Asuntos Propios

Habíamos quedado  en encontrarnos allí. Yo me había levantado con un once muy marcado entre las cejas. Inequívoca señal de haber pasado mala noche. De haber querido sujetar entre la frente algún recuerdo bueno al que aferrarme. Ninguno. Una bruma me humedecía el cerebro y no podía pensar con claridad. Me pesaba la lengua dentro de la boca, la sentía anestesiada todavía por el vino de la noche anterior y tenía sed. Sed pegajosa de la que el agua no apaga. Me estorbaban los dedos en las manos para abrir la cafetera y poner la tostadora. Sólo tenía ganas de dar media vuelta y volverme a la cama pero no podía hacerlo aunque la difunta bien lo hubiera hecho sin ponerse colorada. A la difunta, todo lo que fuera hacer algo por los demás o estar donde había que estar en los momentos difíciles se la traía al pairo. La difunta hubiera pasado con gusto de ir a su propio funeral,  porque de no estar muerta, seguramente tendría otras cosas mejor que hacer que ver a una panda de bultos sospechosos, como nos hubiera llamado, lloriqueando delante de su féretro, tratando de recordar algún momento agradable para comentar.  Tiene que haber alguno, al menos uno… El agua salía hoy mucho más caliente que otros días. Lo necesitaba. Necesitaba  borrarme  de la piel la sensación de desamparo, de cuando se te va la luz en lo mejor de la película, o  de cuando se avería el coche en una carretera secundaria de noche y sin teléfono. Casi me quemaba de placer y entre el vapor distinguía los números rojos de la radio reloj que me decían que saliera, mientras el gel y la pereza me pedían lo contrario:-No salgas, va a ser un día muy largo-. Tampoco ella hubiera salido de la ducha.

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Morirse ahora. Morir así.

Mejor el pelo suelto. La melena y las gafas de sol me convencieron de que así podría esconderme. Esconder las lágrimas que asomaran, no por su pérdida, sino por no haberla perdido antes. O por no haberla tenido nunca. Ojalá hubiera llovido. Ojalá hubiera amanecido un día de esos de mercurio en los que uno se mueve a cámara lenta y se puede acurrucar bajo el abrigo y el paraguas, pero no. Se había querido despedir con un sol de invierno de los reservados sólo para bodas y bautizos. Un día de sol cruel, de los que insultan, de los que dan sólo una tregua, de los que te recuerdan que aún quedan muchas bufandas y muchos charcos y muchos jerséis de cuello vuelto y muchas tardes que se acaban cuando en verano ni siquiera han empezado.

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No llevaba la cuenta de las vueltas que había dado a esta  guardería de difuntos buscando un sitio cuando un tipo mal encarado, que seguramente en otras circunstancias y con una vida más fácil podría haber sido un señor encantador, me señaló un hueco para  meter el coche. Tampoco llevaba monedas suficientes para devolverle a un hombre su dignidad, así que me sentí culpable de darle sólo un euro y se lo puse en la mano sucia sintiendo con vergüenza que mi conciencia estaba igual.

Sala ocho. A nadie le importa el de la sala de al lado. Es curioso, entre susurros, las voces graves siempre sobresalen. Algunas caras conocidas y otras no, me fueron abrieron paso hasta que la tuve delante. No quería mirar y mis ojos se clavaron en los suyos cerrados. Parecía tan conforme. Creo que me intuyó y cambió de gesto. Ahora debía de estar pensando:-Ya está. Eso es todo. Da igual qué haya pasado, aquí termina todo. Aquí terminan nuestras diferencias y las he zanjado yo. Quédate con tus dudas y con todas tus preguntas.

2014-05-13 15.11.24

Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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5 respuestas a Asuntos Propios

  1. Jonathan Robles dijo:

    Hola Mar, me siento identificado con tu relato porque a mí me ha pasado lo que narras hace poco. Mientras lo leía me recordaba lo que sentí en el funeral de mi abuelo.
    Por cierto, te gustó la canción que te dejé?

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  2. Manuel Lorenzo dijo:

    Lo mismo me haces reir que emocionarme… Con el relato del ginecologo me rei muchisimo y con este me has hecho recordar momentos que necesito recordar para nunca olvidar. Gracias, Mar.

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