Amor Daltónico

Me atraían sus aristas, su antipática perilla, su forma de despedir a todo el mundo sin darle la oportunidad de presentarse. Le veía por las tardes o por las noches o en el café con churros de alguna mañana de resaca. En realidad le veía a cualquier hora que pasara por allí como a la botella de “La Castellana” que seguro ya bebía poca gente. Primero fueron sus manos grandes y morenas. Soñaba yo ríos de letras corriendo por esas venas que se le transparentaban y palabras que desembocaban a veces en un cuaderno de muelles y otras en un portátil que manejaba peor que la libreta. Tenía una placa de vado permanente en aquella mesa. A primera vista parecía un tipo capaz de arruinarte la vida mientras te corres en él. A segunda también. Le conocía a través de las historias que leía en sus novelas. Me moría de ganas por saber por qué no hacía entrevistas. A lo mejor tenía una de esas voces que aniquila al mito nada más abrir la boca. Esas cosas pasan.

Terminó de escribir algo y levantó la vista. Sus ojos reflejaron el sol de la ventana. Le hubiera hecho allí mismo el amor hasta la una (es que más tarde me duermo). Me vi como una imbécil delante de su mesa. La bandeja no se estaba quieta pero no se me ocurrió otra forma mejor para acercarme, además un dinero extra me vendría bien. No puso mucho interés en hacer sitio para el café. Para ser mi primer día tuvo suerte de que no se lo tirara encima. En una de sus cejas descubrí que no había traído cucharilla. Cuando volví con ella, ni siquiera había cambiado de expresión. Se me escapó el “gracias” que debió haber dicho él. Los desayunos se me juntaron con los cafés de media tarde y apenas pude echarle un vistazo. Cuando tuve un minuto para despejarme el pelo de la cara y hacerme una coleta había desaparecido y me dolían los pies.

No la había visto antes. Me dio las gracias cuando me trajo la cucharilla. La dejó en el plato junto al azucarillo y conté cuatro tropezones con sillas y mesas hasta la barra. No me costaba nada concentrarme allí. Dejaba el teléfono en casa y no tenía que hablar con nadie. Además, daba la casualidad de que, curiosamente, siempre estaba libre la mesa que me gustaba y se comía bien a cualquier hora . Sin reservas, sin “hemos cerrado la cocina” y esas gilipolleces. No. Definitivamente no. Me hubiera fijado antes. Tenía que ir al cajero y a correos así que aproveché la vuelta para sentarme en la terraza del bar de la acera de enfrente y ver cómo seguía tropezando. No era guapa, sin embargo parecía de esas a las que te gusta abrazar después y no quieres que se vayan. Llevaba unos zapatos que acabarían pasándole factura aunque le hicieran las piernas más largas. Se la veía tan fuera de lugar que me molestó no habérmela inventado antes para alguna de mis novelas. Desde luego como camarera no tenía futuro y con esa coleta como sex symbol tampoco.

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Esta vez no llevé la bandeja y dejé la caña en el posavasos. –Mejor suelto- me dijo en clave de fa y las pecas de mi cara se pusieron a bailar. De camino a la barra mis dientes hicieron un casting para un anuncio de dentífrico y respiré aliviada porque tenía voz de bajo. No era por eso, menos mal. Estaba tan nerviosa que no sabía si volver con panchitos o con aceitunas, así que no volví por temor a echárselas encima. Me temblaban las piernas. Las dos. Terminaba mi turno y al salir del baño con el pelo suelto y más colorete de la cuenta, como comprobé al llegar a casa, miré hacia su rincón y me dedicó un cuarto de sonrisa que me sirvió para inventarme una vida con él hasta el día siguiente.

No recordaba haber quedado con ella, me estaba esperando dentro de una de mis camisetas tumbada en mi sofá. Tengo que recuperar mi llave. También tendré que recuperar mi cabeza porque no era capaz de recordar en qué gin-tonic se la había dado. Estaba cansado. No tenía ganas de compañía y agradecí que después se marchara porque al día siguiente tenía que madrugar. Disfruté viendo la cascada de pelo rubio californiano casi rozándole la cintura, me gustaba más así, de espaldas. Recuerdo la primera vez que le quité lo que ella llamaba bragas y el dorado se esfumó. Las prefiero sin teñir, no me gustan las sorpresas. No se me ocurrió ninguna excusa para que me devolviera la llave y aproveché su ducha para sacarla del bolso sin que se diera cuenta. En cuanto salió por la puerta dejé de hacerme el dormido y me puse a escribir, pero no dejaba de pensar en la camarera que se olvidaba de las cucharillas.

No quería hacerme ilusiones. No quería parecer una loca desesperada. No quería pedirle un autógrafo o hacerle una foto con el móvil. Tampoco quería llevarle uno de sus libros para que me lo dedicara y que pensara que era una fricky. Al fin y al cabo sólo  me había dicho dos palabras. Pero estaba emocionada y con ganas de oír otras dos. Había cuatrocientos ochenta y tres pasos desde mi casa hasta el bar y al acercarme a la puerta, cuatro, tres, dos… empecé a hiperventilar. Uno…y ya. Nada más entrar me sentí súper traicionada. Me até al delantal y a los demás clientes con la esperanza de que en algún momento apareciera. Cuando esperamos algo, algo que no llega, es como si el tiempo nos pasara por dentro como en un reloj de arena que acaba vaciándonos. El resto del verano se me hizo interminable.

Le había prometido a mi editor que no haría lo de siempre, que podría contar conmigo para la presentación del libro en Lima y Santiago, que haría el resto de la promoción y no pondría pegas, pero hubiera preferido ser el negro de alguien y ahorrarme toda esa parafernalia que no iba conmigo. No me acostumbraba a las entrevistas, a las cenas aburridas, a las listas de venta y a las almohadas de ningún hotel.

El cierre estaba echado y pensé que habrían cerrado por vacaciones, así que preferí dar un rodeo innecesario que me ayudara a cansarme aún más antes de volver a casa. Iba a necesitar un par de días para ajustar el sueño. Madrid es el mejor sitio para perderse cuando está vacío. Me gusta oír los camiones de basura volcando los cubos y las mangueras arrancando con sus chorros a presión cualquier indicio de vida distinta a la de la gente ordenada que encuentra cada mañana sus calles nuevas y limpias.

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No volví a verla. El dueño me dijo que la había despedido porque no se concentraba y se le iban las ganancias barriendo cristales. Que la chica le caía bien, pero que le caía mucho mejor cuando sólo era clienta.

Brighton no molaba tanto. No aguanté ni un año anocheciendo a las cinco. El taxista dejó las maletas delante de mi portal y mientras pensaba cómo iba a subir todo aquello me fijé en el escaparate de la librería de al lado. El chico del mostrador me recibió como siempre, con una sonrisa colgando entre las patillas de sus gafas y mientras él pasaba mi tarjeta , me sonrojó leer la dedicatoria de su nuevo libro. “Para La chica que se olvidaba de las cucharillas”

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Acerca de marabascal

La vida es un lugar para quedarse a vivir...
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9 respuestas a Amor Daltónico

  1. Sandra Fernández dijo:

    Genial relato corto! Me recuerda un poco a la novela La mujer de papel, de Guillaume Musso. Me encanta cómo cambias el punto de vista entre ambos narradores, aunque me costó un poco pillarlo… jeje ❤

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  2. Jonathan dijo:

    Buen relato Mar,
    Al leer el relato se me ha venido a la cabeza una canción que le encaja perfectamente, dejo el link.

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  3. Jonathan Robles dijo:

    Genial relato Mar,
    Mientras lo estaba leyendo se me venia a la cabeza una cancion que le encaja perfectamente. Dejo el enlace a continuacion. Sigue asi guapa.

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  4. yreneyuhmi dijo:

    Qué agradable narrativa, qué forma de relatar entretejiendo los monólogos de ambos…y el ritmo, calmo, expectante, como los sentimientos de los dos. Me encanta, gracias Mar por compartirlo! Un beso!

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  5. Nuria Rozas dijo:

    ¡Me en-can-tó!
    Genial relato. Engancha hasta el final.
    Saludos.

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