Chellah

No me había parado a pensar si quería besarle. Ni siquiera me había parado a pensar si él querría besarme a mí.  Nos habíamos conocido tan solo unas pocas horas antes y no habíamos dejado de charlar y de reírnos en toda la noche. Y ahora tenía sus enormes manos sujetándome  por la nuca mientras me besaba tan despacito y tan suavemente que sólo de acordarme se me pone cara de película en blanco y negro.

Ha dejado de llover pero sigue estando gris. Aquella noche sin embargo hacía calor. Hacía calor de Agosto, de playa y de vacaciones divertidas con mi mejor amiga. Nuestros recién estrenados amigos habían quedado en recogernos en el hall de nuestro hotel y en llevarnos a cenar a una terraza en la playa, de esas que ya no quedan. No estaba lejos, solo un paseo muy agradable a esas horas nocturnas en las que la vida vuelve a las calles y las luces y los colores de las bombillas de los locales anuncian que todo está por descubrir. Antes decidieron que nos llevarían a tomar un vino frío en una terraza maravillosa, donde las palmeras se reflejaban en el agua de la enorme piscina central y una música agradable era la banda sonora de que algo  bueno  estaba por acontecer. Lo estábamos pasando tan bien…Es tan fácil recordar el recorrido el vino blanco mojando los labios, entrando en la boca, refrescando el paladar, la lengua, las paredes y sentirlo luego deslizarse suavemente en la garganta, iluminando los ojos y curvando las sonrisas a su paso, animando la conversación y las ganas de vivir.

Teníamos tiempo de sobra antes de ir a cenar. No habían reservado mesa. Allí no hacían reserva, nos dijeron que siempre estaba lleno. Después entendí por qué y también me alegré. Contradiciendo mi costumbre de no esperar en ningún restaurante, me dejé llevar y disfrutar en la barra, rodeada de árboles que se habían negado a arrancar y que no sólo formaban parte de la decoración, si no que eran unos invitados más, mientras me contaban la historia del local y su dueño que me pareció la mejor idea del mundo. Abrir un restaurante para cenar con tus amigos y tu familia en la arena de la playa mientras los músicos tocan para ti cantes como cantes. Me gustó su forma de enfocar la vida. De hacer de su trabajo su pasión y de su pasión su trabajo. No todo el mundo tiene la misma suerte. Estaba fascinada por todo lo que veía alrededor, por el bullicio alegre de la gente, por los músicos en el escenario tocando para que el dueño micrófono en mano y nieta en las rodillas se deleitara a sí mismo y a los amigos y familiares que le saludaban desde la mesa más cercana. Sinceramente no creo que le importase mucho si nos gustaba o no a los demás, nieta y abuelo parecían estar encantados entonando una canción francesa conocida, pero que ahora no soy capaz de recordar. Era tan fácil ser feliz en aquel sitio junto a mi amiga y nuestros nuevos amigos. Era tan fácil estar allí.  Nos habíamos conocido en el avión, por culpa de esas tontas conversaciones de dos minutos en los que uno está sentado justo con el compañero del otro y se pretenden intercambiar los asientos. Cuando bajamos, yo me quedé cambiando moneda en el aeropuerto y mi querida y fumadora amiga me esperaría fuera. Al salir, me encontré a los tres intercambiando humo de cigarrillos que acabé tragándome el resto del viaje. Yo no soy fumadora pero cuando viajas a un país donde está permitido, me imagino que para los fumadores debe de ser lo más parecido a viajar al paraíso, y ya que casi todo nuestro día a día transcurriría al aire libre, no iba a ponerme pesada. Que sé que a veces me pongo.  Hacía calor y recuerdo que las dos sin ponernos de acuerdo y tras la ducha nos recogimos el pelo en un moño estirado para mantenerlo mojado. Recuerdo que ella llevaba unos pantalones anchos y vaporosos y una camiseta gris, yo había escogido mi chilaba negra.  Nada me hace sentirme más cómoda en una noche calurosa que una chilaba de tela suave y fresca.  Mientras nuestro amigo español, negociaba la espera de una mesa libre con el maître, en la barra de los árboles, el vino y las risas parecían bailar con los cuatro. Dos hombres alegres y maravillosos, uno paisano nuestro y el otro natural de allí. Nunca me alegraré lo bastante de no tener prejuicios a la hora de conocer a nadie. Me dejo llevar por mi instinto y fue el instinto de los cuatro el que nos invitó a compartir taxi desde el aeropuerto al centro (costumbre de lo más  normal en Marruecos y que yo ya conocía por mis viajes anteriores) Ahora quería llevar a mi amiga a la tierra que tanto me gustaba y donde me sentía tan libre y feliz. A mi querido Marruecos donde soy capaz de volver con tan solo abrir el armario de mi cocina donde guardo mis más adorados tesoros que son sus especias y aromas. Resulta que no sólo éramos vecinos de asiento en el vuelo si no que además éramos vecinos en nuestros destinos. Uno de ellos llevaba cuatro años trabajando allí y justo volvían de sus vacaciones en Mallorca, con parada en  Madrid, por suerte y feliz coincidencia para los cuatro.

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Cuando por fin nos dieron mesa teníamos tanto hambre que en breve maravillosos pescados empezaron a desfilar en bandejas por nuestra mesa, delicias del mismo mar compartidas con extraños a los que hemos acabado adorando, como aquel vino helado y semidulce del que era tan fácil dejarse llevar.

 

Incluso acabé cantando un bolero con la orquesta de aquel señor encantador que la cedía a cualquiera al que le gustase la música y se atreviese a usurparle el puesto. He de reconocer que el suave líquido tuvo algo de culpa. Cuando la cena estaba más animada y más descontrolada de lo que seguramente en otro sitio hubiéramos tenido que controlar se abrieron paso entre las mesas dos hombres enormes, atractivos, muy bien vestidos. Uno muy moreno de piel, he de reconocer que el otro llamó más mi atención, aunque parecía el más callado y el más discreto de los dos. Seguramente por eso. Con paso firme y una sonrisa que eclipsaba a la mismísima luna llena se acercaron a nuestra mesa y ni siquiera fui capaz de escuchar lo que decían a mi amigo, porque los decibelios iban en aumento directamente proporcional a las botellas consumidas por todo el restaurante en general.  Sin perder la sonrisa con la que ya había amanecido y que a medida en que avanzaba la velada  estaba más curvada, de repente me vi entre los dos maromos, que amarrados a la cintura de mi amiga y la mía posaban encantados mientras nuestros queridos compañeros de cena nos hacían una fotografía. Todo pasó rapidísimo. Las presentaciones, las sonrisas, las educadas disculpas por si nos habían podido molestar y las despedidas. Ni siquiera entendí bien sus nombres y cuando me quise dar cuenta habían desaparecido de la misma manera en que aparecieron y me encontraba con un calamar delicioso pinchado en el tenedor y comentado entre risas lo monos que eran, para acto seguido seguir con nuestra conversación. Siguió el vino rodando alrededor de las cuatro copas y las risas, siguieron las delicias que iban llegando a nuestra mesa y las risas  y siguieron los postres que sólo si has estado allí podrás sentir en la memoria del paladar como un sueño de almendra y pistacho y miel que se funde en la boca y hojaldre que cruje bajo la suave mordida que teme tragarlo por no perderlo y más risas.

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Y entre risa y risa, de repente volví a verle. Esta vez solo, sentado en la barra. Con su camisa blanca remangada  hasta el antebrazo y esa boca enorme de labios carnosos que invitaban a compartir el postre, saboreando lentamente una cerveza. Por mi situación en la mesa, era la única que podía verle. Seguí con nuestra conversación, haciéndome la que no le veía,  pero en cuanto mis ojos se escapaban sin remedio y enfocaban detrás de mi amiga,  a unos doce  metros de distancia estaba el maromo de la foto sin su amigo e interlocutor, clavando los ojos en una servidora que de repente no sabía dónde meterse. En nuestra animada conversación, mis ojos le focalizaron tres veces más . Era tal la insolencia de su mirada y al mismo tiempo tan dulce. Sus ojos solo decían: “Estoy aquí. He vuelto no sé por qué pero no te puedo dejar de mirar”. Sé reconocer esa mirada y sé reconocer lo que siento cuando mi instinto me habla y me lleva de la mano por buen camino. Y debió de ser mi instinto quien le habló ante la cara de asombro de mis amigos que no le habían visto. Debió de ser mi instinto quien le hizo un gesto con la mano para que se acercara mientras le dijo en voz alta para que lo oyera “No me has enseñado la foto” De repente apareció una sonrisa nueva dibujada en la cara, no una sonrisa de seductor o seducido, una sonrisa que no soy capaz de describir. Se acercó a la mesa, se puso en cuclillas para enseñarme la foto y le dije que cogiera una silla y que se sentara en nuestra mesa. Todo siguió fluyendo como si siempre hubiera estado con nosotros. Como si de ante mano formara parte de aquel extraño grupo que se había conocido tan solo unos días antes. Y acabamos pasando los cinco el fin de semana en Chefchaouen. Esa sonrisa, es seguramente la sonrisa que da la paz y la felicidad de haberse reconocido entre un montón de gente, da igual en qué parte del mundo estés o de dónde seas. Es la sonrisa que me pone cuando nos acostamos al llegar la noche y es la sonrisa con la que quiero despertarme.

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Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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