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Hay una botella de agua mineral encima de la mesa y le han salido burbujas de esperar. Parece agua con gas pero no lo es. Es agua con aburrimiento porque se me olvida beber y se queda mirándome con cara de agua esperando a que abra el tapón y eche un trago pero no me sale. Me cuesta mucho beber agua, me ha dicho el naturópata que estoy deshidratada y que me lo tome en serio ( el tema y el agua) Por eso soy aficionada a las infusiones y a los tés de aquí y de allá. Seguramente hubiera sido un buen camello en el desierto. Ya es de noche. De noche cerrada y se me hace un poco raro que a las 19.10 pm ya sean como las dos de la mañana de un mes de Agosto o de Julio, por ejemplo.

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No lo llevo bien. El invierno sí y el otoño, no me importa el frío pero me importa la luz. Me gusta la luz. Por eso creo que me despierto tan temprano. En realidad a estas horas ya me gustaría estar durmiendo hasta mañana. Mis vecinos son muy ruidosos. Son tres chicos adolescentes y preadolescentes, enamorados del fútbol que creo que son los únicos 90´en que parecen estar de acuerdo. El resto del tiempo los dos mayores se la pasan puteando al pequeño. El perro ladra en medio de las discusiones, a veces acaloradas, y su madre me parece la mujer más paciente del mundo porque jamás la he oído dar una voz más alta que la de sus tres cachorros.

 

No me molesta. Yo he tenido tres hermanas. Sé lo que es tratar de hacerte escuchar o hacerte un hueco en una casa con familia numerosa, solo que nosotras nos llevábamos bastante mejor y si gritábamos era casi siempre jugando, alguna gorda hubo  y desde luego mi madre no tenía tanta paciencia. No tenía ninguna paciencia de hecho. Y a ella sí se la escuchaba por encima de las cuatro. A veces miro para atrás y me parece que yo jamás podría haber hecho lo que hizo mi madre. Tener cuatro hijas y salir siempre a la calle bien peinada y con el rabo del ojo perfectamente dibujado. No me veo capaz. No me veo capaz de salir a veces sin parecer un indigente rumana para bajar a comprar chocolate al chino de abajo. Es demasiado trabajo estar mona todo el rato, a cada momento. Lleva su tiempo y dedicación. Aunque hay mujeres a las que les pasa sin querer. Una de mis hermanas, la tercera, podría salir a la calle en alpargatas y con una bolsa de basura atada con una cuerda y le quedaría bien. Lo luciría como si fuera un modelito  de alta costura de alguno de esos diseñadores que no sabes qué han fumado la noche anterior al desfile.

 

No me imagino un barrio sin chinos. Un día lo comentaba con una amiga. No me gustan los barrios donde no puedes bajar al chino a comprar chocolate o un helado o un refresco en pantalón de andar por casa. A veces creo que me esmero más en estar mona en casa que en la calle. No podría soportar vivir en una de esas calles céntricas y abarrotadas de gente donde no puedes ir de indigente a comprar un poco de hielo si quieres hacerte un gin tónic en casa. Me gusta estar en casa, me gustan las cocinas y me gustan las casas donde todo gira en torno a ellas. En la obra de mi casa supe desde el principio que quería una enorme cocina donde estar la mayor parte del tiempo que tuviera como apéndice un salón contiguo, nada de puertas, pocas paredes. Todo cocina y en la cocina la gente que amo, todo alrededor de la cafetera, la tostadora, el horno y los fogones. En realidad soy un gato casero. Me gustan las ventanas grandes y los árboles que viven enfrente. Los pájaros también. Vuelan sin saber que yo les pongo música de fondo para ver si se saben la coreografía. Son muy ágiles. Ponga la música que ponga siempre bailan bien.

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Suena de fondo un tal José González que descubrí ayer tomando un zumo de esos que tienen un montón de frutas y que a mí me saben siempre a azúcar aunque en la pegatina ponga que no llevan. El sitio era muy cuco, se llama  El Bus y me senté en unas butacas de cine o de teatro muerto y que la gente recicla para poner en sus recibidores. Hace tiempo quise hacerme con unas del teatro de la zarzuela. Las habían cambiado y estaban olvidadas en dios sabe qué palomar o trastero. Hay varias repartidas en casas de amigos y compañeros.  Pero Jesús que se encargaba de esas cosas, murió de un infarto muy hijo de puta que se le llevó antes de tiempo y no pudimos hacerlo. Era un tipo muy fuerte, muy alegre, no sé por qué de repente me he acordado de él …ah sí… por lo de las butacas  del teatro en el recibidor. Pues eso, que yo me quedé sin butacas pero él se quedó sin ningún sitio en que sentarse. A veces no es justa la cosa. No molan las cartas. Creo que voy a preparar otro té antes de ponerme espesa, pero es que hace mucho tiempo que no me pongo espesa. Tanto que se me ha olvidado lo duro que es a veces ponerse espesa. Debería  estar bebiendo agua antes de morir deshidratada delante del ordenador.

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Oh Merilu, me pinchas solo tu

No me acostumbro a la muerte. Convivo con ella a diario, pero no me acostumbro. No me dejan de doler los que se van, aunque apenas hayan pasado unos días conmigo. A veces ni siquiera tengo tiempo de saber cómo se llaman. Es mejor así, aunque también duelen. Pero duelen más aún cuando conozco sus nombres y he escuchado sus voces o algún chiste. Aunque parezca mentira, hay ocasiones en las que lo último que escucho de alguno de ellos es un chiste y un intento de carcajada luchando con la bombona de oxígeno por hacerse hueco sin ahogarse. En ocasiones la risa y el llanto van de la mano y no se quieren soltar.


 

No recuerdo cuándo decidí que quería ocuparme de ellos, creo que es algo que di por hecho desde niña. Mi madre siempre lo hizo y aún ejerce. A veces pienso que ser enfermera es otra forma de hacer el amor. La forma más generosa de hacerlo, porque cuidamos de las personas cuando más débiles se encuentran.

 

Estoy cuando el jefe de una importante multinacional despojado de su traje y su corbata no es más que un guiñapo en camisón que necesita una mano para buscarle una vena y darle consuelo con cualquier cosa que atenúe su dolor. Estoy, si a falta de un auxiliar cerca, el tipo más guapo y más sexy del mundo se mea encima si no le pones la cuña porque ha tenido un accidente y no sabe si volverá a caminar y cuando a una madre se le salen los ojos de la cara intentando descubrir en los tuyos si existe salvación para su hijo, también estoy. Tan asustada y confundida como ella, pero estoy.

 

Para correr por los pasillos, si hace falta, subida a horcajadas encima de un infartado practicando una RCP mientras los compañeros nos llevan a quirófano en una camilla voladora. Para dar la vuelta a alguien y evitar que se ahogue en su propio vómito, o para acariciar la cabeza de un bebe que sé de sobra que no sobrevivirá a esa noche, mientras se despide dulcemente, también estoy.


 

 

Pero no me acostumbro a la muerte. Así que llego al hospital con los labios pintados de rojo, rímel en las pestañas, mi mejor sonrisa y bien de iluminador. Si voy a acompañar a todas esas personas en momentos de dolor. Después de once años de experiencia, tengo derecho a poner una nota de color.

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Gato por liebre

La decepción de volver a un restaurante al que has ido durante años para celebrar con amigos o con tu pareja momentos especiales, a ese típico restaurante al que sabes que puedes recurrir cuando quieres quedar bien con alguien. Lo mismo si son dos o tres personas o un grupo más numeroso porque hay espacio de sobra para que todos se sientan cómodos, al igual que hay una extensa y variada carta en la que sabes que todos van a encontrar algo delicioso que no te va a fallar,  La decepción que sientes cuando vuelves después de un tiempo y nada es igual, no tiene nombre. O al menos, deberían de habérselo cambiado para ir advirtiendo de que ya no es el mismo que solía y ahora duele ser. Uno de esos restaurantes que desde hace un montón de años ha ido ganando fama de ser un sitio donde se come bien en un ambiente agradable y a un precio razonable. Uno de esos restaurantes en los que hace años la gente hacía largas colas para comer o cenar, porque tampoco hacían reservas y siempre estaba lleno. Tengo por norma no hacer cola para nada y menos para comer. Habrá quien se eche las manos a la cabeza. Es su problema. El mío es hacer colas. Así que siempre me he preocupado de ir a horas en las que sabía que no tendría que hacerla y hasta anoche habíamos acertado.

 

Ya me sorprendió que a la hora en que fuimos a cenar hubiese un camarero muy sonriente en la puerta invitándonos a entrar. El mismo camarero al que en todos estos  años jamás  había visto los dientes detrás de una sonrisa, aunque siempre fue muy correcto y eficaz. Que por otro lado, es como debería de ser un camarero. No éstos a los  que solo les falta dar un trago en tu copa para probar el vino personalmente, meterse en lo que eliges o no eliges de la carta, como si tú estuvieras incapacitado para tomar decisiones propias, y no abandonan la mesa con sus chistes y gracietas, sin ser capaces de advertir en tu mirada de huevo duro al cuadrado que ya  no sabes  cómo explicar sin palabras y cortésmente que la única compañía que te apetece esa noche, es curiosamente la de tu acompañante o acompañantes. También tengo la norma de no ponerme borde hasta que no es estrictamente necesario y el interlocutor lo está pidiendo a gritos con su actitud o mala educación.

 

De primeras notamos que el local estaba cambiado, al punto en que la separación entre las mesas era inversamente proporcional al espacio necesario para poder sentarse sin meter el codo o la oreja en la conversación de la mesa del centímetro de  al lado. Pero era un noche en que brillaba el arcoíris en Madrid. Una noche en la que habíamos paseado abrazados por una Gran Vía sin coches, y una noche en la que estábamos encantados con nosotros mismos, con el agradable ambiente que se respiraba por todas partes  y curiosamente cerca.

 

La tercera sorpresa fue, que al entregarnos la carta, la pareja de al lado en un intercambio de sonrisas de poco más de un minuto ya nos advirtiese de que el atún no estaba bueno, aunque se les veía muy felices, sin embargo, compartiendo ensalada y conversación. Yo siempre agradezco esas recomendaciones de la mesa de al lado y más cuando estábamos tan cerca que podíamos haber cenado juntos los cuatro. La camarera nos dio solo una carta y yo le eché un vistazo por encima esperando que no hubiesen retirado lo que sabía  de sobra que iba a pedir, porque cuando una cosa me gusta y me gusta mucho, me gusta repetir.

 

Para no alargar la agonía paso a describir lo que antes fue una de las ensaladas que mejores recuerdos me traían, mal seguidamente llamada de aguacate y queso de cabra: En un plato en que el que un nido central de rúcula y canónigos con un chorrito de aceite que apenas cubría la sequedad de sus hojas, aparecía avergonzado y castigado cortado por la mitad y boca abajo, como pidiendo perdón de antemano UN ÚNICO TOMATE CHERRY estratégica e inútilmente colocado en norte y sur,  luchaban inútilmente tratando  de asomarse dos trozos diminutos de queso de cabra que en mejores tiempos hacían alarde en primer término coronando el plato y el guacamole, por llamarlo de alguna manera, era un pegote diminuto como del tamaño de una cucharilla de café en el este y el oeste de tan desértico entrante. Mi carpaccio de buey, ése del que tanto he hablado y tanto he recomendado y del que había conseguido en estos años hacer un club de fans, fue lo peor: Seco, pegado en el plato, como si llevara toda una jornada sepultado allí, quedaron los bordes adheridos, como recuerdo de este duelo porque no se podían despegar. En el centro, un  grumo de queso en polvo sin esparcir, ya no digo con amor, si no con un poco de profesionalidad por todo el plato, y piñones peleándose por huir del queso en un vano intento de decir que también estaban presentes debajo del queso. El entrecot y cot  al roquefort que pidió él y que en otro tiempo, casi se salía  del plato, parecía haber caído en manos de los Jíbaros. Las patatas fritas se habían adueñado del papel principal haciendo que el trozo de carne y actor principal  pareciera un figurante por detrás y por delante. Pero estábamos tan felices los dos, que hubiéramos cenado un cocido montañés en medio del Sháhara, con la misma sonrisa puesta. Lo importante era la compañía y las miradas y las risas y no quisimos arruinarnos la cena el uno al otro. Mientras la pareja, también feliz de al lado, apartaba un pelo de su pollo y seguían cenando. Estábamos todos como idiotizados y felices. Las dos mesas podíamos haber pedido perfectamente el libro de reclamaciones y montar entre comillas uno de esos numeritos incómodos para todo el mundo, en los que nadie quiere verse involucrado un viernes de arcoíris madrileño, pero sinceramente no era para menos. Pedimos la cuenta, nos trajeron dos veces carta de postres aún diciendo en las dos ocasiones que no tomaríamos postre. No queríamos asistir a otro suicidio colectivo. El de los postres, no lo hubiera soportado.

 

Al salir, nos miramos y en nuestros ojos encontramos lo que no habíamos querido decir con palabras. Hasta que casi a la vez nuestras bocas soltaron: “No volvemos más, qué pena. ¿pero qué ha pasado aquí?”

 

No diré el nombre del restaurante, porque me cuesta mucho trabajo hacer daño. Aunque sí he querido publicar hoy este blog , porque creo que el daño es mayor por no quejarme. Es una tristeza que todo decaiga de esa manera, que la mediocridad llegue a este punto, que por no herir sentimientos no nos quejemos abierta y honestamente. Esta mañana me siento tan engañada y tan culpable por no haberme quejado al encargado, que prometo enviar al restaurante una copia de este blog, para que tomen medidas y vuelva a ser lo que fue. Un sitio agradable donde se comía bien y al que me gustaba volver.

 

Es la primera vez que prefiero no poner fotos…

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y si no, las dejas…

He metido las flores en una tetera. No tengo jarrón y esta tetera no la uso para hacer té. Para tal fin, ahora utilizo otras dos. Una, recuerdo de Marrakech que mi amiga Maca me trajo  hace años y otra que me regaló mi buen amigo César. Es de esas japonesas de hierro fundido que pesa un montón, pero me recuerda a él y a todos los tés y conversaciones que hemos compartido antes de entrar a hacer nuestras funciones y me encanta. Las flores me las ha regalado mi amigo Bart en el estreno de mi última función. Llegaron a mi camerino con una nota en la que ponía “Topoooooo mucha mierda” entre otras cosas hermosas. Unas flores en el camerino con tanto cariño en la tinta de su nota siempre animan. Las palabras adquieren un significado completamente distinto dependiendo de quién y cómo las diga. Un topo es un bicho bastante feo, de hecho detesto con pasión a los roedores, pero Topo para nosotros es algo más. Es muchas giras y muchas funciones compartidas, y muchas risas dentro y fuera del escenario y muchos vinitos y tapas después del teatro y muchos abrazos y muchos besos y muchas confidencias contadas y anécdotas vividas.  Son unas flores de color violeta de tres tonos distintos. Se entrometen algunas blancas, pretendiendo dar un toque de luz. Son flores silvestres como él. Como yo.  De fondo una sonata para piano “sad song for you” Sí … ya sé que no es muy alegre pero hoy me he levantado con el día tonto, de esos días en los que una está más sensible a todo.

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Se cuela el sol por la ventana de la cocina y en la ventana del salón solo distingo árboles y más árboles. Me considero una suertuda por ver tantos árboles siempre alrededor.

Huele a lentejas…es mi forma de decirle a mi amor que le quiero y que hoy he preparado algo especial. Se muere por mis lentejas. Las hago solo por ver la luz de sus ojos brillar más de la cuenta. ¿Algo especial unas lentejas? Qué estupidez ¿verdad? Lentejas…algo tan simple y tan hermoso a la vez. Volvemos a las palabras y a lo que significan para nosotros.  Yo las hago con la receta árabe. Solo con verdura y utilizando de especias: pimienta negra, jengibre y canela. Ay la canela…ay la canela y los árabes. Y los árabes y la canela… Todo me sabe a canela…Como sus ojos…Como sus besos…

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Tengo que moverlas o se pegarán…

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Le Grand Bleu

Estamos programados para aceptar que nos vaya mal. Nos enseñan a conformarnos, a resistir, a superar las desgracias, a dar gracias a dios porque podría haber sido mucho peor. Nos educan en los “ y si…“ y en los “ por lo menos…“ pero nadie nos prepara para que nos vaya bien. No sabemos enfrentarnos a la “trabasuerte“ trabajo y suerte. No nos educan para no sentirnos culpables cuando podemos disfrutar de los regalos que nos trae la vida. Supongo, aunque no se trata de echarle las culpas a nadie, que la religión tiene mucho que ver con eso. Una religión mal entendida que nos hace ponernos de rodillas si nos sonríe un poco la vida y esperar que a la vuelta de la esquina aparezca un dios castigador a atizarnos donde más nos duela. Porque si nos va bien, es porque algo malo habremos hecho. Es curiosa esta forma de pensar que no conozco en ningún otro ciudadano del mundo salvo en los españolitos de a pie, que somos unos pocos….millones. Nos queda tanto que aprender. Dios se asustaría si supiese el concepto que nos han hecho tener de él. Lo mejor para que los demás te perdonen es decir que vas tirando. Pero tirando de qué, tirando de dónde…


 

Tirando de la vida y del trabajo, de las responsabilidades y del no rendirte jamás. Tirando del NO cuando te dicen NO, y tirando de ti para no quedarte en casa lamentándote porque el papel se lo dieron a otra. Tirando de tus sueños, soñando que si no es en esta ocasión, lo será en la siguiente. Y mientras llega ese momento, siempre hay tareas por hacer, cursos que recibir, mil cosas que mejorar y que aprender, y muchas cervezas y menús que servir o inciensos o pantalones que vender. Y tirando del SI cuando la ocasión lo merece y se valora lo que haces. Y el esfuerzo y la recompensa, compensan las noches de insomnio mientras sueñas y no dejas de soñar y de creer.

 

Nunca he abandonado mis sueños. No he sido muy consciente de ello hasta ahora. Pero hoy me doy cuenta de que siempre estuvieron ahí. Siempre llevé de la mano a la pequeña pecosa que se perdía con facilidad porque andaba distraída mirando las luces, o los pájaros o las flores o cualquier otra cosa viva que se cruzase en el camino sin darle importancia a otras mucho más relevantes a los ojos de los adultos pero no a los míos. Y hoy me gusta echar la vista atrás y comprobar que nada ha cambiado. Que lo que siempre tuvo valor no ha dejado de tenerlo. Que gracias, es la primera palabra que amanece en mis labios cuando me despierto. Que me sigue emocionando una nube o una flor inesperada en el camino o un olor a romero o a lavanda mientras atravesamos los jardines de Le Grand Bleu para llegar a mi café y a tu Ricard y que me llenas de vida y de paz con un abrazo repentino desde esta ventana que compartimos mirando al mar y al mundo agradecidos.


 

 

 

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De Legazpi a Sol

No estoy preparada para ser sincera. No soy capaz de inventar ninguna historia que nada tenga que ver conmigo y no quiero dibujar sobre el papel mis sentimientos. A mí no me resulta fácil escribir. Me parece una labor dificilísima inventar vidas y situaciones. No soy capaz. No lo veo claro hoy, debería dejar de escribir en este mismo momento. Ojalá se me ocurriera algo que contar. Pero no me viene ninguna inspiración. A veces en el metro sí se me ocurren historias. Pero es que en el metro no me puedo poner a escribir. Lo primero porque no tengo mi ordenador y lo segundo porque si me pusiera a escribir me perdería todo lo que veo y luego no lo podría contar aquí porque no lo recordaría.

Para poder contar después hay que haberse fijado antes. El metro está lleno de personajes maravillosos que seguramente tienen muchas cosas interesantes que contar. Pero claro no voy a ir por ahí preguntando a la gente si me quiere contar su historia. Hay veces incluso, que en el mismo vagón confluyen varias historias que podrían juntarse y dar origen a cualquier best seller, si dieran con alguien que realmente supiera escribirlas.

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Hace unos días, por ejemplo, en el último vagón de la línea amarilla que va de Legazpi a Sol, se juntaron un tipo de un metro sesenta con una melena hasta debajo de las rodillas (como pude comprobar después al ponerme justo detrás mientras subíamos las escaleras de la salida) una patata disfrazada de señor y una mujer que nos contó una historia terrible que me rizó las pestañas con su aliento a alcohol. El de la melena llevaba un chaleco totalmente desfasado decorado con tantas chapas que no había espacio para ver la tela vaquera. Y una pegatina de esas que se planchan a la ropa en la que se leía “Hijo de puta peligroso” en letras mayúsculas. Cualquiera hubiese pensado que el tipo lo era, porque tenía unas barbas muy largas también, como esas que lucen los motoristas de las películas americanas y que llegan a un pueblo de Texas haciendo ruido y molestando a los vecinos. También parecía el protagonista de una de esas escenas de Tarantino en la que un tarado como él te sirve un café y unos huevos revueltos y luego te pega un tiro y te esconde en el garaje. Pretendía ir de mal encarado. Sin embargo, a mí no me pareció un hijo de puta peligroso con letras mayúsculas. Me pareció que era guitarrista, por la largura de sus uñas sólo en la mano derecha y porque iba embelesado mirando el móvil. Ningún hijo de puta peligroso mira el móvil durante cinco paradas seguidas sin pestañear.

La señora que me rizó las pestañas llamó mi atención antes de entrar al vagón. Mientras esperábamos a que llegara el tren. Estaba apoyada sobre dos muletas. Era una mujer que aparentaba sesenta años aunque apenas pasaría de los cuarenta. Me llamó la atención su rímel corrido y restregado por las mejillas y la maraña de pelo pajizo y mal atado en una coleta de mil gamas de amarillo. El hecho de que pareciera estar hablando sola no me llamó la atención sin embargo. Yo también lo hago. Sobre todo en período de ensayos. Después entendí que ella también estaba repasando el texto. Nos contó con acento del este una historia que hubiera resultado conmovedora de no ser porque, desgraciadamente, uno tiene ya el alma anestesiada de escuchar tantas historias que al principio te ponen los pelos de punta, te compadeces, levantas del suelo a quien corresponda, le das dinero o le compras un café y un bocadillo y después, como me ha pasado tantas veces que no soy capaz de recordar, te sueltan que te lo comas tú, y en ocasiones no con tan buenas palabras y te quedas con cara de imbécil y unos euros de menos que, en el fondo es lo de menos. Me sorprendí a mí misma escuchando con atención la historia que se sujetaba aún menos que ella sobre sus muletas. Me estremeció el hecho de no creerme ni una sola palabra, aunque lamenté muy mucho su situación fuera la que fuera y me paré a pensar por un momento lo desesperante que debía ser estar en su pellejo. Hace mucho tiempo que decidí dejar de sentirme culpable porque hubieran crucificado a Jesucristo. Me pesaba demasiado esa cruz. También me lamenté de que desde nuestros pequeños universos hagamos lo posible por sobrevivir en un mundo que nos muestra su cara más cruel y despiadada y a la vez lo felices que seríamos si tuviéramos tal coche o tal perfume. No quise profundizar más. No me quise preguntar de qué serían las marcas de picaduras que tenía en los brazos. Ni siquiera fui capaz de sacar unas monedas como otras veces. Pocas monedas para demasiada gente pidiendo monedas, demasiado demasiado. Se alejó con su cantinela aprendida o recordada al siguiente vagón y el resto nos quedamos a solas con nuestras conciencias.

A medida que nos acercábamos a Sol, a cada parada, el vagón se iba despejando y de entre los pasajeros, a la altura de las rodillas apareció una patata disfrazada de señor. Era una patata más arrugada que la cara de la tortuga Morla, de la historia interminable. Era una patata del color de las patatas y los ojos azules, muy claros. Llevaba una camisa a juego con sus ojos y el pelo gris cortado al dos. Cepillo militar que destacaba por encima de su cara de patata. ¿Cuántos años tendría? ¿mil? Jamás había visto tantas arrugas en algo que no fuera una ciruela pasa y sin embargo, compartimos durante un segundo una mirada y en ella adiviné que no eran tantos como aparentaba. Mucho sol, mucho alcohol, mucho de mucho en cualquier caso. Estaba sentado en el suelo como un niño cansado ya de andar. No sé cómo eran sus manos porque no podía apartar mi atención de su cara de patata. Era una de esas patatas que se sirven con mojo picón en la tierra de mi buena amiga Mariam, una patata del mismísimo color de la tierra y del barro y de la sequedad de una montaña cuando no llueve en mucho tiempo. Una patata seca que había comprado un billete de metro y viajaba conmigo, en el mismo vagón, hacia quién sabe qué cuento encantado o qué realidad sin encanto. En cuestión de segundos le perdí de vista. Y quedando enterrado como una patata enterrada, desapareció. Se esfumó entre las piernas de los demás pasajeros que lo apartaron de mí y que se afanaban inútilmente delante de la puerta en un absurdo intento por salir los primeros. No volví a verle, subía las escaleras mirando al suelo para no tropezar y alcé la vista descubriendo la larga y enredada melena negra del hijo de puta peligroso que no se había cortado las puntas en los últimos diez años y que le llegaba por debajo de las corvas. De la mujer de las muletas tampoco he vuelto a saber nada.

Si fuera capaz de ahondar más y de ver más allá de lo que se ve a simple vista, seguramente se me ocurriría alguna historia que contar sobre algunas de las extraordinarias personas que viajan con nosotros en el metro cada día.

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Quizá lo haga.

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Semifinal 2010

Casi me como la puerta del baño al salir -¿Qué ha pasado?- Había aprovechado para ir al baño hacía solo un momento. España-Alemania. Fin del primer tiempo y cero goles en el marcador, cuando oí los gritos de Fede en el salón.

Ricardo estaba delante de la tele, tirado en el suelo. Fede con la cara desencajada, intentaba reanimar a nuestro amigo sin éxito -¿Qué ha pasado?

-¡Joder! No lo sé, se estaba metiendo las palomitas a puñados, el cabrón- Decía esto, tratando de incorporar a Ricardo,1,94 y 110 kilos de buen tío- Tenemos que hacer que la eche.

De repente vi cuatro brazos delante de mi cara azarados en darle la vuelta. Fede le cogió por detrás y le rodeó con los suyos como pudo, apretando con fuerza a la altura del esternón. Ricardo era un saco semiinconsciente que iba cambiando de color.

-Dame ese boli_ Mi mano se alargó y obedecí a la vez que contestaba: -¿Qué?. No entendía nada. ¿Para qué quería un boli?

-Busca en el móvil traqueotomía- Repetí el mismo patrón:-¿Qué?- Pero mis manos temblorosas, que a la primera fallaron dejando caer el teléfono, a la segunda ya se habían puesto a buscar.

-Necesitamos un cuchillo- Fede se levantó y volvió de la cocina, con el mismo que antes nos había servido para el embutido-¡¡¡Joder!!!

Me había parecido una idea cojonuda irnos solos al refugio a ver el mundial. Sin novias, sin mujeres, sin críos. Uno para todos y todos para uno desde el parvulario. Fútbol y cervezas para tres. Para los mismos que de pequeños juraron reservarse unos días para disfrutar juntos en todos los mundiales del mundo mundial. Pasara lo que pasara, para el resto de su vida. Para el resto de su vida…

-Limpiar la piel con alcohol. Oye, ¿no sería mejor llamar al 112?- Su cara estaba empapada. Se secó con la camiseta. Con la camiseta de la selección XXL, que le arrancó a Ricardo como pudo. Ya he llamado, mientras estabas en el baño ¿qué te crees?. Pero este hijo de puta no se me va a morir en los brazos mientras llega un helicóptero, estamos a tomar por culo. Pásame a Jose, se refería al Sr. Cuervo, para nosotros, viejo conocido. Creo que tenemos que cortar por aquí, por debajo de la nuez.

-¿Qué?- Estaba empezando a hartarme de no saber decir otra cosa

-Si no vas a leer dame el móvil.

Empecé a dictar:- Aquí pone, cortar dos centímetros por debajo del cartílago cricoides. Incisión vertical y pequeña.

Fede ya estaba clavando la punta del cuchillo en la piel mal afeitada, tenía las manos llenas de sangre y no me pareció que el corte fuera pequeño. Seguí leyendo:- Continuar la incisión hasta llegar a la banda fibrosa  que une los anillos de los cartílagos traqueales 3 y 4.

Sus dedos se hundieron en la tráquea de nuestro amigo, al que, sin poder evitarlo,  ya di por muerto, y desaparecieron dentro de un corte profundo que abrió separando la carne roja, dispuesta en unas capas que yo nunca había visto tan de cerca y que encerraban una especie de gusano articulado blanquecino y rosa, revestido de grasa.

-Penetrar el tubo en el tejido fibroso que separar los cartílagos y dejarlo ahí. No pone nada más

-Separa la carne- ordenó. Mis manos abrieron en canal el cuello blando del tío que se parecía a Ricardo. Fede respiró hondo e hizo su parte sin dudar- Joder, esto está muy duro-Se quejó a la vez que con los dientes, sacó la mina del bic e introdujo muy despacio el plástico transparente en medio de aquella tráquea que se movía y se le escurría de entre las suyas. Yo no sé si entre la 3 y la 4

– Espero que se así. Métete en Youtube.

No sé cuánto tiempo había pasado desde que estaba meando hasta ahora. Pero por mi aspecto parecían haber pasado años. Tras comprobar que Richi había recuperado el color y que el pecho se le movía de arriba abajo como si el aire estuviese entrando de nuevo en sus pulmones, me pude encontrar conmigo en el espejo después de lavarme su sangre y mojarme la cara. Al salir, tropecé con un niño en forma de ovillo que lloraba tembloroso. Levanté a Fede como pude. Junto a él, en el suelo, reconocí algunos trozos de lo que parecía pizza aún sin digerir que se me pegaron a los zapatos. El olor agrio de su aliento me hizo girar la cabeza pero le ayudé a llegar hasta el sofá. Era la primera vez que veía al tipo que se partía la cara con cualquiera que nos pusiera la zancadilla, derrumbarse como un fardo sin consuelo al que apenas le sujetaban las piernas.

Alguien me sacó de aquella pesadilla gritando –“GOOOOOOOOOOOOOOOOOL”

Dentro de la tele, Puyol volaba por el campo con los brazos abiertos celebrando que nuestro amigo estaba vivo mientras yo oía las aspas de otro vuelo. Todo se convirtió en una maraña de imágenes dentro y fuera de mi cabeza. Vi gente entrando y saliendo de la cabaña. Ahora de repente no podíamos estar allí. Esperamos fuera toda una vida de cromos, canicas y bicicletas. Los ojos de Fede se encontraron con los míos al subir al helicóptero-Ha ganado España- le dije.Él me respondió guiñándome una sonrisa. Como siempre.


 

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