Cero neuronas

Quería hacerlo. En serio. Me sentaba una y otra vez delante de la pantalla y dejaba caer las manos sobre el teclado como un maestro en su concierto de piano, cuando se coloca en su taburete, estirando los dedos en lo que no dura más de un minuto que se hace eterno y se convierte en uno de esos minutos en en los que puedes escuchar tus propias pulsaciones. Justo cuando todo el mundo ha dejado de toser a la vez y  todas las respiraciones se convierten en una sola, profunda y silenciosa. En algunos de esos conciertos, acompasando mi respiración con todas las demás, he pensado que sería maravilloso que todos nos pusiéramos de acuerdo en muchas otras cosas. No es tan difícil. Es solo cuestión de voluntad. Una voluntad que consiste en sentir al que tienes al lado y de al lado al de al lado y así sucesivamente. Códigos secretos como los que establecen las hormigas. Como los que se establecen en el metro o en los ascensores, o en las toallas de la playa. A nadie se le ocurre quitarse la ropa en la puerta del sol y extender una toalla para tumbarse. No sé lo que pasaría si uno se quitara la ropa en el metro porque hace calor, o caminara en bikini por la gran vía. ¿Quién dicta las normas? ¿Por qué ese aceptan sin más?¿por qué se dan por entendidas y no hay nadie que te diga que eso no se hace porque  todo el mundo sabe que eso no se hace?

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A veces, veo a los hombres hacer jogging sin camiseta y me pregunto si yo podría hacer lo mismo ¿me detendrían? Desconozco si hay alguna ley que prohíba enseñar los pechos femeninos mientras se practica deporte ¿qué es normal y qué no lo es?¿cuándo algo que no es normal pasa a ser normal?¿cuando se repite muchas veces?¿cuando alguien hace algo que no es normal y el resto le imitan hasta convertirlo en normal?

Si un vagón de metro va hasta arriba de gente, te puedes pegar a los demás sin que a nadie le parezca raro. Te puedes pegar a unas distancias milimétricas, te puedes incluso llegar a rozar. Pero ¿y si el vagón fuese casi vacío y alguien se te pegase a esa distancia? Me apetece mucho hacer el experimento.

El metro es un sitio ideal para poner en práctica todo tipo de experimentos que se me pasan por la cabeza. Como por ejemplo el experimento de  dar los buenos días. Tengo que confesar que ese ya lo he puesto en practica sin resultado exitoso por varios motivos. El primero: porque la gran mayoría no está acostumbrada a que le den los buenos días ni a devolver el saludo. Mucho menos en el metro.  Ni si quiera en una cafetería o en el autobús. Estuve haciendo la prueba durante un año entero  sin rendirme. Con uno de los conductores de la línea que va de El Escorial a  Moncloa. Uno que era mayor con el pelo blanco y bigote. Jamás respondió a ninguno de mis saludos. Jamás. Yo ya le daba los buenos días por sentir una especie de malsano placer al comprobar que era el conductor  más mal educado de todos los conductores de autobús. Además no solo no contestaba si no que siempre tenía cara de estar enfadado con todo el mundo. Esto lo hacía mucho más interesante, porque a mí me hace mucha gracia la gente que parece estar enfadada siempre con todo el mundo y no puedo evitar imaginarme por qué lo estarán. En cualquier caso hace dos años que no vivo en  El Escorial, me pregunto si se habrá jubilado. Quizás ahora  dé  los buenos días. Y el segundo por…

Pero sigamos con nuestro asunto. ¿Cuál era…?

Ah, Sí. El misterio del folio en blanco.

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Pues lo dicho, hacía varios días que no se me ocurría nada, que las palabras no venían solas como otras veces, en las que ni siquiera me dejan escribir a mí, si no que bailan ellas solas, quitándome de en medio y tomando las riendas de mi teclado como si yo no estuviera presente. A veces esto también me molesta. ¿quiénes se han creído que son? De un manotazo, me dejan fuera de la mesa y empiezan a escribir lo primero que se les pasa por los dedos sin tenerme en cuenta. Me parecen otras mal educadas. Pero ojalá en este caso hubieran hecho lo mismo, porque de esa manera no me encontraría delante de un folio en blanco y de una pantalla en blanco y de una mente completamente en blanco sin ninguna idea ocurrente y brillante en la cabeza sobre la que poder escribir.

No sé… quizá alguna historia sobre alguna de esas personas que viajan en metro sin dar los buenos días. Una de esas que parece que hace mucho tiempo que no practican la sonrisa, y seguramente con motivos, porque se les ve cansados y tristemente abatidos, sin levantar la vista de la pantalla del móvil.

Algunas veces siento el deseo de abrazar a los desconocidos. He de confesar que lo he hecho varias veces. Una vez abracé a la dueña de un herbolario. Primero le pedí permiso, por supuesto. Iba allí habitualmente, pero nunca establecimos confianza suficiente como para hacer nada parecido. Me parecía una chica muy trabajadora, muy seria y competente. Pero además de eso, yo percibía algo que no puedo explicar. Algo que sentía en el centro del epicentro (como yo lo llamo)  Así que entré a mi sesión de acupuntura (ella alquilaba una habitación a un tipo muy curioso y efectivo en su materia al que no sé por qué hace años que no veo…) Ah sí…porque hace años que no vivo por allí. Bueno pues como estaba contando, me despedí de Mercader, que es como se apellidaba el acupuntor en cuestión, compré alguna cosa más a la salida y antes de marcharme se me escapó de la boca: ¿te puedo dar un abrazo?

Ella se quedó noqueada y  tardó en responder. Me miró como si yo fuese una tarada a la que fuera mejor no llevar la contraria:-Claro-Me dijo.  Se dejó abrazar como un fardo de ropa seca. Yo la rodeé con mis brazos y la atraje hacia mí sin decir nada. A los pocos segundos, mientras yo  respiraba profundamente en silencio y sentía su rigidez sin dejar que su muro invisible pero palpable nos separara. Ella se desmoronó y rompió a llorar como una niña pequeña. Yo sentí que todo su cuerpo en guardia al principio, se vencía y se rendía mostrándose relajado poco a poco y a medida que el llanto fue aflojando su musculatura, yo sentía que su energía fluía con la mía convirtiéndose en una sola.

Estas cosas me pasan a menudo, no sé si por hacer caso de mi instinto o por esa manera de mirar las cosas más allá de mis narices. A veces me trae problemas, muchas veces… pero otras me da muchas satisfacciones. Como en aquella otra ocasión a la que salvé a una chica de ser raptada por una red de trata de blancas que unos días después apareció en las noticias.  Pero en fin… eso lo cuento otro día.

No sé por qué tengo que contar mis intimidades. Aunque es  absolutamente cierto lo que digo. Y todo porque hoy no soy capaz de encontrar un poco de inspiración. Será el calor, que me ha secado la única neurona que me quedaba en funcionamiento. Creo que lo voy a dejar para otro momento y esta semana no voy a ser capaz de publicar nada en mi blog.  Ojalá se me ocurra algo para la semana que viene.

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Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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2 respuestas a Cero neuronas

  1. citeyoco dijo:

    Maravilloso, como siempre. Nunca dejes de escribir!

    Le gusta a 1 persona

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