La chica más dulce

Sólo los vendían en aquella tienda. Cuando se me acababan volvía a por más. Ella los cogía con una pequeña pala de plástico blanco que hundía en la montaña gigante de plata y azul. Algunos querían escapar, pero ella insistía y atacaba de nuevo con su herramienta y caían al fin, organizando un chisporroteo dentro de la bolsa transparente que en un malabar hacía girar en el aire sobre sí misma y anudaba mágicamente. Mientras los pesaba, yo saboreaba uno que me había regalado. Se derramaban lentamente encima de la lengua y caían chorros de saliva dulce a ambos lados como un río que se desbordaba dentro de la boca.

 

Algunas veces se quedaban atrapados en el paladar y los apretaba aún más para que no se escaparan y el aire caliente que lanzaba al fondo de la nariz me llegaba hasta el cerebro y me sabían los pensamientos igual que los caramelos. Como ahora. Pero ésta no es la chica.

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Un día fui a por más y ella no estaba. Habían echado el cierre y arrancado el rótulo. Volví muchas más veces y nada. Hasta que me cansé de ir, aunque tarde muchos años en cansarme. Hace poco pasé por delante y estaba abierto. Al día siguiente volví para darme de baja de esa compañía. Se habían metido allí a vender teléfonos y después no he vuelto más. Ni siquiera se despidió. No sé qué habrá sido de esa chica. Ésta no es. Empieza a hacer frío aquí. Hay sangre por todas partes

 

Me había puesto malo de nuevo y no había ido al colegio. Esta vez no sé si me dolía la garganta de verdad o me lo había inventado para quedarme en casa con ella. Ponía la radio y cantaba y cantaba. Iba y venía de un lado a otro muy ocupada. Es que siempre tenía mucho que hacer. Cuando pasaba por mi lado, de vez en cuando me ponía la mano en la frente y me daba un beso en medio de las ideas y luego decía: ¡Tú ya no tienes fiebre! – y me sonreía y seguía corre que te corre de acá para allá, ahora con ropa limpia, luego con el cristal. Como no podía dejarme solo me puso muy abrigado y la acompañé a los sitios secretos donde ella iba cuando me dejaba en el colegio. Yo andaba más despacio pero intentaba llevar su paso. Fuimos a por el pan, a por la fruta, a por el pescado…y resultó ser verdad que tenía siempre mucho que hacer. Fuimos echando todo en el carro de la compra. Yo ayudé mucho. Me porté tan bien que paramos a desayunar otra vez en el bar de Antonio que me regaló un churro que no me pude tragar porque me dolía al pasar por la garganta.

 

De camino a casa entramos allí, donde la chica, y me compró una bolsa grande para cuando estuviera bueno. Y del escaparate apareció un camión rojo que se me puso en las manos a la vez que una sonrisa que me curó las anginas. Voy a buscar una manta para echarle por encima.

 

Cuando me las arrancaron, se terminó volver a quedarme en casa con ella. Había sangre por todas partes. Tenía mucho miedo y las manos atadas a la espalda con una enorme sábana blanca y no me podía mover. No sé para qué me ataron. No me hubiera podido escapar. El más alto me metió unas tijeras en la boca y sentí que tiraba con fuerza de esas bolas de esponja roja que me escondían la campanilla. No podía hablar. Me ahogaba en un líquido espeso y templado y a todo el mundo le daba igual. Las lágrimas se mezclaron con los mocos y las babas y la sangre y me quería ir de allí. Pero estaba atado y a nadie le importó. Y todo cambió de color. Yo siempre me había portado bien. Pero ella me dejó allí solo con todos esos extraños que tiraron mis anginas a un cubo de metal y no me pidieron perdón.

 

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Me llevó en brazos hasta el coche aunque ya pesaba mucho y luego del coche a la cama y allí seguí llorando hasta que me quedé dormido. Todos vinieron a verme y me trajeron regalos y comía muchos polos, pero ya nunca más me quise quedar en casa con ella. Prefería ir al colegio aunque me doliera la tripa o me rompiera un brazo.

 

Se está haciendo tarde y a ésta tampoco le gustan los caramelos. Ya sé que no son los mismos, pero es que sólo los vendían allí. Éstos son parecidos, los más parecidos que he conseguido encontrar. No ha probado uno si quiera, se lo he puesto dentro de la boca y nada. Se parece un poco a la chica más dulce. Más que las otras. Ojalá hubiera estado allí. Ella no les habría dejado hacerme daño y llenarme de sangre. Me saludaba desde el cristal o se asomaba a la puerta y me daba uno -Para que se te haga más dulce el camino al colegio- decía. Y luego se metía otra vez entre montañas y montañas de papeles de colores y juguetes.

 

Tiene los ojos abiertos, muy grandes. Tengo que limpiar todo esto. Le he echado una manta por encima, una que llevaba en el coche y me he quedado un rato aquí hablando con ella, pero ya no se mueve. No saben igual, aunque también se deshacen muy lentamente en la boca, como los otros. Yo también sangraba mucho y nadie me dio caramelos.

 

No sé por qué han venido a buscarme. Esta vez no me han atado las manos con una sábana grande, me las han atado con unas esposas. Da igual. Tampoco pensaba escaparme.

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Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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