Voto de silencio

No conozco a nadie a quien le salga peor el café. Aún así, insisto. Algunas mañanas, que  no todas ( porque sería un grave caso de masoquismo que tendría que consultar con algún especialista), pongo la cafetera con la descafeinada esperanza de que salga bueno.  Me acompañan en esta mañana a medio solear Satie y Yo-Yo Ma,  que se conocen en persona desde que yo misma les  obligué a compartir playlist. Parece que quiere hacer acto de presencia el aroma que llega desde la cocina mientras yo me dejo atar de las cuerdas de uno y otro (a las cuerdas del piano me refiero, para los quisquillosos) y me regalo al exclusivo placer del sentido de escuchar. Son tan pocas las veces que escuchamos.

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Cómo agradezco los días de hogareña reclusión y voto de silencio. Qué manera de contaminar el aire tenemos los humanos. Si fuéramos capaces de emitir algún sonido similar al de los pájaros que se vienen arriba escuchando esta música queriendo acompañar en su armonía. Qué bellos los sonidos que somos capaces de volcar al mundo con los instrumentos y qué torpes las bocas que ensucian los oídos. Si pudiera al menos desabrocharme las orejas en presencia de algunos pretenciosos engreídos a los que alguien, en su niñez, engañó cruelmente haciéndoles creer que eran importantes; ayudándoles en su crecimiento a decrecer como personas, convenciéndoles de que lo que decían tenía algún  sentido. Pobrecillos. Cuánto daño les hicieron en su infancia.

 

Cuánto agradecerían las generaciones venideras que en estos tiempos nuestros enseñásemos a nuestros pequeños a escuchar. No a escuchar a otros humanos igual de estúpidos e inútiles. A escuchar el mar, a escuchar el viento, a escuchar lo que tiene que decirnos la paloma que se acerca, tan comunicativa, al banco de ese parque o a los gatos recelosos, o al perro del vecino en vez de  a él, o las nubes, tan discretas ellas o a las hojas de los árboles… Si frotando mi taza de café obtuviera un poder mágico; pediría enmudecer a los que hablan tanto que no saben lo que dicen. Pediría un esparadrapo invisible que sellara los labios de aquellos que nos agreden con su verborrea  para dejar reposar a mis pobres orejas de su basura auditiva. Una vez alguien me dijo: “No hay peor sordo que el que no quiere escuchar”  a lo que yo le contesté: “ No hay peor sordo que el que no para de hablar por deleitarse con su propia voz” Ahora, cuando nos encontramos, nos saludamos corta y cortésmente que es suficiente a mi modo de entender.

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Este café no tiene arreglo y Shuman se nos ha unido.

Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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Una respuesta a Voto de silencio

  1. gemagl dijo:

    Gracias, Mar. Yo también echo de menos ese esparadrapo de vez en cuando

    Me gusta

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