Hay una mosca que insiste en atravesar el cristal. Se da golpes sin parar, no se rinde, no sé si se hace daño, nunca había pensado en ello, sólo la observo. No hay mucho más que hacer aquí. Todo es triste. Todo es turbio. Cualquier cosa se convierte en un acontecimiento. Incluso que nos traigan la merienda es una fiesta porque no hay nada mejor que hacer. El reparto de vasos de plástico con leche templada y un paquete de galletas es una excusa para dejar de pensar. Abrir el celofán que las envuelve es un reto que requiere de la concentración necesaria para dar descanso al cerebro, a los recuerdos que tratan de desenredarse como una madeja de cuerda mojada mal enrollada. Es difícil. En eso empleo la mayor parte del tiempo. En desenredar la madeja. En diferenciar los recuerdos reales de los inventados . A ratos me duele la cabeza de tanto intentarlo. Me siento como la mosca, aunque yo no sé volar. Aquí no puedo tomar café. Nada de excitantes. La leche parece sucia. Si estuviera en casa, al menos habría echado una cucharada grande de cacao en polvo. Esto solo me sabe a plástico recalentado. A necesidad de huir. El mundo es tan grande y tan ruidoso que el vuelo de una mosca debería pasar desapercibido y sin embargo, en este momento, todo lo invade. Me miro las manos temblorosas y las encuentro más blancas que hace unos días. Más débiles también. Me cuesta abrir el paquete. Los envoltorios abre fácil nunca me lo han parecido. Son las cinco de la tarde. Hora de visitas. Pero yo todavía no puedo recibir ninguna. Tampoco me importa. Sólo necesito que algún enfermero me acompañe abajo para echar un cigarrillo. Un paquete de tabaco y mi clíper es lo único que tengo. Lo único que necesito aquí. Eso y cualquier excusa para dejar de pensar. En el espejo del baño me he encontrado con alguien que se me parece. Lleva el pelo muy tirante en una coleta. No sé cuánto tiempo llevo aquí. Mañana si me porto bien podrán venir a verme. No sé si quiero verles. Pero tener noticias del exterior, ver personas distintas a mis compañeros me hará bien. Servirá de distracción al menos. A veces recuerdo que les quiero. No quiero lastimarles ni verles sufrir. Pero yo llevo la peor parte en el reparto de esta mano.

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Es una mosca gorda y pegajosa. Me cae mal. No me gusta verla buscando una salida que no existe. Si pudiera abrir esta ventana, podría escapar. Pero aquí las ventanas no pueden abrirse, aunque nos dejen ver los árboles de lejos y el campo que se pierde en la mirada, están siempre cerradas. He vuelto del baño con una toalla para acabar con la lucha de su vuelo inútil. Me agota su insistencia. Se ha parado en una esquina. Levanto la toalla despacio en el aire por detrás de mi cabeza con el brazo derecho. No sé cuánto tiempo he estado así. No sé cuántos días llevo aquí. Creo que se ha dado cuenta. Me mira fijamente. Me parece que si fue Dios el creador de las cosas, como dicen, debía de tener mucho tiempo libre el día que creó a las moscas. Debía de estar tan aburrido como yo para ponerse a inventar un animal tan estúpido como innecesario. La mayoría de los animales tienen una función clara en la escala evolutiva y esas cosas, pero me muero de curiosidad por saber por qué coño hizo a las moscas. Es un insecto muy laborioso de fabricar. Tiene montones de minúsculos detalles que requieren de una precisión de ingeniería a escala microscópica y piececitas de difícil ensamblaje que sólo a un especialista en maquetas diminutas se le ocurriría. Solamente las alas debieron de llevarle un día entero. Demasiado trabajo y dedicación para obtener como resultado un bicho feo y asqueroso que se posa en una mierda recién puesta y caliente de la calle, o en el vómito que un borracho ha volcado en una esquina y después en mis galletas y en el borde de mi vaso de plástico con leche sucia y templada. Es repugnante. Es una tomadura de pelo de la naturaleza. De pronto de apodera de mí una necesidad infinita de acabar con ella de un golpe rápido. Me pregunto qué tipo de delito sería matar a una mosca que transporta en sus patitas delgadas como pespuntes de hilo negro las bacterias suficientes como para infectar a un ser humano y enfermarlo hasta acabar poco a poco con su vida. ¿Sería asesinato? ¿Homicidio? ¿Me rebajarían la pena por ser en defensa propia? ¿Puede una mosca cargarse a alguien? ¿Puedo yo cargarme a esta mosca? ¿Puede ella caminar sobre el borde de mi vaso con sus patas peludas llenas de caca impunemente? No soporto ver cómo las frota por delante de su cara, en un gesto que se asocia a las malas personas que saborean el mal que causan en los demás. Demasiadas preguntas. Ha echado a volar saliendo por la puerta. He perdido mi oportunidad. Siempre hay otra salida. Quizá me ha enseñado algo. De repente sólo quiero dormir, pero me muero por dar unas caladas. El tiempo pasa tan despacio aquí. Un tío listo ese Einstein.

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No me gustan. Yo a ellos tampoco, ninguno nos gustamos. El alto con gafas es el que menos me molesta con su presencia y se ha ofrecido a acompañarme abajo. No hablamos en el ascensor. Es muy lento y va parando en cada planta. También él lo es. Por las mañanas entra en mi habitación como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para perderlo conmigo. Me da los buenos días y me pregunta cómo me encuentro y qué tal he pasado la noche. No creo que le importe. O quizá sí. No le recuerdo de la otra vez. Debe de ser nuevo y trata de ganarse mi confianza. En cualquier caso le prefiero a los demás. Los segundos se vuelven de un material denso y pegajoso dentro de los ascensores, como el aire que se respira y las conversaciones cuando se fuerzan. Los números de cada planta se van derritiendo lentamente como las salivas por las gargantas y el aire por la narices. Las bocas suelen permanecer cerradas dentro de los ascensores. Es mucho mejor así. Sólo cualquier tipo de halitosis haría el momento más desargadable todavía. Siento que se me acelera el pulso, y los dedos de las manos se estiran en busca de mi camel dentro del bolsillo de la bata mientras el pulgar derecho practica con la piedra del mechero y la bajada se hace eterna. Por fin las puertas se abren y caras inexpresivas aparecen al otro lado. Camina detrás de mí, muy cerca. Siento que su cuerpo proyecta su sombra sobre el mío. Atravesamos el pasillo de la izquierda. La sala de espera y las dos enormes cristaleras que se abren a mi paso hacia la libertad. Desde que se ha prohibido fumar en los sitios públicos, me siento como una leprosa que solo se puede juntar con otros leprosos en rincones sucios y ocultos en las puertas traseras de los edificios. Apenas hablamos. No hay tiempo que perder. Tenemos que apurarnos si queremos impregnarnos los pulmones de alquitrán y de nicotina en los diez minutos que nos prestan. Apuro las caladas y me concentro en la luz naranja y en el humo que dibuja. A veces siento que es el cigarrillo el que me observa a mí. Me hace algunas preguntas a las que respondo con monosílabos, no me apetece hablar, no con él. Trato de aspirar el paisaje y el aire de la calle que se mezclan con el humo dentro de mis pulmones, en un recorrido por mi sangre, húmedo y espeso, que lleva a cada célula de mi cuerpo el hastío y el mal humor. Solo quiero dormir. Necesito que pase pronto. Quiero dormir una semana y despertar en mi cama, en mi casa, en mi mundo, en mi yo y en la realidad de la que me había vuelto a escapar. Las imágenes van y vienen. Poco a poco soy capaz de discernir lo que he vivido de lo que he creído vivir. Estoy agotada. No tengo fuerzas para seguir huyendo. Para seguir volviendo. Se agota el tiempo, el del cigarro y el de la recuperación. A cada hora que pasa estoy más lúcida y más triste en consecuencia. No quiero estar aquí. Subimos de nuevo a cámara lenta, lentamente y lentamente mis pies caminan de nuevo hacia mi habitación. Algunos compañeros están mirando la tele aunque lleva varios días apagada. La mosca ya no está. Esto me hace feliz por un segundo, si se puede ser feliz aquí encerrado. Las mismas caras, los mismos ojos vacíos. Yo no soy como ellos. Estoy en el sitio equivocado. Me siento en la cama y llaman mi atención las nubes que van a toda prisa en esta tarde de Mayo en la que todo lo demás ocurre tan despacio. Ojalá nos traigan pronto la cena para tener algo que hacer. Aquí todo es silencio, y cuando se rompe se convierte en un grito desesperado por huir de nuevo al silencio. No me gusta mi pijama pero no puedo tener mi ropa puesta. Los pijamas aquí son de color nada. Esta vez no tengo las muñecas doloridas. Eso es buena señal. Sin embargo me duele la espalda de estar tumbada del mismo lado, pero si me giro para aliviar el dolor, duelen los ojos de mirar la puerta entreabierta del baño y contar los azulejos blanquecinos y aburridos que se quieren asomar. He debido de dormirme contando. Mejor. Ojalá hayan pasado muchas horas. Me siento un poco desorientada por la falta de luz. Vuelve con un vaso de agua y mi pastilla. Le pregunto la hora. -Es muy tarde- me dice, -te has quedado dormida y no hemos querido despertarte. Se te veía tan agusto. Si fuera capaz le hubiera sonreído. Lo intento mentalmente pero no noto el movimiento de ningún gesto en mi cara. Me tomo la pastilla con el agua que ha traído y le digo que tengo hambre. Lleva una chocolatina en el bolsillo y me la da. Dice que tiene más y que también tiene un yogur. Acepto de buena gana la invitación aunque me sabe a poco, como sentada en la cama mientras él habla. Habla despacio, tal y como se mueve y me dice cosas sin sentido y otras que parecen menos absurdas aunque tampoco consigo enlazar dentro de mi cabeza. Creo que está preocupado por mí de alguna manera que no consigo entender. Sigo teniendo sueño. Me da las buenas noches y me arropa como a  una niña pequeña. Me tumbo en posición fetal, dando la espalda al baño. Siento su mano que aprieta con firme ternura mi hombro izquierdo. Es el único gesto amable que he recibido en una semana. Una lágrima se escurre de mi ojo derecho hasta la almohada y solo quiero volver a dormir.

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Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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