba lo felices que habían sido en su matrimonio, donde jamás hubo ni un sí ni un no (en su versión de los hechos) yo me imaginaba a “Mercedes que en gloria esté” en su casa planchado camisas y haciendo paellas los domingos. Soñando delante de una taza de café, con su delantal de cuadros puesto, con algún muchacho que habría conocido en algún Agosto de sus años mozos. Uno de ésos que venían de la Capital a pasar el veranero y que después si te he visto no me acuerdo. Y allí se quedó ella con su disco de Los Brincos, su novela rosa y sus paseos por la playa. Teniendo que casarse pocos Agostos después con el bueno de Fernando que era un chico muy aburrido pero muy trabajador.

No sé por qué me tengo que inventar yo la vida de la gente, si no les conozco de nada. Caramba. Pero es que este Fernando se enrolla como las persianas. No me interesa nada su conversación y me distraigo con mis propios pensamientos hasta que soy incapaz de seguir el hilo. Porque cuando él ya va por la quimio, yo estoy con Mercedes en la Playa de San Juan secando a los niños con una toalla de flores y disfrutando de los torsos bronceados de los turistas en vez de centrarme en la barriga de este marido que tuvo, que en el fondo, nunca me gustó para ella.

Total, que desde que enviudó, ni siente ni padece, en todos los sentidos. -No sé si me explico-  me dice en un tonillo  de confianza y cercana confidencialidad que no me atrevo a desmontar. Como tampoco me atrevo a decirle, por educación, que no tiene  pinta de ser muy buen amante. Si no, “Mercedes que en gloria esté” no tendría esa carita de “pues parece que se ha quedado muy buena tarde…” en todas las fotos, con la mirada perdida en alguna hoguera de la Noche de San Juan y tendría más cara de “no llevo nada debajo del delantal…”

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Qué guapo es el camarero. Yo sé que Fernando está hablando porque mueve la boca pero no sé lo que dice. He aprendido a asentir y a poner cara de que me estoy enterando de todo, pero tengo visión periférica y soy capaz de parecer súper interesada en el tema, mientras se me va el foco a los bíceps, pectorales y paquetes que se adivinan en este tipo de terrazas en cuanto llega el verano. Las terrazas se dividen entre camisetas ajustadas y camisas blancas remangadas de Ralph Laurent, ambas de gimnasio. Unas más elegantes que otras. Pero básicamente, los bronceados, las sonrisas blancas, los peinados que los futbolistas ponen de moda, las posturitas y la forma de llevarse el Gyn Tonic a los labios vienen siendo las mismas.  Y claro, yo me pierdo en este mar de lujuria y tentaciones tan al alcance de la mano y tan lejos a la vez, mientras mi acompañante y viudo jubilado se toma una cerveza sin alcohol y devora panchitos. Qué le voy a hacer si Dios me ha dado un cerebro de 25 y una talla 38 en un carnet de 60.

No sé cómo pasamos de estar rodeados de cuerpos esculturales, escuchando música a estar de pie, fuera de un taxi que ha parado justo en mi portal. Me habrá querido acompañar y he debido de decir que sí. Tengo que tratar de conectar mejor mis transmisiones neuronales en este tipo de citas. Me dice que soy una mujer encantadora con la que da gusto estar porque sé escuchar, a lo que sonrío “como si no llevara nada debajo” . Me da dos besos y me dice que volveremos a quedar. Se mete en el taxi que se queda esperando hasta que mi portero me abre dándome las buenas noches y desaparezco en el ascensor sin dejar de sonreír hasta que se cierra la puerta. Me miro en el espejo (maldita luz blanca)  y me digo a mí misma que tengo que dejar de hacer esto. Tengo que dejar de quedar con este tipo de hombres con los que al final, después de quitarme el modelito, desmaquillarme y ponerme la ampolla, el  sérum, el contorno de ojos y la nutritiva, acabo metiéndome de nuevo en la cama. SOLA, mirando al techo.

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Ahora estás

Cuando no estés;

ya lloraré de noche en esta cama

en que ahora nos amamos;

y sentiré en el centro de mi alma

un agujero y un vacío

como de carne arrancada

con un puño al corazón.

 

Cuando no estés;

ya dolerá la piel

por la falta de tus manos,

y los ojos tardarán de nuevo

en encontrar la luz

que ahora les sobra.

 

Cuando no estés;

ya serán las horas

doblemente largas.

Y se deslizarán mis pies despacio

en busca de otros sueños

menos rotos.

Y se me ahogará tu nombre

en la garganta,

y me emborrachará el recuerdo

de haberte conocido

cuando no estés.

 

Pero  ahora estás.

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Cajas…

Tenía delante de las manos el teclado del ordenador con este mensaje escrito en la pantalla:

“documento en blanco” cuando en realidad debería de poner “cerebro en blanco”

No hay palabras entendibles que uno reconozca como suyas capaces de explicar el abismo infinito que aparece justo debajo, en las puntas de los pies.  Es como tragarse un ascensor que no para de subir y de bajar al mismo tiempo. Había sido tan lenta la despedida, tan poco a poco, tan racionada, que casi ni me había dado cuenta de que ya no había excusa para volver, de que ya no quedaba nada que embalar, nada que meter en el coche y que traer. Ya todo estaba aquí. En este nuevo espacio que a pesar de reducido, me parecía inmenso la primera noche e imposible de llenar.

En qué poco tiempo, muy poco quizá, estuvo repleto de mí en cada rincón, por todas partes.

No somos un espacio. No somos paredes ni techos, ni puertas ni ventanas que se abren y se cierran. Somos mucho más. Somos más que lo que contienen esas cajas, vacías antes y llenas luego de nosotros mismos. Somos un universo vacío como aquellas cajas que se van llenando poco a poco, a cada rato, de momentos y de pasos en alguna dirección que no sabemos hacia donde va, pero que nos lleva de la mano para que al girar la cabeza, si nos despistamos un momento, hallemos siempre aquellos ojos a los que aferrarnos para no volver a perdernos, que son los nuestros.

Nota:

Tengo especial cariño por estas letras que junté en un momento difícil de cambio total.  Momento de vértigo que sólo me ha conducido a vivencias hermosas. Lo colgué en mi recién estrenado Twitter y mi recién estrenada vida. Alguien que no me conocía lo leyó y le inspiró un poema. Por esas vueltas que da la vida acabamos conociéndonos y  me lo confesó en una entrevista que me hizo el otro día para la revista “Qué leer”. Le pedí que me lo enviara y así lo hizo con esta nota: “Lo prometido es deuda, ahí va el poema que escribí con tu texto y aquella foto. Está sin corregir pero creo que te pertenece así y a ti de alguna forma. Un abrazo.”

Y yo quiero compartir con los amigos desconocidos que se interesan por mi blog y lo que escribo y a los que estaré, por ello, siempre agradecida.

Ahora pienso que nada que realmente importe cabe en ninguna caja. Salvo en la última.

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Cajas Vacías

 

Puede que quizá seamos sólo un recuerdo.

Ahora, sentada en el borde de esta inmensidad,

pienso en quién fui antes de todo

y cómo he llegado nadando

hasta esta playa de parquet nuevo

y estas paredes lisas sin memoria.

No tengo vértigo, lo he perdido en el camino.

Tampoco sé si estoy triste,

es raro tener mi vida en cajas

esperando que cada cosa ocupe su sitio.

Cajas llenas, cajas vacías,

puede que quizá seamos sólo un recuerdo,

huecos en el corazón de otro

y muchos futuros en el nuestro.

 

Poema de Óscar Santos Payán

 

 

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Hay una mosca que insiste en atravesar el cristal. Se da golpes sin parar, no se rinde, no sé si se hace daño, nunca había pensado en ello, sólo la observo. No hay mucho más que hacer aquí. Todo es triste. Todo es turbio. Cualquier cosa se convierte en un acontecimiento. Incluso que nos traigan la merienda es una fiesta porque no hay nada mejor que hacer. El reparto de vasos de plástico con leche templada y un paquete de galletas es una excusa para dejar de pensar. Abrir el celofán que las envuelve es un reto que requiere de la concentración necesaria para dar descanso al cerebro, a los recuerdos que tratan de desenredarse como una madeja de cuerda mojada mal enrollada. Es difícil. En eso empleo la mayor parte del tiempo. En desenredar la madeja. En diferenciar los recuerdos reales de los inventados . A ratos me duele la cabeza de tanto intentarlo. Me siento como la mosca, aunque yo no sé volar. Aquí no puedo tomar café. Nada de excitantes. La leche parece sucia. Si estuviera en casa, al menos habría echado una cucharada grande de cacao en polvo. Esto solo me sabe a plástico recalentado. A necesidad de huir. El mundo es tan grande y tan ruidoso que el vuelo de una mosca debería pasar desapercibido y sin embargo, en este momento, todo lo invade. Me miro las manos temblorosas y las encuentro más blancas que hace unos días. Más débiles también. Me cuesta abrir el paquete. Los envoltorios abre fácil nunca me lo han parecido. Son las cinco de la tarde. Hora de visitas. Pero yo todavía no puedo recibir ninguna. Tampoco me importa. Sólo necesito que algún enfermero me acompañe abajo para echar un cigarrillo. Un paquete de tabaco y mi clíper es lo único que tengo. Lo único que necesito aquí. Eso y cualquier excusa para dejar de pensar. En el espejo del baño me he encontrado con alguien que se me parece. Lleva el pelo muy tirante en una coleta. No sé cuánto tiempo llevo aquí. Mañana si me porto bien podrán venir a verme. No sé si quiero verles. Pero tener noticias del exterior, ver personas distintas a mis compañeros me hará bien. Servirá de distracción al menos. A veces recuerdo que les quiero. No quiero lastimarles ni verles sufrir. Pero yo llevo la peor parte en el reparto de esta mano.

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Es una mosca gorda y pegajosa. Me cae mal. No me gusta verla buscando una salida que no existe. Si pudiera abrir esta ventana, podría escapar. Pero aquí las ventanas no pueden abrirse, aunque nos dejen ver los árboles de lejos y el campo que se pierde en la mirada, están siempre cerradas. He vuelto del baño con una toalla para acabar con la lucha de su vuelo inútil. Me agota su insistencia. Se ha parado en una esquina. Levanto la toalla despacio en el aire por detrás de mi cabeza con el brazo derecho. No sé cuánto tiempo he estado así. No sé cuántos días llevo aquí. Creo que se ha dado cuenta. Me mira fijamente. Me parece que si fue Dios el creador de las cosas, como dicen, debía de tener mucho tiempo libre el día que creó a las moscas. Debía de estar tan aburrido como yo para ponerse a inventar un animal tan estúpido como innecesario. La mayoría de los animales tienen una función clara en la escala evolutiva y esas cosas, pero me muero de curiosidad por saber por qué coño hizo a las moscas. Es un insecto muy laborioso de fabricar. Tiene montones de minúsculos detalles que requieren de una precisión de ingeniería a escala microscópica y piececitas de difícil ensamblaje que sólo a un especialista en maquetas diminutas se le ocurriría. Solamente las alas debieron de llevarle un día entero. Demasiado trabajo y dedicación para obtener como resultado un bicho feo y asqueroso que se posa en una mierda recién puesta y caliente de la calle, o en el vómito que un borracho ha volcado en una esquina y después en mis galletas y en el borde de mi vaso de plástico con leche sucia y templada. Es repugnante. Es una tomadura de pelo de la naturaleza. De pronto de apodera de mí una necesidad infinita de acabar con ella de un golpe rápido. Me pregunto qué tipo de delito sería matar a una mosca que transporta en sus patitas delgadas como pespuntes de hilo negro las bacterias suficientes como para infectar a un ser humano y enfermarlo hasta acabar poco a poco con su vida. ¿Sería asesinato? ¿Homicidio? ¿Me rebajarían la pena por ser en defensa propia? ¿Puede una mosca cargarse a alguien? ¿Puedo yo cargarme a esta mosca? ¿Puede ella caminar sobre el borde de mi vaso con sus patas peludas llenas de caca impunemente? No soporto ver cómo las frota por delante de su cara, en un gesto que se asocia a las malas personas que saborean el mal que causan en los demás. Demasiadas preguntas. Ha echado a volar saliendo por la puerta. He perdido mi oportunidad. Siempre hay otra salida. Quizá me ha enseñado algo. De repente sólo quiero dormir, pero me muero por dar unas caladas. El tiempo pasa tan despacio aquí. Un tío listo ese Einstein.

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No me gustan. Yo a ellos tampoco, ninguno nos gustamos. El alto con gafas es el que menos me molesta con su presencia y se ha ofrecido a acompañarme abajo. No hablamos en el ascensor. Es muy lento y va parando en cada planta. También él lo es. Por las mañanas entra en mi habitación como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para perderlo conmigo. Me da los buenos días y me pregunta cómo me encuentro y qué tal he pasado la noche. No creo que le importe. O quizá sí. No le recuerdo de la otra vez. Debe de ser nuevo y trata de ganarse mi confianza. En cualquier caso le prefiero a los demás. Los segundos se vuelven de un material denso y pegajoso dentro de los ascensores, como el aire que se respira y las conversaciones cuando se fuerzan. Los números de cada planta se van derritiendo lentamente como las salivas por las gargantas y el aire por la narices. Las bocas suelen permanecer cerradas dentro de los ascensores. Es mucho mejor así. Sólo cualquier tipo de halitosis haría el momento más desargadable todavía. Siento que se me acelera el pulso, y los dedos de las manos se estiran en busca de mi camel dentro del bolsillo de la bata mientras el pulgar derecho practica con la piedra del mechero y la bajada se hace eterna. Por fin las puertas se abren y caras inexpresivas aparecen al otro lado. Camina detrás de mí, muy cerca. Siento que su cuerpo proyecta su sombra sobre el mío. Atravesamos el pasillo de la izquierda. La sala de espera y las dos enormes cristaleras que se abren a mi paso hacia la libertad. Desde que se ha prohibido fumar en los sitios públicos, me siento como una leprosa que solo se puede juntar con otros leprosos en rincones sucios y ocultos en las puertas traseras de los edificios. Apenas hablamos. No hay tiempo que perder. Tenemos que apurarnos si queremos impregnarnos los pulmones de alquitrán y de nicotina en los diez minutos que nos prestan. Apuro las caladas y me concentro en la luz naranja y en el humo que dibuja. A veces siento que es el cigarrillo el que me observa a mí. Me hace algunas preguntas a las que respondo con monosílabos, no me apetece hablar, no con él. Trato de aspirar el paisaje y el aire de la calle que se mezclan con el humo dentro de mis pulmones, en un recorrido por mi sangre, húmedo y espeso, que lleva a cada célula de mi cuerpo el hastío y el mal humor. Solo quiero dormir. Necesito que pase pronto. Quiero dormir una semana y despertar en mi cama, en mi casa, en mi mundo, en mi yo y en la realidad de la que me había vuelto a escapar. Las imágenes van y vienen. Poco a poco soy capaz de discernir lo que he vivido de lo que he creído vivir. Estoy agotada. No tengo fuerzas para seguir huyendo. Para seguir volviendo. Se agota el tiempo, el del cigarro y el de la recuperación. A cada hora que pasa estoy más lúcida y más triste en consecuencia. No quiero estar aquí. Subimos de nuevo a cámara lenta, lentamente y lentamente mis pies caminan de nuevo hacia mi habitación. Algunos compañeros están mirando la tele aunque lleva varios días apagada. La mosca ya no está. Esto me hace feliz por un segundo, si se puede ser feliz aquí encerrado. Las mismas caras, los mismos ojos vacíos. Yo no soy como ellos. Estoy en el sitio equivocado. Me siento en la cama y llaman mi atención las nubes que van a toda prisa en esta tarde de Mayo en la que todo lo demás ocurre tan despacio. Ojalá nos traigan pronto la cena para tener algo que hacer. Aquí todo es silencio, y cuando se rompe se convierte en un grito desesperado por huir de nuevo al silencio. No me gusta mi pijama pero no puedo tener mi ropa puesta. Los pijamas aquí son de color nada. Esta vez no tengo las muñecas doloridas. Eso es buena señal. Sin embargo me duele la espalda de estar tumbada del mismo lado, pero si me giro para aliviar el dolor, duelen los ojos de mirar la puerta entreabierta del baño y contar los azulejos blanquecinos y aburridos que se quieren asomar. He debido de dormirme contando. Mejor. Ojalá hayan pasado muchas horas. Me siento un poco desorientada por la falta de luz. Vuelve con un vaso de agua y mi pastilla. Le pregunto la hora. -Es muy tarde- me dice, -te has quedado dormida y no hemos querido despertarte. Se te veía tan agusto. Si fuera capaz le hubiera sonreído. Lo intento mentalmente pero no noto el movimiento de ningún gesto en mi cara. Me tomo la pastilla con el agua que ha traído y le digo que tengo hambre. Lleva una chocolatina en el bolsillo y me la da. Dice que tiene más y que también tiene un yogur. Acepto de buena gana la invitación aunque me sabe a poco, como sentada en la cama mientras él habla. Habla despacio, tal y como se mueve y me dice cosas sin sentido y otras que parecen menos absurdas aunque tampoco consigo enlazar dentro de mi cabeza. Creo que está preocupado por mí de alguna manera que no consigo entender. Sigo teniendo sueño. Me da las buenas noches y me arropa como a  una niña pequeña. Me tumbo en posición fetal, dando la espalda al baño. Siento su mano que aprieta con firme ternura mi hombro izquierdo. Es el único gesto amable que he recibido en una semana. Una lágrima se escurre de mi ojo derecho hasta la almohada y solo quiero volver a dormir.

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Voto de silencio

No conozco a nadie a quien le salga peor el café. Aún así, insisto. Algunas mañanas, que  no todas ( porque sería un grave caso de masoquismo que tendría que consultar con algún especialista), pongo la cafetera con la descafeinada esperanza de que salga bueno.  Me acompañan en esta mañana a medio solear Satie y Yo-Yo Ma,  que se conocen en persona desde que yo misma les  obligué a compartir playlist. Parece que quiere hacer acto de presencia el aroma que llega desde la cocina mientras yo me dejo atar de las cuerdas de uno y otro (a las cuerdas del piano me refiero, para los quisquillosos) y me regalo al exclusivo placer del sentido de escuchar. Son tan pocas las veces que escuchamos.

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Cómo agradezco los días de hogareña reclusión y voto de silencio. Qué manera de contaminar el aire tenemos los humanos. Si fuéramos capaces de emitir algún sonido similar al de los pájaros que se vienen arriba escuchando esta música queriendo acompañar en su armonía. Qué bellos los sonidos que somos capaces de volcar al mundo con los instrumentos y qué torpes las bocas que ensucian los oídos. Si pudiera al menos desabrocharme las orejas en presencia de algunos pretenciosos engreídos a los que alguien, en su niñez, engañó cruelmente haciéndoles creer que eran importantes; ayudándoles en su crecimiento a decrecer como personas, convenciéndoles de que lo que decían tenía algún  sentido. Pobrecillos. Cuánto daño les hicieron en su infancia.

 

Cuánto agradecerían las generaciones venideras que en estos tiempos nuestros enseñásemos a nuestros pequeños a escuchar. No a escuchar a otros humanos igual de estúpidos e inútiles. A escuchar el mar, a escuchar el viento, a escuchar lo que tiene que decirnos la paloma que se acerca, tan comunicativa, al banco de ese parque o a los gatos recelosos, o al perro del vecino en vez de  a él, o las nubes, tan discretas ellas o a las hojas de los árboles… Si frotando mi taza de café obtuviera un poder mágico; pediría enmudecer a los que hablan tanto que no saben lo que dicen. Pediría un esparadrapo invisible que sellara los labios de aquellos que nos agreden con su verborrea  para dejar reposar a mis pobres orejas de su basura auditiva. Una vez alguien me dijo: “No hay peor sordo que el que no quiere escuchar”  a lo que yo le contesté: “ No hay peor sordo que el que no para de hablar por deleitarse con su propia voz” Ahora, cuando nos encontramos, nos saludamos corta y cortésmente que es suficiente a mi modo de entender.

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Este café no tiene arreglo y Shuman se nos ha unido.

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Antes de ti, ya estabas tú

Se pelean en mi cabeza

besos, lenguas, manos y caricias.

Se pelean presas y se agolpan por huir

del sueño a la realidad

y otra vez al sueño.

 

Se ahogan en un suspiro

profundo, largo y silencioso.

 

Se estremece la piel y se resiente

del dolor que le causa

la ausencia de tus manos.

 

Se atormenta el alma

y teme que indiscreta la boca

deje escapar tu nombre.

 

Se retuerce, te busca y se lamenta

este amor callado, húmedo y caliente

que se queja dentro.

 

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