Gato por liebre

La decepción de volver a un restaurante al que has ido durante años para celebrar con amigos o con tu pareja momentos especiales, a ese típico restaurante al que sabes que puedes recurrir cuando quieres quedar bien con alguien. Lo mismo si son dos o tres personas o un grupo más numeroso porque hay espacio de sobra para que todos se sientan cómodos, al igual que hay una extensa y variada carta en la que sabes que todos van a encontrar algo delicioso que no te va a fallar,  La decepción que sientes cuando vuelves después de un tiempo y nada es igual, no tiene nombre. O al menos, deberían de habérselo cambiado para ir advirtiendo de que ya no es el mismo que solía y ahora duele ser. Uno de esos restaurantes que desde hace un montón de años ha ido ganando fama de ser un sitio donde se come bien en un ambiente agradable y a un precio razonable. Uno de esos restaurantes en los que hace años la gente hacía largas colas para comer o cenar, porque tampoco hacían reservas y siempre estaba lleno. Tengo por norma no hacer cola para nada y menos para comer. Habrá quien se eche las manos a la cabeza. Es su problema. El mío es hacer colas. Así que siempre me he preocupado de ir a horas en las que sabía que no tendría que hacerla y hasta anoche habíamos acertado.

 

Ya me sorprendió que a la hora en que fuimos a cenar hubiese un camarero muy sonriente en la puerta invitándonos a entrar. El mismo camarero al que en todos estos  años jamás  había visto los dientes detrás de una sonrisa, aunque siempre fue muy correcto y eficaz. Que por otro lado, es como debería de ser un camarero. No éstos a los  que solo les falta dar un trago en tu copa para probar el vino personalmente, meterse en lo que eliges o no eliges de la carta, como si tú estuvieras incapacitado para tomar decisiones propias, y no abandonan la mesa con sus chistes y gracietas, sin ser capaces de advertir en tu mirada de huevo duro al cuadrado que ya  no sabes  cómo explicar sin palabras y cortésmente que la única compañía que te apetece esa noche, es curiosamente la de tu acompañante o acompañantes. También tengo la norma de no ponerme borde hasta que no es estrictamente necesario y el interlocutor lo está pidiendo a gritos con su actitud o mala educación.

 

De primeras notamos que el local estaba cambiado, al punto en que la separación entre las mesas era inversamente proporcional al espacio necesario para poder sentarse sin meter el codo o la oreja en la conversación de la mesa del centímetro de  al lado. Pero era un noche en que brillaba el arcoíris en Madrid. Una noche en la que habíamos paseado abrazados por una Gran Vía sin coches, y una noche en la que estábamos encantados con nosotros mismos, con el agradable ambiente que se respiraba por todas partes  y curiosamente cerca.

 

La tercera sorpresa fue, que al entregarnos la carta, la pareja de al lado en un intercambio de sonrisas de poco más de un minuto ya nos advirtiese de que el atún no estaba bueno, aunque se les veía muy felices, sin embargo, compartiendo ensalada y conversación. Yo siempre agradezco esas recomendaciones de la mesa de al lado y más cuando estábamos tan cerca que podíamos haber cenado juntos los cuatro. La camarera nos dio solo una carta y yo le eché un vistazo por encima esperando que no hubiesen retirado lo que sabía  de sobra que iba a pedir, porque cuando una cosa me gusta y me gusta mucho, me gusta repetir.

 

Para no alargar la agonía paso a describir lo que antes fue una de las ensaladas que mejores recuerdos me traían, mal seguidamente llamada de aguacate y queso de cabra: En un plato en que el que un nido central de rúcula y canónigos con un chorrito de aceite que apenas cubría la sequedad de sus hojas, aparecía avergonzado y castigado cortado por la mitad y boca abajo, como pidiendo perdón de antemano UN ÚNICO TOMATE CHERRY estratégica e inútilmente colocado en norte y sur,  luchaban inútilmente tratando  de asomarse dos trozos diminutos de queso de cabra que en mejores tiempos hacían alarde en primer término coronando el plato y el guacamole, por llamarlo de alguna manera, era un pegote diminuto como del tamaño de una cucharilla de café en el este y el oeste de tan desértico entrante. Mi carpaccio de buey, ése del que tanto he hablado y tanto he recomendado y del que había conseguido en estos años hacer un club de fans, fue lo peor: Seco, pegado en el plato, como si llevara toda una jornada sepultado allí, quedaron los bordes adheridos, como recuerdo de este duelo porque no se podían despegar. En el centro, un  grumo de queso en polvo sin esparcir, ya no digo con amor, si no con un poco de profesionalidad por todo el plato, y piñones peleándose por huir del queso en un vano intento de decir que también estaban presentes debajo del queso. El entrecot y cot  al roquefort que pidió él y que en otro tiempo, casi se salía  del plato, parecía haber caído en manos de los Jíbaros. Las patatas fritas se habían adueñado del papel principal haciendo que el trozo de carne y actor principal  pareciera un figurante por detrás y por delante. Pero estábamos tan felices los dos, que hubiéramos cenado un cocido montañés en medio del Sháhara, con la misma sonrisa puesta. Lo importante era la compañía y las miradas y las risas y no quisimos arruinarnos la cena el uno al otro. Mientras la pareja, también feliz de al lado, apartaba un pelo de su pollo y seguían cenando. Estábamos todos como idiotizados y felices. Las dos mesas podíamos haber pedido perfectamente el libro de reclamaciones y montar entre comillas uno de esos numeritos incómodos para todo el mundo, en los que nadie quiere verse involucrado un viernes de arcoíris madrileño, pero sinceramente no era para menos. Pedimos la cuenta, nos trajeron dos veces carta de postres aún diciendo en las dos ocasiones que no tomaríamos postre. No queríamos asistir a otro suicidio colectivo. El de los postres, no lo hubiera soportado.

 

Al salir, nos miramos y en nuestros ojos encontramos lo que no habíamos querido decir con palabras. Hasta que casi a la vez nuestras bocas soltaron: “No volvemos más, qué pena. ¿pero qué ha pasado aquí?”

 

No diré el nombre del restaurante, porque me cuesta mucho trabajo hacer daño. Aunque sí he querido publicar hoy este blog , porque creo que el daño es mayor por no quejarme. Es una tristeza que todo decaiga de esa manera, que la mediocridad llegue a este punto, que por no herir sentimientos no nos quejemos abierta y honestamente. Esta mañana me siento tan engañada y tan culpable por no haberme quejado al encargado, que prometo enviar al restaurante una copia de este blog, para que tomen medidas y vuelva a ser lo que fue. Un sitio agradable donde se comía bien y al que me gustaba volver.

 

Es la primera vez que prefiero no poner fotos…

Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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2 respuestas a Gato por liebre

  1. Hola Mar, primero que nada decirte que entiendo tu tristeza y decepción, desgraciadamente ya son muy pocas las cosas que no cambian en este mundo, ni siquiera cuando no necesitan cambios por encontrarse en una excelente posición. Ojalá y hagan caso de tu blog, o en otro caso que puedas encontrar ese espacio de gozo en otro lugar.
    Ahora deja decirte que soy de México, aquí solo podemos ver tv española por cable o en el caso del Gym Tony por tv satelital, fue ahí donde te encontré, la mujer más hermosa que mis ojos hayan visto, desde ese momento quede prendado y no sabes como disfruto ver cada episodio que pasan en donde sales tú. Encontré este blog y veo con placer que lo llevas muy bien y con una escritura bastante agradable. Espero sigas escribiendo más porque realmente lo disfruté.
    Gracias por tomarte el tiempo para escribir y te reitero mi admiración hacia tu trabajo y hacia tu persona.
    Hasta luego hermosa, espero seguirte leyendo.
    Jorge.

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