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Hay una botella de agua mineral encima de la mesa y le han salido burbujas de esperar. Parece agua con gas pero no lo es. Es agua con aburrimiento porque se me olvida beber y se queda mirándome con cara de agua esperando a que abra el tapón y eche un trago pero no me sale. Me cuesta mucho beber agua, me ha dicho el naturópata que estoy deshidratada y que me lo tome en serio ( el tema y el agua) Por eso soy aficionada a las infusiones y a los tés de aquí y de allá. Seguramente hubiera sido un buen camello en el desierto. Ya es de noche. De noche cerrada y se me hace un poco raro que a las 19.10 pm ya sean como las dos de la mañana de un mes de Agosto o de Julio, por ejemplo.

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No lo llevo bien. El invierno sí y el otoño, no me importa el frío pero me importa la luz. Me gusta la luz. Por eso creo que me despierto tan temprano. En realidad a estas horas ya me gustaría estar durmiendo hasta mañana. Mis vecinos son muy ruidosos. Son tres chicos adolescentes y preadolescentes, enamorados del fútbol que creo que son los únicos 90´en que parecen estar de acuerdo. El resto del tiempo los dos mayores se la pasan puteando al pequeño. El perro ladra en medio de las discusiones, a veces acaloradas, y su madre me parece la mujer más paciente del mundo porque jamás la he oído dar una voz más alta que la de sus tres cachorros.

 

No me molesta. Yo he tenido tres hermanas. Sé lo que es tratar de hacerte escuchar o hacerte un hueco en una casa con familia numerosa, solo que nosotras nos llevábamos bastante mejor y si gritábamos era casi siempre jugando, alguna gorda hubo  y desde luego mi madre no tenía tanta paciencia. No tenía ninguna paciencia de hecho. Y a ella sí se la escuchaba por encima de las cuatro. A veces miro para atrás y me parece que yo jamás podría haber hecho lo que hizo mi madre. Tener cuatro hijas y salir siempre a la calle bien peinada y con el rabo del ojo perfectamente dibujado. No me veo capaz. No me veo capaz de salir a veces sin parecer un indigente rumana para bajar a comprar chocolate al chino de abajo. Es demasiado trabajo estar mona todo el rato, a cada momento. Lleva su tiempo y dedicación. Aunque hay mujeres a las que les pasa sin querer. Una de mis hermanas, la tercera, podría salir a la calle en alpargatas y con una bolsa de basura atada con una cuerda y le quedaría bien. Lo luciría como si fuera un modelito  de alta costura de alguno de esos diseñadores que no sabes qué han fumado la noche anterior al desfile.

 

No me imagino un barrio sin chinos. Un día lo comentaba con una amiga. No me gustan los barrios donde no puedes bajar al chino a comprar chocolate o un helado o un refresco en pantalón de andar por casa. A veces creo que me esmero más en estar mona en casa que en la calle. No podría soportar vivir en una de esas calles céntricas y abarrotadas de gente donde no puedes ir de indigente a comprar un poco de hielo si quieres hacerte un gin tónic en casa. Me gusta estar en casa, me gustan las cocinas y me gustan las casas donde todo gira en torno a ellas. En la obra de mi casa supe desde el principio que quería una enorme cocina donde estar la mayor parte del tiempo que tuviera como apéndice un salón contiguo, nada de puertas, pocas paredes. Todo cocina y en la cocina la gente que amo, todo alrededor de la cafetera, la tostadora, el horno y los fogones. En realidad soy un gato casero. Me gustan las ventanas grandes y los árboles que viven enfrente. Los pájaros también. Vuelan sin saber que yo les pongo música de fondo para ver si se saben la coreografía. Son muy ágiles. Ponga la música que ponga siempre bailan bien.

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Suena de fondo un tal José González que descubrí ayer tomando un zumo de esos que tienen un montón de frutas y que a mí me saben siempre a azúcar aunque en la pegatina ponga que no llevan. El sitio era muy cuco, se llama  El Bus y me senté en unas butacas de cine o de teatro muerto y que la gente recicla para poner en sus recibidores. Hace tiempo quise hacerme con unas del teatro de la zarzuela. Las habían cambiado y estaban olvidadas en dios sabe qué palomar o trastero. Hay varias repartidas en casas de amigos y compañeros.  Pero Jesús que se encargaba de esas cosas, murió de un infarto muy hijo de puta que se le llevó antes de tiempo y no pudimos hacerlo. Era un tipo muy fuerte, muy alegre, no sé por qué de repente me he acordado de él …ah sí… por lo de las butacas  del teatro en el recibidor. Pues eso, que yo me quedé sin butacas pero él se quedó sin ningún sitio en que sentarse. A veces no es justa la cosa. No molan las cartas. Creo que voy a preparar otro té antes de ponerme espesa, pero es que hace mucho tiempo que no me pongo espesa. Tanto que se me ha olvidado lo duro que es a veces ponerse espesa. Debería  estar bebiendo agua antes de morir deshidratada delante del ordenador.

Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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