Gato por liebre

La decepción de volver a un restaurante al que has ido durante años para celebrar con amigos o con tu pareja momentos especiales, a ese típico restaurante al que sabes que puedes recurrir cuando quieres quedar bien con alguien. Lo mismo si son dos o tres personas o un grupo más numeroso porque hay espacio de sobra para que todos se sientan cómodos, al igual que hay una extensa y variada carta en la que sabes que todos van a encontrar algo delicioso que no te va a fallar,  La decepción que sientes cuando vuelves después de un tiempo y nada es igual, no tiene nombre. O al menos, deberían de habérselo cambiado para ir advirtiendo de que ya no es el mismo que solía y ahora duele ser. Uno de esos restaurantes que desde hace un montón de años ha ido ganando fama de ser un sitio donde se come bien en un ambiente agradable y a un precio razonable. Uno de esos restaurantes en los que hace años la gente hacía largas colas para comer o cenar, porque tampoco hacían reservas y siempre estaba lleno. Tengo por norma no hacer cola para nada y menos para comer. Habrá quien se eche las manos a la cabeza. Es su problema. El mío es hacer colas. Así que siempre me he preocupado de ir a horas en las que sabía que no tendría que hacerla y hasta anoche habíamos acertado.

 

Ya me sorprendió que a la hora en que fuimos a cenar hubiese un camarero muy sonriente en la puerta invitándonos a entrar. El mismo camarero al que en todos estos  años jamás  había visto los dientes detrás de una sonrisa, aunque siempre fue muy correcto y eficaz. Que por otro lado, es como debería de ser un camarero. No éstos a los  que solo les falta dar un trago en tu copa para probar el vino personalmente, meterse en lo que eliges o no eliges de la carta, como si tú estuvieras incapacitado para tomar decisiones propias, y no abandonan la mesa con sus chistes y gracietas, sin ser capaces de advertir en tu mirada de huevo duro al cuadrado que ya  no sabes  cómo explicar sin palabras y cortésmente que la única compañía que te apetece esa noche, es curiosamente la de tu acompañante o acompañantes. También tengo la norma de no ponerme borde hasta que no es estrictamente necesario y el interlocutor lo está pidiendo a gritos con su actitud o mala educación.

 

De primeras notamos que el local estaba cambiado, al punto en que la separación entre las mesas era inversamente proporcional al espacio necesario para poder sentarse sin meter el codo o la oreja en la conversación de la mesa del centímetro de  al lado. Pero era un noche en que brillaba el arcoíris en Madrid. Una noche en la que habíamos paseado abrazados por una Gran Vía sin coches, y una noche en la que estábamos encantados con nosotros mismos, con el agradable ambiente que se respiraba por todas partes  y curiosamente cerca.

 

La tercera sorpresa fue, que al entregarnos la carta, la pareja de al lado en un intercambio de sonrisas de poco más de un minuto ya nos advirtiese de que el atún no estaba bueno, aunque se les veía muy felices, sin embargo, compartiendo ensalada y conversación. Yo siempre agradezco esas recomendaciones de la mesa de al lado y más cuando estábamos tan cerca que podíamos haber cenado juntos los cuatro. La camarera nos dio solo una carta y yo le eché un vistazo por encima esperando que no hubiesen retirado lo que sabía  de sobra que iba a pedir, porque cuando una cosa me gusta y me gusta mucho, me gusta repetir.

 

Para no alargar la agonía paso a describir lo que antes fue una de las ensaladas que mejores recuerdos me traían, mal seguidamente llamada de aguacate y queso de cabra: En un plato en que el que un nido central de rúcula y canónigos con un chorrito de aceite que apenas cubría la sequedad de sus hojas, aparecía avergonzado y castigado cortado por la mitad y boca abajo, como pidiendo perdón de antemano UN ÚNICO TOMATE CHERRY estratégica e inútilmente colocado en norte y sur,  luchaban inútilmente tratando  de asomarse dos trozos diminutos de queso de cabra que en mejores tiempos hacían alarde en primer término coronando el plato y el guacamole, por llamarlo de alguna manera, era un pegote diminuto como del tamaño de una cucharilla de café en el este y el oeste de tan desértico entrante. Mi carpaccio de buey, ése del que tanto he hablado y tanto he recomendado y del que había conseguido en estos años hacer un club de fans, fue lo peor: Seco, pegado en el plato, como si llevara toda una jornada sepultado allí, quedaron los bordes adheridos, como recuerdo de este duelo porque no se podían despegar. En el centro, un  grumo de queso en polvo sin esparcir, ya no digo con amor, si no con un poco de profesionalidad por todo el plato, y piñones peleándose por huir del queso en un vano intento de decir que también estaban presentes debajo del queso. El entrecot y cot  al roquefort que pidió él y que en otro tiempo, casi se salía  del plato, parecía haber caído en manos de los Jíbaros. Las patatas fritas se habían adueñado del papel principal haciendo que el trozo de carne y actor principal  pareciera un figurante por detrás y por delante. Pero estábamos tan felices los dos, que hubiéramos cenado un cocido montañés en medio del Sháhara, con la misma sonrisa puesta. Lo importante era la compañía y las miradas y las risas y no quisimos arruinarnos la cena el uno al otro. Mientras la pareja, también feliz de al lado, apartaba un pelo de su pollo y seguían cenando. Estábamos todos como idiotizados y felices. Las dos mesas podíamos haber pedido perfectamente el libro de reclamaciones y montar entre comillas uno de esos numeritos incómodos para todo el mundo, en los que nadie quiere verse involucrado un viernes de arcoíris madrileño, pero sinceramente no era para menos. Pedimos la cuenta, nos trajeron dos veces carta de postres aún diciendo en las dos ocasiones que no tomaríamos postre. No queríamos asistir a otro suicidio colectivo. El de los postres, no lo hubiera soportado.

 

Al salir, nos miramos y en nuestros ojos encontramos lo que no habíamos querido decir con palabras. Hasta que casi a la vez nuestras bocas soltaron: “No volvemos más, qué pena. ¿pero qué ha pasado aquí?”

 

No diré el nombre del restaurante, porque me cuesta mucho trabajo hacer daño. Aunque sí he querido publicar hoy este blog , porque creo que el daño es mayor por no quejarme. Es una tristeza que todo decaiga de esa manera, que la mediocridad llegue a este punto, que por no herir sentimientos no nos quejemos abierta y honestamente. Esta mañana me siento tan engañada y tan culpable por no haberme quejado al encargado, que prometo enviar al restaurante una copia de este blog, para que tomen medidas y vuelva a ser lo que fue. Un sitio agradable donde se comía bien y al que me gustaba volver.

 

Es la primera vez que prefiero no poner fotos…

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y si no, las dejas…

He metido las flores en una tetera. No tengo jarrón y esta tetera no la uso para hacer té. Para tal fin, ahora utilizo otras dos. Una, recuerdo de Marrakech que mi amiga Maca me trajo  hace años y otra que me regaló mi buen amigo César. Es de esas japonesas de hierro fundido que pesa un montón, pero me recuerda a él y a todos los tés y conversaciones que hemos compartido antes de entrar a hacer nuestras funciones y me encanta. Las flores me las ha regalado mi amigo Bart en el estreno de mi última función. Llegaron a mi camerino con una nota en la que ponía “Topoooooo mucha mierda” entre otras cosas hermosas. Unas flores en el camerino con tanto cariño en la tinta de su nota siempre animan. Las palabras adquieren un significado completamente distinto dependiendo de quién y cómo las diga. Un topo es un bicho bastante feo, de hecho detesto con pasión a los roedores, pero Topo para nosotros es algo más. Es muchas giras y muchas funciones compartidas, y muchas risas dentro y fuera del escenario y muchos vinitos y tapas después del teatro y muchos abrazos y muchos besos y muchas confidencias contadas y anécdotas vividas.  Son unas flores de color violeta de tres tonos distintos. Se entrometen algunas blancas, pretendiendo dar un toque de luz. Son flores silvestres como él. Como yo.  De fondo una sonata para piano “sad song for you” Sí … ya sé que no es muy alegre pero hoy me he levantado con el día tonto, de esos días en los que una está más sensible a todo.

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Se cuela el sol por la ventana de la cocina y en la ventana del salón solo distingo árboles y más árboles. Me considero una suertuda por ver tantos árboles siempre alrededor.

Huele a lentejas…es mi forma de decirle a mi amor que le quiero y que hoy he preparado algo especial. Se muere por mis lentejas. Las hago solo por ver la luz de sus ojos brillar más de la cuenta. ¿Algo especial unas lentejas? Qué estupidez ¿verdad? Lentejas…algo tan simple y tan hermoso a la vez. Volvemos a las palabras y a lo que significan para nosotros.  Yo las hago con la receta árabe. Solo con verdura y utilizando de especias: pimienta negra, jengibre y canela. Ay la canela…ay la canela y los árabes. Y los árabes y la canela… Todo me sabe a canela…Como sus ojos…Como sus besos…

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Tengo que moverlas o se pegarán…

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Le Grand Bleu

Estamos programados para aceptar que nos vaya mal. Nos enseñan a conformarnos, a resistir, a superar las desgracias, a dar gracias a dios porque podría haber sido mucho peor. Nos educan en los “ y si…“ y en los “ por lo menos…“ pero nadie nos prepara para que nos vaya bien. No sabemos enfrentarnos a la “trabasuerte“ trabajo y suerte. No nos educan para no sentirnos culpables cuando podemos disfrutar de los regalos que nos trae la vida. Supongo, aunque no se trata de echarle las culpas a nadie, que la religión tiene mucho que ver con eso. Una religión mal entendida que nos hace ponernos de rodillas si nos sonríe un poco la vida y esperar que a la vuelta de la esquina aparezca un dios castigador a atizarnos donde más nos duela. Porque si nos va bien, es porque algo malo habremos hecho. Es curiosa esta forma de pensar que no conozco en ningún otro ciudadano del mundo salvo en los españolitos de a pie, que somos unos pocos….millones. Nos queda tanto que aprender. Dios se asustaría si supiese el concepto que nos han hecho tener de él. Lo mejor para que los demás te perdonen es decir que vas tirando. Pero tirando de qué, tirando de dónde…


 

Tirando de la vida y del trabajo, de las responsabilidades y del no rendirte jamás. Tirando del NO cuando te dicen NO, y tirando de ti para no quedarte en casa lamentándote porque el papel se lo dieron a otra. Tirando de tus sueños, soñando que si no es en esta ocasión, lo será en la siguiente. Y mientras llega ese momento, siempre hay tareas por hacer, cursos que recibir, mil cosas que mejorar y que aprender, y muchas cervezas y menús que servir o inciensos o pantalones que vender. Y tirando del SI cuando la ocasión lo merece y se valora lo que haces. Y el esfuerzo y la recompensa, compensan las noches de insomnio mientras sueñas y no dejas de soñar y de creer.

 

Nunca he abandonado mis sueños. No he sido muy consciente de ello hasta ahora. Pero hoy me doy cuenta de que siempre estuvieron ahí. Siempre llevé de la mano a la pequeña pecosa que se perdía con facilidad porque andaba distraída mirando las luces, o los pájaros o las flores o cualquier otra cosa viva que se cruzase en el camino sin darle importancia a otras mucho más relevantes a los ojos de los adultos pero no a los míos. Y hoy me gusta echar la vista atrás y comprobar que nada ha cambiado. Que lo que siempre tuvo valor no ha dejado de tenerlo. Que gracias, es la primera palabra que amanece en mis labios cuando me despierto. Que me sigue emocionando una nube o una flor inesperada en el camino o un olor a romero o a lavanda mientras atravesamos los jardines de Le Grand Bleu para llegar a mi café y a tu Ricard y que me llenas de vida y de paz con un abrazo repentino desde esta ventana que compartimos mirando al mar y al mundo agradecidos.


 

 

 

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De Legazpi a Sol

No estoy preparada para ser sincera. No soy capaz de inventar ninguna historia que nada tenga que ver conmigo y no quiero dibujar sobre el papel mis sentimientos. A mí no me resulta fácil escribir. Me parece una labor dificilísima inventar vidas y situaciones. No soy capaz. No lo veo claro hoy, debería dejar de escribir en este mismo momento. Ojalá se me ocurriera algo que contar. Pero no me viene ninguna inspiración. A veces en el metro sí se me ocurren historias. Pero es que en el metro no me puedo poner a escribir. Lo primero porque no tengo mi ordenador y lo segundo porque si me pusiera a escribir me perdería todo lo que veo y luego no lo podría contar aquí porque no lo recordaría.

Para poder contar después hay que haberse fijado antes. El metro está lleno de personajes maravillosos que seguramente tienen muchas cosas interesantes que contar. Pero claro no voy a ir por ahí preguntando a la gente si me quiere contar su historia. Hay veces incluso, que en el mismo vagón confluyen varias historias que podrían juntarse y dar origen a cualquier best seller, si dieran con alguien que realmente supiera escribirlas.

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Hace unos días, por ejemplo, en el último vagón de la línea amarilla que va de Legazpi a Sol, se juntaron un tipo de un metro sesenta con una melena hasta debajo de las rodillas (como pude comprobar después al ponerme justo detrás mientras subíamos las escaleras de la salida) una patata disfrazada de señor y una mujer que nos contó una historia terrible que me rizó las pestañas con su aliento a alcohol. El de la melena llevaba un chaleco totalmente desfasado decorado con tantas chapas que no había espacio para ver la tela vaquera. Y una pegatina de esas que se planchan a la ropa en la que se leía “Hijo de puta peligroso” en letras mayúsculas. Cualquiera hubiese pensado que el tipo lo era, porque tenía unas barbas muy largas también, como esas que lucen los motoristas de las películas americanas y que llegan a un pueblo de Texas haciendo ruido y molestando a los vecinos. También parecía el protagonista de una de esas escenas de Tarantino en la que un tarado como él te sirve un café y unos huevos revueltos y luego te pega un tiro y te esconde en el garaje. Pretendía ir de mal encarado. Sin embargo, a mí no me pareció un hijo de puta peligroso con letras mayúsculas. Me pareció que era guitarrista, por la largura de sus uñas sólo en la mano derecha y porque iba embelesado mirando el móvil. Ningún hijo de puta peligroso mira el móvil durante cinco paradas seguidas sin pestañear.

La señora que me rizó las pestañas llamó mi atención antes de entrar al vagón. Mientras esperábamos a que llegara el tren. Estaba apoyada sobre dos muletas. Era una mujer que aparentaba sesenta años aunque apenas pasaría de los cuarenta. Me llamó la atención su rímel corrido y restregado por las mejillas y la maraña de pelo pajizo y mal atado en una coleta de mil gamas de amarillo. El hecho de que pareciera estar hablando sola no me llamó la atención sin embargo. Yo también lo hago. Sobre todo en período de ensayos. Después entendí que ella también estaba repasando el texto. Nos contó con acento del este una historia que hubiera resultado conmovedora de no ser porque, desgraciadamente, uno tiene ya el alma anestesiada de escuchar tantas historias que al principio te ponen los pelos de punta, te compadeces, levantas del suelo a quien corresponda, le das dinero o le compras un café y un bocadillo y después, como me ha pasado tantas veces que no soy capaz de recordar, te sueltan que te lo comas tú, y en ocasiones no con tan buenas palabras y te quedas con cara de imbécil y unos euros de menos que, en el fondo es lo de menos. Me sorprendí a mí misma escuchando con atención la historia que se sujetaba aún menos que ella sobre sus muletas. Me estremeció el hecho de no creerme ni una sola palabra, aunque lamenté muy mucho su situación fuera la que fuera y me paré a pensar por un momento lo desesperante que debía ser estar en su pellejo. Hace mucho tiempo que decidí dejar de sentirme culpable porque hubieran crucificado a Jesucristo. Me pesaba demasiado esa cruz. También me lamenté de que desde nuestros pequeños universos hagamos lo posible por sobrevivir en un mundo que nos muestra su cara más cruel y despiadada y a la vez lo felices que seríamos si tuviéramos tal coche o tal perfume. No quise profundizar más. No me quise preguntar de qué serían las marcas de picaduras que tenía en los brazos. Ni siquiera fui capaz de sacar unas monedas como otras veces. Pocas monedas para demasiada gente pidiendo monedas, demasiado demasiado. Se alejó con su cantinela aprendida o recordada al siguiente vagón y el resto nos quedamos a solas con nuestras conciencias.

A medida que nos acercábamos a Sol, a cada parada, el vagón se iba despejando y de entre los pasajeros, a la altura de las rodillas apareció una patata disfrazada de señor. Era una patata más arrugada que la cara de la tortuga Morla, de la historia interminable. Era una patata del color de las patatas y los ojos azules, muy claros. Llevaba una camisa a juego con sus ojos y el pelo gris cortado al dos. Cepillo militar que destacaba por encima de su cara de patata. ¿Cuántos años tendría? ¿mil? Jamás había visto tantas arrugas en algo que no fuera una ciruela pasa y sin embargo, compartimos durante un segundo una mirada y en ella adiviné que no eran tantos como aparentaba. Mucho sol, mucho alcohol, mucho de mucho en cualquier caso. Estaba sentado en el suelo como un niño cansado ya de andar. No sé cómo eran sus manos porque no podía apartar mi atención de su cara de patata. Era una de esas patatas que se sirven con mojo picón en la tierra de mi buena amiga Mariam, una patata del mismísimo color de la tierra y del barro y de la sequedad de una montaña cuando no llueve en mucho tiempo. Una patata seca que había comprado un billete de metro y viajaba conmigo, en el mismo vagón, hacia quién sabe qué cuento encantado o qué realidad sin encanto. En cuestión de segundos le perdí de vista. Y quedando enterrado como una patata enterrada, desapareció. Se esfumó entre las piernas de los demás pasajeros que lo apartaron de mí y que se afanaban inútilmente delante de la puerta en un absurdo intento por salir los primeros. No volví a verle, subía las escaleras mirando al suelo para no tropezar y alcé la vista descubriendo la larga y enredada melena negra del hijo de puta peligroso que no se había cortado las puntas en los últimos diez años y que le llegaba por debajo de las corvas. De la mujer de las muletas tampoco he vuelto a saber nada.

Si fuera capaz de ahondar más y de ver más allá de lo que se ve a simple vista, seguramente se me ocurriría alguna historia que contar sobre algunas de las extraordinarias personas que viajan con nosotros en el metro cada día.

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Quizá lo haga.

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Semifinal 2010

Casi me como la puerta del baño al salir -¿Qué ha pasado?- Había aprovechado para ir al baño hacía solo un momento. España-Alemania. Fin del primer tiempo y cero goles en el marcador, cuando oí los gritos de Fede en el salón.

Ricardo estaba delante de la tele, tirado en el suelo. Fede con la cara desencajada, intentaba reanimar a nuestro amigo sin éxito -¿Qué ha pasado?

-¡Joder! No lo sé, se estaba metiendo las palomitas a puñados, el cabrón- Decía esto, tratando de incorporar a Ricardo,1,94 y 110 kilos de buen tío- Tenemos que hacer que la eche.

De repente vi cuatro brazos delante de mi cara azarados en darle la vuelta. Fede le cogió por detrás y le rodeó con los suyos como pudo, apretando con fuerza a la altura del esternón. Ricardo era un saco semiinconsciente que iba cambiando de color.

-Dame ese boli_ Mi mano se alargó y obedecí a la vez que contestaba: -¿Qué?. No entendía nada. ¿Para qué quería un boli?

-Busca en el móvil traqueotomía- Repetí el mismo patrón:-¿Qué?- Pero mis manos temblorosas, que a la primera fallaron dejando caer el teléfono, a la segunda ya se habían puesto a buscar.

-Necesitamos un cuchillo- Fede se levantó y volvió de la cocina, con el mismo que antes nos había servido para el embutido-¡¡¡Joder!!!

Me había parecido una idea cojonuda irnos solos al refugio a ver el mundial. Sin novias, sin mujeres, sin críos. Uno para todos y todos para uno desde el parvulario. Fútbol y cervezas para tres. Para los mismos que de pequeños juraron reservarse unos días para disfrutar juntos en todos los mundiales del mundo mundial. Pasara lo que pasara, para el resto de su vida. Para el resto de su vida…

-Limpiar la piel con alcohol. Oye, ¿no sería mejor llamar al 112?- Su cara estaba empapada. Se secó con la camiseta. Con la camiseta de la selección XXL, que le arrancó a Ricardo como pudo. Ya he llamado, mientras estabas en el baño ¿qué te crees?. Pero este hijo de puta no se me va a morir en los brazos mientras llega un helicóptero, estamos a tomar por culo. Pásame a Jose, se refería al Sr. Cuervo, para nosotros, viejo conocido. Creo que tenemos que cortar por aquí, por debajo de la nuez.

-¿Qué?- Estaba empezando a hartarme de no saber decir otra cosa

-Si no vas a leer dame el móvil.

Empecé a dictar:- Aquí pone, cortar dos centímetros por debajo del cartílago cricoides. Incisión vertical y pequeña.

Fede ya estaba clavando la punta del cuchillo en la piel mal afeitada, tenía las manos llenas de sangre y no me pareció que el corte fuera pequeño. Seguí leyendo:- Continuar la incisión hasta llegar a la banda fibrosa  que une los anillos de los cartílagos traqueales 3 y 4.

Sus dedos se hundieron en la tráquea de nuestro amigo, al que, sin poder evitarlo,  ya di por muerto, y desaparecieron dentro de un corte profundo que abrió separando la carne roja, dispuesta en unas capas que yo nunca había visto tan de cerca y que encerraban una especie de gusano articulado blanquecino y rosa, revestido de grasa.

-Penetrar el tubo en el tejido fibroso que separar los cartílagos y dejarlo ahí. No pone nada más

-Separa la carne- ordenó. Mis manos abrieron en canal el cuello blando del tío que se parecía a Ricardo. Fede respiró hondo e hizo su parte sin dudar- Joder, esto está muy duro-Se quejó a la vez que con los dientes, sacó la mina del bic e introdujo muy despacio el plástico transparente en medio de aquella tráquea que se movía y se le escurría de entre las suyas. Yo no sé si entre la 3 y la 4

– Espero que se así. Métete en Youtube.

No sé cuánto tiempo había pasado desde que estaba meando hasta ahora. Pero por mi aspecto parecían haber pasado años. Tras comprobar que Richi había recuperado el color y que el pecho se le movía de arriba abajo como si el aire estuviese entrando de nuevo en sus pulmones, me pude encontrar conmigo en el espejo después de lavarme su sangre y mojarme la cara. Al salir, tropecé con un niño en forma de ovillo que lloraba tembloroso. Levanté a Fede como pude. Junto a él, en el suelo, reconocí algunos trozos de lo que parecía pizza aún sin digerir que se me pegaron a los zapatos. El olor agrio de su aliento me hizo girar la cabeza pero le ayudé a llegar hasta el sofá. Era la primera vez que veía al tipo que se partía la cara con cualquiera que nos pusiera la zancadilla, derrumbarse como un fardo sin consuelo al que apenas le sujetaban las piernas.

Alguien me sacó de aquella pesadilla gritando –“GOOOOOOOOOOOOOOOOOL”

Dentro de la tele, Puyol volaba por el campo con los brazos abiertos celebrando que nuestro amigo estaba vivo mientras yo oía las aspas de otro vuelo. Todo se convirtió en una maraña de imágenes dentro y fuera de mi cabeza. Vi gente entrando y saliendo de la cabaña. Ahora de repente no podíamos estar allí. Esperamos fuera toda una vida de cromos, canicas y bicicletas. Los ojos de Fede se encontraron con los míos al subir al helicóptero-Ha ganado España- le dije.Él me respondió guiñándome una sonrisa. Como siempre.


 

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Cero neuronas

Quería hacerlo. En serio. Me sentaba una y otra vez delante de la pantalla y dejaba caer las manos sobre el teclado como un maestro en su concierto de piano, cuando se coloca en su taburete, estirando los dedos en lo que no dura más de un minuto que se hace eterno y se convierte en uno de esos minutos en en los que puedes escuchar tus propias pulsaciones. Justo cuando todo el mundo ha dejado de toser a la vez y  todas las respiraciones se convierten en una sola, profunda y silenciosa. En algunos de esos conciertos, acompasando mi respiración con todas las demás, he pensado que sería maravilloso que todos nos pusiéramos de acuerdo en muchas otras cosas. No es tan difícil. Es solo cuestión de voluntad. Una voluntad que consiste en sentir al que tienes al lado y de al lado al de al lado y así sucesivamente. Códigos secretos como los que establecen las hormigas. Como los que se establecen en el metro o en los ascensores, o en las toallas de la playa. A nadie se le ocurre quitarse la ropa en la puerta del sol y extender una toalla para tumbarse. No sé lo que pasaría si uno se quitara la ropa en el metro porque hace calor, o caminara en bikini por la gran vía. ¿Quién dicta las normas? ¿Por qué ese aceptan sin más?¿por qué se dan por entendidas y no hay nadie que te diga que eso no se hace porque  todo el mundo sabe que eso no se hace?

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A veces, veo a los hombres hacer jogging sin camiseta y me pregunto si yo podría hacer lo mismo ¿me detendrían? Desconozco si hay alguna ley que prohíba enseñar los pechos femeninos mientras se practica deporte ¿qué es normal y qué no lo es?¿cuándo algo que no es normal pasa a ser normal?¿cuando se repite muchas veces?¿cuando alguien hace algo que no es normal y el resto le imitan hasta convertirlo en normal?

Si un vagón de metro va hasta arriba de gente, te puedes pegar a los demás sin que a nadie le parezca raro. Te puedes pegar a unas distancias milimétricas, te puedes incluso llegar a rozar. Pero ¿y si el vagón fuese casi vacío y alguien se te pegase a esa distancia? Me apetece mucho hacer el experimento.

El metro es un sitio ideal para poner en práctica todo tipo de experimentos que se me pasan por la cabeza. Como por ejemplo el experimento de  dar los buenos días. Tengo que confesar que ese ya lo he puesto en practica sin resultado exitoso por varios motivos. El primero: porque la gran mayoría no está acostumbrada a que le den los buenos días ni a devolver el saludo. Mucho menos en el metro.  Ni si quiera en una cafetería o en el autobús. Estuve haciendo la prueba durante un año entero  sin rendirme. Con uno de los conductores de la línea que va de El Escorial a  Moncloa. Uno que era mayor con el pelo blanco y bigote. Jamás respondió a ninguno de mis saludos. Jamás. Yo ya le daba los buenos días por sentir una especie de malsano placer al comprobar que era el conductor  más mal educado de todos los conductores de autobús. Además no solo no contestaba si no que siempre tenía cara de estar enfadado con todo el mundo. Esto lo hacía mucho más interesante, porque a mí me hace mucha gracia la gente que parece estar enfadada siempre con todo el mundo y no puedo evitar imaginarme por qué lo estarán. En cualquier caso hace dos años que no vivo en  El Escorial, me pregunto si se habrá jubilado. Quizás ahora  dé  los buenos días. Y el segundo por…

Pero sigamos con nuestro asunto. ¿Cuál era…?

Ah, Sí. El misterio del folio en blanco.

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Pues lo dicho, hacía varios días que no se me ocurría nada, que las palabras no venían solas como otras veces, en las que ni siquiera me dejan escribir a mí, si no que bailan ellas solas, quitándome de en medio y tomando las riendas de mi teclado como si yo no estuviera presente. A veces esto también me molesta. ¿quiénes se han creído que son? De un manotazo, me dejan fuera de la mesa y empiezan a escribir lo primero que se les pasa por los dedos sin tenerme en cuenta. Me parecen otras mal educadas. Pero ojalá en este caso hubieran hecho lo mismo, porque de esa manera no me encontraría delante de un folio en blanco y de una pantalla en blanco y de una mente completamente en blanco sin ninguna idea ocurrente y brillante en la cabeza sobre la que poder escribir.

No sé… quizá alguna historia sobre alguna de esas personas que viajan en metro sin dar los buenos días. Una de esas que parece que hace mucho tiempo que no practican la sonrisa, y seguramente con motivos, porque se les ve cansados y tristemente abatidos, sin levantar la vista de la pantalla del móvil.

Algunas veces siento el deseo de abrazar a los desconocidos. He de confesar que lo he hecho varias veces. Una vez abracé a la dueña de un herbolario. Primero le pedí permiso, por supuesto. Iba allí habitualmente, pero nunca establecimos confianza suficiente como para hacer nada parecido. Me parecía una chica muy trabajadora, muy seria y competente. Pero además de eso, yo percibía algo que no puedo explicar. Algo que sentía en el centro del epicentro (como yo lo llamo)  Así que entré a mi sesión de acupuntura (ella alquilaba una habitación a un tipo muy curioso y efectivo en su materia al que no sé por qué hace años que no veo…) Ah sí…porque hace años que no vivo por allí. Bueno pues como estaba contando, me despedí de Mercader, que es como se apellidaba el acupuntor en cuestión, compré alguna cosa más a la salida y antes de marcharme se me escapó de la boca: ¿te puedo dar un abrazo?

Ella se quedó noqueada y  tardó en responder. Me miró como si yo fuese una tarada a la que fuera mejor no llevar la contraria:-Claro-Me dijo.  Se dejó abrazar como un fardo de ropa seca. Yo la rodeé con mis brazos y la atraje hacia mí sin decir nada. A los pocos segundos, mientras yo  respiraba profundamente en silencio y sentía su rigidez sin dejar que su muro invisible pero palpable nos separara. Ella se desmoronó y rompió a llorar como una niña pequeña. Yo sentí que todo su cuerpo en guardia al principio, se vencía y se rendía mostrándose relajado poco a poco y a medida que el llanto fue aflojando su musculatura, yo sentía que su energía fluía con la mía convirtiéndose en una sola.

Estas cosas me pasan a menudo, no sé si por hacer caso de mi instinto o por esa manera de mirar las cosas más allá de mis narices. A veces me trae problemas, muchas veces… pero otras me da muchas satisfacciones. Como en aquella otra ocasión a la que salvé a una chica de ser raptada por una red de trata de blancas que unos días después apareció en las noticias.  Pero en fin… eso lo cuento otro día.

No sé por qué tengo que contar mis intimidades. Aunque es  absolutamente cierto lo que digo. Y todo porque hoy no soy capaz de encontrar un poco de inspiración. Será el calor, que me ha secado la única neurona que me quedaba en funcionamiento. Creo que lo voy a dejar para otro momento y esta semana no voy a ser capaz de publicar nada en mi blog.  Ojalá se me ocurra algo para la semana que viene.

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Ya no tengo edad para cenar con vino. Ni para cenar con este tipo de hombre ¿Cuántos  años tendrá?  Luego paso una noche de perros dando vueltas en la cama, edredón arriba, edredón abajo. No sé si tengo Almax en casa. Espero que sí. Esta salsa me va a sentar como un tiro, lo estoy viendo venir. Por lo menos éste tiene pelo. Tiene pelo y todos los dientes que ya es bastante. El último Adonis tenía más puentes que Venecia. Aquella cita no se la perdonaré a mis hijas.

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Pero en fin…Con eso de que es el padre de una amiga de mi Estela  y de que lleva viudo “el pobre” no sé cuánto tiempo, y de que no levanta cabeza (y por lo que me ha contado, nada más), me he venido arriba en un ataque de Madre Teresa que estoy pagando caro. Primero en el restaurante, escuchando las bondades de “Mercedes, que en gloria esté” como la ha estado llamando toda la noche y luego en una terraza donde hemos seguido viendo fotos de Miss Difunta Perfecta en todas sus versiones (desde su boda en Alicante, pasando por embarazos, Noche Viejas, Vacaciones, Comuniones y Bautizos de hijos y nietos, hasta sus últimos días, en los que a pesar del notable paso de los años y el deterioro que le fue provocando su enfermedad, en ninguna de las fotografías (que muy amablemente le había pasado uno de sus yernos al móvil) aparecía “Mercedes, que en gloria esté” sin una sonrisa dibujada en la cara. Aunque yo percibiera muy en el fondo de sus enormes ojos castaños, un regustillo a conformismo y resignación del ama de casa de aquella época.

Mientras él me contaba lo felices que habían sido en su matrimonio, donde jamás hubo ni un sí ni un no (en su versión de los hechos) yo me imaginaba a “Mercedes que en gloria esté” en su casa planchado camisas y haciendo paellas los domingos. Soñando delante de una taza de café, con su delantal de cuadros puesto, con algún muchacho que habría conocido en algún Agosto de sus años mozos. Uno de ésos que venían de la Capital a pasar el veranero y que después si te he visto no me acuerdo. Y allí se quedó ella con su disco de Los Brincos, su novela rosa y sus paseos por la playa. Teniendo que casarse pocos Agostos después con el bueno de Fernando que era un chico muy aburrido pero muy trabajador.

No sé por qué me tengo que inventar yo la vida de la gente, si no les conozco de nada. Caramba. Pero es que este Fernando se enrolla como las persianas. No me interesa nada su conversación y me distraigo con mis propios pensamientos hasta que soy incapaz de seguir el hilo. Porque cuando él ya va por la quimio, yo estoy con Mercedes en la Playa de San Juan secando a los niños con una toalla de flores y disfrutando de los torsos bronceados de los turistas en vez de centrarme en la barriga de este marido que tuvo, que en el fondo, nunca me gustó para ella.

Total, que desde que enviudó, ni siente ni padece, en todos los sentidos. -No sé si me explico-  me dice en un tonillo  de confianza y cercana confidencialidad que no me atrevo a desmontar. Como tampoco me atrevo a decirle, por educación, que no tiene  pinta de ser muy buen amante. Si no, “Mercedes que en gloria esté” no tendría esa carita de “pues parece que se ha quedado muy buena tarde…” en todas las fotos, con la mirada perdida en alguna hoguera de la Noche de San Juan y tendría más cara de “no llevo nada debajo del delantal…”

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Qué guapo es el camarero. Yo sé que Fernando está hablando porque mueve la boca pero no sé lo que dice. He aprendido a asentir y a poner cara de que me estoy enterando de todo, pero tengo visión periférica y soy capaz de parecer súper interesada en el tema, mientras se me va el foco a los bíceps, pectorales y paquetes que se adivinan en este tipo de terrazas en cuanto llega el verano. Las terrazas se dividen entre camisetas ajustadas y camisas blancas remangadas de Ralph Laurent, ambas de gimnasio. Unas más elegantes que otras. Pero básicamente, los bronceados, las sonrisas blancas, los peinados que los futbolistas ponen de moda, las posturitas y la forma de llevarse el Gyn Tonic a los labios vienen siendo las mismas.  Y claro, yo me pierdo en este mar de lujuria y tentaciones tan al alcance de la mano y tan lejos a la vez, mientras mi acompañante y viudo jubilado se toma una cerveza sin alcohol y devora panchitos. Qué le voy a hacer si Dios me ha dado un cerebro de 25 y una talla 38 en un carnet de 60.

No sé cómo pasamos de estar rodeados de cuerpos esculturales, escuchando música a estar de pie, fuera de un taxi que ha parado justo en mi portal. Me habrá querido acompañar y he debido de decir que sí. Tengo que tratar de conectar mejor mis transmisiones neuronales en este tipo de citas. Me dice que soy una mujer encantadora con la que da gusto estar porque sé escuchar, a lo que sonrío “como si no llevara nada debajo” . Me da dos besos y me dice que volveremos a quedar. Se mete en el taxi que se queda esperando hasta que mi portero me abre dándome las buenas noches y desaparezco en el ascensor sin dejar de sonreír hasta que se cierra la puerta. Me miro en el espejo (maldita luz blanca)  y me digo a mí misma que tengo que dejar de hacer esto. Tengo que dejar de quedar con este tipo de hombres con los que al final, después de quitarme el modelito, desmaquillarme y ponerme la ampolla, el  sérum, el contorno de ojos y la nutritiva, acabo metiéndome de nuevo en la cama. SOLA, mirando al techo.

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