Balcón de Calatrava

Cuando despierto aquí, no puedo remediar acordarme de Van Gogh.

Si él hubiera conocido este sitio; seguramente no se habría cortado la oreja. Podría disfrutar de ser el primero en levantarse, en salir al maravilloso y desproporcionado balcón de piedra que rodea toda la casa y saludar antes que nadie al sol que amarillea detrás de los volcanes anunciando la rotundidad de un día esplendoroso. Disfrutaría de las audiciones para el coro de la ópera con las que cada mañana me complacen sopranos y tenores, bajos y contraltos que se apresuran afanosos, vocalizando alocados y nerviosos, yendo de rama en rama en un alarde de virtuosismo que se mezcla en su vuelo de piruetas imposibles por encima de las copas de los árboles y de los pentagramas, con las notas imposibles y afinadas lanzando al aire de la mañana melodías y armonías que al propio Mozart le serían imposibles de componer.

Cuando despierto aquí, se me ocurre pensar, que él también hubiera disfrutado del Patchwork que se hilvana en puntadas infinitas hasta donde la línea del horizonte ya no deja mirar más. No parece, si no que el paisaje ya estuviera trazado de antemano con un lápiz invisible que en el aire y desde aquí, alguien más grande que nosotros algún día dibujó. Desde arriba, distingo kilómetros de vida alrededor, organizada como las paletas que ordenan mágicamente los coloretes en las perfumerías; desde los más claros a los más tostados. Desde estas privilegiadas vistas, distingo caminos que se abren en todas direcciones. Caminos secretos que sólo se encuentran entre los olivos al echarse a andar. Olivos que lucen recios y musculosos mostrando sus bíceps al sol que los broncea y da sabor. Caminos, que como si de un cortejo nupcial se tratase, delimitan margaritas que se estiran como pueden tras su clase de ballet, compitiendo en hermosura con las insolentes amapolas que se saben las protagonistas. Las amapolas siempre se me han antojado besos que nos tira el campo.

En lo alto de esta colina, los chopos se dejan llevar por la batuta que en su  allegro moderato dirige el aire que acompaña en su actuación a las aspirantes a Prima Donna . Las lilas me regalan sin pedirlo su perfume mientras la vista se me pierde por encima del portátil, tratando de explicar sin éxito lo que los ojos ven y el alma ensancha, pero las letras del teclado y mi torpeza no saben describir. Por encima de estos campos, alguien se entretuvo en decorar con un bote de nata imaginario un cielo de un azul que insulta al propio mar que tanto añoro y que se me hace ahora innecesario. Mar inverso, mar reverso. Mar de techo y olas de nata montada, montadas sobre mi cabeza surfeando estos campos de Castilla. Hay un almendro deprimido en el camino. Doblado en su espinazo, no del peso de los frutos que ya verdean como felpa, no. Doblado de triste que se encuentra, por estas cosas de la polinización y del destino. Mientras sus paisanos lucen alineados en su espacio, éste parece fuera de onda y aburrido. Son cosas que pasan.

Me recuerda esta tierra roja, a mi amada tierra roja de Marrakech. Tan lejos. Tan cerca. Tan distinta. Tan igual. Si se repiten los colores en el mundo… ¿ No será que insiste terca en recordarnos que son los mismos colores, porque es la misma tierra? Las hormigas y los topos, redecoran, como ikea, con encajes los bordes del camino, para que luzcan repulidos como embozos en sábanas de abuela cuando moza. Me ha sorprendido al paso una perdiz muy preocupada en darme esquinzado a la que por no perturbar en su paseo no he seguido y ayer aprendí a reconocer un espárrago triguero de campo de los de Al Campo. Mientras el mejor director de fotografía iluminaba con luces imposibles los verdes claro oscuros de cada figurante y el departamento de estilismo se ocupaba de que cada rama y cada hoja estuviera en su lugar.

Me siento aquí, como el lazo de un regalo que mantiene atado en su papel de celofán todo lo que le rodea, si es que la naturaleza y la belleza pudiesen comprimirse en un paquete.

Todo está aquí y ahora y está vivo al rededor. Delante de mis ojos en este momento mientras lo escribo, reescribo y no consigo. Si Van Gogh hubiera estado aquí, seguramente no se habría cortado la oreja. Podría escuchar así las risas alocadas de los niños que adornan si se puede adornar tanta belleza. Las risas de los juegos, de los chicos y chicas que en una experiencia primera, única y posiblemente irrepetible, se llevan junto a la ropa sucia de vuelta en sus mochilas, momentos divertidos que jamás olvidarán; y quién sabe si quizá algún beso atropellado en medio de la noche y bajo un cielo que les mantendrá el secreto de por vida. Se irán y vendrán otros. Otros con otras risas diferentes de otros sitios distintos que a mí me suenan todas ellas a vidas que se empiezan y que se pintan de colores verdes y azules como estos campos por labrar, como estos cielos en los que volar.

Para los que hacen posible que la estancia de tantos chavales sea tan feliz y la mía mucho mayor: Mehdi, Carlos, Óscar,Laura, Helena y Lourdes.

Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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Una respuesta a Balcón de Calatrava

  1. yreneyuhmi dijo:

    Qué lugar tan Bello…ciertamente Van Gogh no se habría cortado la oreja, no habría sufrido quizás lo que sufrió, o lo habría llevado mejor e incluso creado más…porque es un lugar que parece perfecto para crear…! Hermosa metáfora la de las amapolas, me encanta como escribes..! Gracias por hacerlo, cura el alma! Un beso!

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