De Legazpi a Sol

No estoy preparada para ser sincera. No soy capaz de inventar ninguna historia que nada tenga que ver conmigo y no quiero dibujar sobre el papel mis sentimientos. A mí no me resulta fácil escribir. Me parece una labor dificilísima inventar vidas y situaciones. No soy capaz. No lo veo claro hoy, debería dejar de escribir en este mismo momento. Ojalá se me ocurriera algo que contar. Pero no me viene ninguna inspiración. A veces en el metro sí se me ocurren historias. Pero es que en el metro no me puedo poner a escribir. Lo primero porque no tengo mi ordenador y lo segundo porque si me pusiera a escribir me perdería todo lo que veo y luego no lo podría contar aquí porque no lo recordaría.

Para poder contar después hay que haberse fijado antes. El metro está lleno de personajes maravillosos que seguramente tienen muchas cosas interesantes que contar. Pero claro no voy a ir por ahí preguntando a la gente si me quiere contar su historia. Hay veces incluso, que en el mismo vagón confluyen varias historias que podrían juntarse y dar origen a cualquier best seller, si dieran con alguien que realmente supiera escribirlas.

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Hace unos días, por ejemplo, en el último vagón de la línea amarilla que va de Legazpi a Sol, se juntaron un tipo de un metro sesenta con una melena hasta debajo de las rodillas (como pude comprobar después al ponerme justo detrás mientras subíamos las escaleras de la salida) una patata disfrazada de señor y una mujer que nos contó una historia terrible que me rizó las pestañas con su aliento a alcohol. El de la melena llevaba un chaleco totalmente desfasado decorado con tantas chapas que no había espacio para ver la tela vaquera. Y una pegatina de esas que se planchan a la ropa en la que se leía “Hijo de puta peligroso” en letras mayúsculas. Cualquiera hubiese pensado que el tipo lo era, porque tenía unas barbas muy largas también, como esas que lucen los motoristas de las películas americanas y que llegan a un pueblo de Texas haciendo ruido y molestando a los vecinos. También parecía el protagonista de una de esas escenas de Tarantino en la que un tarado como él te sirve un café y unos huevos revueltos y luego te pega un tiro y te esconde en el garaje. Pretendía ir de mal encarado. Sin embargo, a mí no me pareció un hijo de puta peligroso con letras mayúsculas. Me pareció que era guitarrista, por la largura de sus uñas sólo en la mano derecha y porque iba embelesado mirando el móvil. Ningún hijo de puta peligroso mira el móvil durante cinco paradas seguidas sin pestañear.

La señora que me rizó las pestañas llamó mi atención antes de entrar al vagón. Mientras esperábamos a que llegara el tren. Estaba apoyada sobre dos muletas. Era una mujer que aparentaba sesenta años aunque apenas pasaría de los cuarenta. Me llamó la atención su rímel corrido y restregado por las mejillas y la maraña de pelo pajizo y mal atado en una coleta de mil gamas de amarillo. El hecho de que pareciera estar hablando sola no me llamó la atención sin embargo. Yo también lo hago. Sobre todo en período de ensayos. Después entendí que ella también estaba repasando el texto. Nos contó con acento del este una historia que hubiera resultado conmovedora de no ser porque, desgraciadamente, uno tiene ya el alma anestesiada de escuchar tantas historias que al principio te ponen los pelos de punta, te compadeces, levantas del suelo a quien corresponda, le das dinero o le compras un café y un bocadillo y después, como me ha pasado tantas veces que no soy capaz de recordar, te sueltan que te lo comas tú, y en ocasiones no con tan buenas palabras y te quedas con cara de imbécil y unos euros de menos que, en el fondo es lo de menos. Me sorprendí a mí misma escuchando con atención la historia que se sujetaba aún menos que ella sobre sus muletas. Me estremeció el hecho de no creerme ni una sola palabra, aunque lamenté muy mucho su situación fuera la que fuera y me paré a pensar por un momento lo desesperante que debía ser estar en su pellejo. Hace mucho tiempo que decidí dejar de sentirme culpable porque hubieran crucificado a Jesucristo. Me pesaba demasiado esa cruz. También me lamenté de que desde nuestros pequeños universos hagamos lo posible por sobrevivir en un mundo que nos muestra su cara más cruel y despiadada y a la vez lo felices que seríamos si tuviéramos tal coche o tal perfume. No quise profundizar más. No me quise preguntar de qué serían las marcas de picaduras que tenía en los brazos. Ni siquiera fui capaz de sacar unas monedas como otras veces. Pocas monedas para demasiada gente pidiendo monedas, demasiado demasiado. Se alejó con su cantinela aprendida o recordada al siguiente vagón y el resto nos quedamos a solas con nuestras conciencias.

A medida que nos acercábamos a Sol, a cada parada, el vagón se iba despejando y de entre los pasajeros, a la altura de las rodillas apareció una patata disfrazada de señor. Era una patata más arrugada que la cara de la tortuga Morla, de la historia interminable. Era una patata del color de las patatas y los ojos azules, muy claros. Llevaba una camisa a juego con sus ojos y el pelo gris cortado al dos. Cepillo militar que destacaba por encima de su cara de patata. ¿Cuántos años tendría? ¿mil? Jamás había visto tantas arrugas en algo que no fuera una ciruela pasa y sin embargo, compartimos durante un segundo una mirada y en ella adiviné que no eran tantos como aparentaba. Mucho sol, mucho alcohol, mucho de mucho en cualquier caso. Estaba sentado en el suelo como un niño cansado ya de andar. No sé cómo eran sus manos porque no podía apartar mi atención de su cara de patata. Era una de esas patatas que se sirven con mojo picón en la tierra de mi buena amiga Mariam, una patata del mismísimo color de la tierra y del barro y de la sequedad de una montaña cuando no llueve en mucho tiempo. Una patata seca que había comprado un billete de metro y viajaba conmigo, en el mismo vagón, hacia quién sabe qué cuento encantado o qué realidad sin encanto. En cuestión de segundos le perdí de vista. Y quedando enterrado como una patata enterrada, desapareció. Se esfumó entre las piernas de los demás pasajeros que lo apartaron de mí y que se afanaban inútilmente delante de la puerta en un absurdo intento por salir los primeros. No volví a verle, subía las escaleras mirando al suelo para no tropezar y alcé la vista descubriendo la larga y enredada melena negra del hijo de puta peligroso que no se había cortado las puntas en los últimos diez años y que le llegaba por debajo de las corvas. De la mujer de las muletas tampoco he vuelto a saber nada.

Si fuera capaz de ahondar más y de ver más allá de lo que se ve a simple vista, seguramente se me ocurriría alguna historia que contar sobre algunas de las extraordinarias personas que viajan con nosotros en el metro cada día.

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Quizá lo haga.

Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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8 respuestas a De Legazpi a Sol

  1. Maria dijo:

    A pesar de “no ocurrir se te nada” tienes mucho ingenio e imaginación para escribir.
    Me ha encantado la historia.
    Besos.

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  2. yreneyuhmi dijo:

    Mar, hacía tiempo que no “me pasaba por aquí” y la verdad, echaba de menos leerte…a mí me sucede mucho, no puedo escribir, no sé si ponerme porque probablemente suelte todo o demasiado sobre mis sentimientos…pero después las palabras van saliendo, y una vez escrito, no hay marcha atrás! El arte se ha materializado! Las historias en la ciudad, las del alma de la ciudad, son estupendas, gracias por escribir, me ha encantado! Un beso!

    Le gusta a 1 persona

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