Oh Merilu, me pinchas solo tu

No me acostumbro a la muerte. Convivo con ella a diario, pero no me acostumbro. No me dejan de doler los que se van, aunque apenas hayan pasado unos días conmigo. A veces ni siquiera tengo tiempo de saber cómo se llaman. Es mejor así, aunque también duelen. Pero duelen más aún cuando conozco sus nombres y he escuchado sus voces o algún chiste. Aunque parezca mentira, hay ocasiones en las que lo último que escucho de alguno de ellos es un chiste y un intento de carcajada luchando con la bombona de oxígeno por hacerse hueco sin ahogarse. En ocasiones la risa y el llanto van de la mano y no se quieren soltar.


 

No recuerdo cuándo decidí que quería ocuparme de ellos, creo que es algo que di por hecho desde niña. Mi madre siempre lo hizo y aún ejerce. A veces pienso que ser enfermera es otra forma de hacer el amor. La forma más generosa de hacerlo, porque cuidamos de las personas cuando más débiles se encuentran.

 

Estoy cuando el jefe de una importante multinacional despojado de su traje y su corbata no es más que un guiñapo en camisón que necesita una mano para buscarle una vena y darle consuelo con cualquier cosa que atenúe su dolor. Estoy, si a falta de un auxiliar cerca, el tipo más guapo y más sexy del mundo se mea encima si no le pones la cuña porque ha tenido un accidente y no sabe si volverá a caminar y cuando a una madre se le salen los ojos de la cara intentando descubrir en los tuyos si existe salvación para su hijo, también estoy. Tan asustada y confundida como ella, pero estoy.

 

Para correr por los pasillos, si hace falta, subida a horcajadas encima de un infartado practicando una RCP mientras los compañeros nos llevan a quirófano en una camilla voladora. Para dar la vuelta a alguien y evitar que se ahogue en su propio vómito, o para acariciar la cabeza de un bebe que sé de sobra que no sobrevivirá a esa noche, mientras se despide dulcemente, también estoy.


 

 

Pero no me acostumbro a la muerte. Así que llego al hospital con los labios pintados de rojo, rímel en las pestañas, mi mejor sonrisa y bien de iluminador. Si voy a acompañar a todas esas personas en momentos de dolor. Después de once años de experiencia, tengo derecho a poner una nota de color.

Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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