El techo en blanco. 2

Ya no tengo edad para cenar con vino. Ni para cenar con este tipo de hombre ¿Cuántos  años tendrá?  Luego paso una noche de perros dando vueltas en la cama, edredón arriba, edredón abajo. No sé si tengo Almax en casa. Espero que sí. Esta salsa me va a sentar como un tiro, lo estoy viendo venir. Por lo menos éste tiene pelo. Tiene pelo y todos los dientes que ya es bastante. El último Adonis tenía más puentes que Venecia. Aquella cita no se la perdonaré a mis hijas.

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Pero en fin…Con eso de que es el padre de una amiga de mi Estela  y de que lleva viudo “el pobre” no sé cuánto tiempo, y de que no levanta cabeza (y por lo que me ha contado, nada más), me he venido arriba en un ataque de Madre Teresa que estoy pagando caro. Primero en el restaurante, escuchando las bondades de “Mercedes, que en gloria esté” como la ha estado llamando toda la noche y luego en una terraza donde hemos seguido viendo fotos de Miss Difunta Perfecta en todas sus versiones (desde su boda en Alicante, pasando por embarazos, Noche Viejas, Vacaciones, Comuniones y Bautizos de hijos y nietos, hasta sus últimos días, en los que a pesar del notable paso de los años y el deterioro que le fue provocando su enfermedad, en ninguna de las fotografías (que muy amablemente le había pasado uno de sus yernos al móvil) aparecía “Mercedes, que en gloria esté” sin una sonrisa dibujada en la cara. Aunque yo percibiera muy en el fondo de sus enormes ojos castaños, un regustillo a conformismo y resignación del ama de casa de aquella época.

Mientras él me contaba lo felices que habían sido en su matrimonio, donde jamás hubo ni un sí ni un no (en su versión de los hechos) yo me imaginaba a “Mercedes que en gloria esté” en su casa planchado camisas y haciendo paellas los domingos. Soñando delante de una taza de café, con su delantal de cuadros puesto, con algún muchacho que habría conocido en algún Agosto de sus años mozos. Uno de ésos que venían de la Capital a pasar el veranero y que después si te he visto no me acuerdo. Y allí se quedó ella con su disco de Los Brincos, su novela rosa y sus paseos por la playa. Teniendo que casarse pocos Agostos después con el bueno de Fernando que era un chico muy aburrido pero muy trabajador.

No sé por qué me tengo que inventar yo la vida de la gente, si no les conozco de nada. Caramba. Pero es que este Fernando se enrolla como las persianas. No me interesa nada su conversación y me distraigo con mis propios pensamientos hasta que soy incapaz de seguir el hilo. Porque cuando él ya va por la quimio, yo estoy con Mercedes en la Playa de San Juan secando a los niños con una toalla de flores y disfrutando de los torsos bronceados de los turistas en vez de centrarme en la barriga de este marido que tuvo, que en el fondo, nunca me gustó para ella.

Total, que desde que enviudó, ni siente ni padece, en todos los sentidos. -No sé si me explico-  me dice en un tonillo  de confianza y cercana confidencialidad que no me atrevo a desmontar. Como tampoco me atrevo a decirle, por educación, que no tiene  pinta de ser muy buen amante. Si no, “Mercedes que en gloria esté” no tendría esa carita de “pues parece que se ha quedado muy buena tarde…” en todas las fotos, con la mirada perdida en alguna hoguera de la Noche de San Juan y tendría más cara de “no llevo nada debajo del delantal…”

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Qué guapo es el camarero. Yo sé que Fernando está hablando porque mueve la boca pero no sé lo que dice. He aprendido a asentir y a poner cara de que me estoy enterando de todo, pero tengo visión periférica y soy capaz de parecer súper interesada en el tema, mientras se me va el foco a los bíceps, pectorales y paquetes que se adivinan en este tipo de terrazas en cuanto llega el verano. Las terrazas se dividen entre camisetas ajustadas y camisas blancas remangadas de Ralph Laurent, ambas de gimnasio. Unas más elegantes que otras. Pero básicamente, los bronceados, las sonrisas blancas, los peinados que los futbolistas ponen de moda, las posturitas y la forma de llevarse el Gyn Tonic a los labios vienen siendo las mismas.  Y claro, yo me pierdo en este mar de lujuria y tentaciones tan al alcance de la mano y tan lejos a la vez, mientras mi acompañante y viudo jubilado se toma una cerveza sin alcohol y devora panchitos. Qué le voy a hacer si Dios me ha dado un cerebro de 25 y una talla 38 en un carnet de 60.

No sé cómo pasamos de estar rodeados de cuerpos esculturales, escuchando música a estar de pie, fuera de un taxi que ha parado justo en mi portal. Me habrá querido acompañar y he debido de decir que sí. Tengo que tratar de conectar mejor mis transmisiones neuronales en este tipo de citas. Me dice que soy una mujer encantadora con la que da gusto estar porque sé escuchar, a lo que sonrío “como si no llevara nada debajo” . Me da dos besos y me dice que volveremos a quedar. Se mete en el taxi que se queda esperando hasta que mi portero me abre dándome las buenas noches y desaparezco en el ascensor sin dejar de sonreír hasta que se cierra la puerta. Me miro en el espejo (maldita luz blanca)  y me digo a mí misma que tengo que dejar de hacer esto. Tengo que dejar de quedar con este tipo de hombres con los que al final, después de quitarme el modelito, desmaquillarme y ponerme la ampolla, el  sérum, el contorno de ojos y la nutritiva, acabo metiéndome de nuevo en la cama. SOLA, mirando al techo.

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Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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5 respuestas a El techo en blanco. 2

  1. Encana dijo:

    Me encanta, como se puede explicar tan bien una situación, vivida por muchas mujeres. Me he visto reflejada totalmente y me he reído un montón. Enhorabuena.

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  2. Andres Lopez Rondon dijo:

    Excelente, primera vez que paso por este blog y me han dado ganas de seguirlo para siempre, eres clara y contundente en lo que escribes y eso me gusta

    Le gusta a 1 persona

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